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Perfectos mentirosos

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Una historia llena de mentiras y secretos, atracción y odio en la que nadie parece decir la verdad. ¿Hay algo más adictivo que desenmascarar a los Perfectos mentirosos? Las mejores historias de Wattpad ahora también en papel. Jude acaba de llegar a una de las universidades más elitistas del mundo, pero ya se ha dado cuenta que ahí todo se mueve alrededor de las fiestas, los cotilleos y los ligues entre estudiantes. Y que todo eso gira en torno a un trio irresistible: los hermanos Cash. Son vacilones, astutos, pero insoportablemente atractivos y poderosos. Y por encima de todo están acostumbrados a liderar el campus con sus juegos de niños ricos. Lo que no saben es que Jude tiene un plan: sacar a la luz sus más oscuros y perversos secretos, esos tan bien escondidos tras el lujoso apellido Cash.
Volume:
1
Year:
2020
Edition:
001
Publisher:
MONTENA
Language:
spanish
Pages:
336
ISBN 10:
8418057947
ISBN 13:
9788418057946
ISBN:
976263aa-cf9b-4e2c-8aa6-243ae7d40a0b
Series:
Perfectos mentirosos
File:
MOBI , 661 KB
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1

Historia de España

Ano:
1946
Idioma:
spanish
Arquivo:
MOBI , 391 KB
2

Secrets of Divination

Idioma:
english
Arquivo:
PDF, 35,55 MB
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@somosinfinitoslibros





Todos los hechos de esta historia están narrados desde mi perspectiva. Ningún nombre o lugar ha sido cambiado, porque no me interesa proteger a nadie. Lo que me interesa es decir finalmente la verdad.





A la mujer más fuerte, valiente e inteligente del mundo: mi mamá.

Siempre me dices que algún día ya no escucharé tu voz.

Ojalá tuviera el poder de manejar el tiempo

para que ese día no llegue nunca.





Se dice mucho de las historias de Wattpad. A veces, nadie cree en ellas. A veces, eso que se dice hace que el mismo autor deje de creer en ellas. Una vez, casi me pasó. Por esa razón quiero agradecer a las personas que me ayudaron a seguir creyendo en lo que escribo. Son todas las personas que día a día me dejan un comentario de apoyo en mi muro o me envían un mensaje personal a mis redes sociales. Son todas las personas que se toman el tiempo de contarme que mis historias les alegran el día y que aparecen sin dudar cuando yo actualizo un capítulo un mes después. Son todas las personas que hicieron especial a los perfectos mentirosos con sus imágenes, memes, dibujos, dedicatorias y recomendaciones. Gracias, ustedes también me han ayudado a mí como no tienen una idea.





Te contaré un secreto...





Existe un lugar llamado Tagus.

Es la universidad a la que solo asisten chicos y chicas con apellidos influyentes, familias poderosas, cuentas bancarias infinitas y vidas envidiables y aseguradas.

Está llena de caras hermosas, altivas y maquiavélicas. Por sus amplios pasillos se susurran sin compasión los chismes más recientes. Es exigente, pero a veces flexible, y está rodeada por un campus en donde cada fin de semana hay una fiesta en la que debes impresionar a alguien. Tagus, enorme e imperiosa, ha sido construida a base de «Hablaré de esto con mi padre» y «A mi familia no le gustaría que usted pusiera una mancha en mi expediente».

Dentro, todo se vale y al mismo tiempo todo se juzga.

Es el magn; ífico núcleo del infierno, poblado de atractivos, bien vestidos y malintencionados diablillos.

Pese a todo, cualquiera desearía estar allí.

Tu mejor amiga, tu prima malvada, el hermano de alguien, la chica que detestas, tú misma, yo...

Cualquiera mataría —literalmente— por formar parte de esa exclusiva sociedad/círculo/secta para poder disfrutar de las risas, justificar sus maldades y esconder con complicidad cualquier secreto.

Porque en Tagus hay muchos secretos.

Y a veces ni siquiera los padres ni el dinero pueden mantenerlos ocultos por mucho tiempo.

A veces, salen a la luz por sí solos.

Otras veces, alguien los hace salir...





Prólogo





Campus universitario de Tagus

1 de mayo, 15.00 horas


—¿Viste lo que pasó con los Cash?

—Sí, qué horror. No me lo hubiera imaginado nunca.

—Nadie. ¿Quién iba a pensar que esos tres ocultaban algo así? A mí me encantaba Aegan, el mayor. Ya sabes, ¿no? El de los tatuajes. Dios, cuando entraba en un sitio, su presencia era salvaje.

—A mí me gustaba Adrik. Era callado, pero eso le daba un aire misterioso. Además, yo estaba en Literatura con él, y cuando leía delante de la clase..., orgasmos literarios.

—Aleixandre también estaba cañón, eh, aunque tenía pinta de niño bueno.

—Hayan hecho lo que hayan hecho, seguirán siendo una leyenda en Tagus.

—Y ahora también esa chica... ¿Cómo se llamaba? Jude, sí, Jude.

—¿Ella fue la que lo hizo?

—Sí, ella fue quien los destruyó.





1


¡Bienvenida al infierno más divertido!

Perdón, ¡a Tagus!



1 de enero

—El secreto para sobrevivir aquí es no confiar en nadie, ser discreta con lo que haces y tener mucho cuidado de quién te ve haciéndolo.

Ese extraño y valioso consejo salió de la boca de Artie, la chica que sería mi nueva compañera de apartamento.

Pero, para ser sincera, no le di importancia, je.

Solo podía pensar: «¡Tagus, aquí estoy finalmente!».

Era el primer día. Caminaba por la feria de bienvenida a nuevos alumnos en el parque central del campus, y yo era todo lo que debía parecer: la típica chica nueva, tonta y deslumbrada porque a mi alrededor cada cosa era fiel a las fotografías de la página web.

Los kilómetros de áreas verdes que conformaban los terrenos universitarios estaban plagados de árboles podados y moldeados de la misma forma que las vidas de los que tenían el privilegio de haber sido aceptados como alumnos. Por las calles asfaltadas circulaban bicicletas. Había carteleras en cada esquina con anuncios informativos, de eventos próximos, ¿ese era un cartel de una chica desaparecida? Y ahí, en el parque central de Tagus, punto de encuentro del primer día, abundaban las casetas de ventas de camisas, de entregas de horarios, de guías de campus y de clubes estudiantiles.

Dentro de esas casetas, los chicos y chicas tenían ese aire de «Si quisiera, mi papá me compraría esta calle, y este piso, y lo que haya debajo de este piso». Y fuera, mirando y tratando de asimilarlo todo, los estudiantes nuevos transmitían un «¡Qué emoción estar aquí, aunque no me tendré que esforzar por nada más que por mi outfit, ya que mi padre se limpia el trasero con dinero!».

—¿Estás oyendo lo que te digo? —me reprochó Artie ante mi evidente distracción.

Caminaba a mi lado. Al llegar al apartamento, yo le había pedido que me acompañara a la feria, ya que no sabía cómo moverme sola por ese laberinto universitario. Para mi sorpresa, Artie había aceptado.

—Claro —le mentí para ocultar que había estado ignorando lo que decía sobre supervivencia social—. Que tengo que seguir tus consejos o... ¿Qué es lo peor que me puede pasar?

—Depende —respondió ella mirándome con curiosidad—. ¿Cuál me dijiste que era tu apellido? ¿Es importante en algún lugar?

Sí, en la silenciosa, oscura y despoblada Ninguna Parte.

—¿Tiene que serlo? —inquirí como respuesta—, porque, según se dice, lo que aquí importa es que los estudiantes mantengan un nivel académico magistral.

Artie asintió con una risa.

—Sí, sí, eso es muy cierto, y también que de aquí salen figuras importantes —admitió—, pero sácate el folleto de Tagus de la cabeza. No todo es pasarse el año entero sola y estudiando. ¿O eres de las que prefiere estar sola?

En realidad, de las que prefería guardarse sus preferencias.

—Me adapto al entorno —me limité a decir con un encogimiento de hombros que no revelaba nada.

—Bueno, aquí hay evento tras evento, y los círculos sociales son importantes —explicó con una seriedad que delató la importancia que le daba al tema—. Con un buen apellido no tienes que esforzarte mucho en encontrar uno o en hablar con la gente, porque la gente estará dispuesta a hablar contigo en cualquier momento. Por esa razón, dime, ¿tienes algún familiar que se pueda reconocer o al menos googlear?

Sacó su móvil y esperó ansiosa a que le dijera quién de mi familia aparecía en internet. Como a mí me gustaba hacer fichas mentales de las personas, justo en ese momento lo que tenía anotado de Artie en mi cabeza era:

Aspecto: más o menos alta, cabello negro, ondulado y corto hasta la línea del cuello, estilo Marilyn Monroe. Nariz y barbilla de hada, ojos grandes y delineados, jersey y tejanos. Sus fotos en Instagram deben verse aesthetic y probablemente nunca le debe faltar alguna frase de algún libro en la descripción.



Característica destacable: chica a la que le importa demasiado la reputación social. Es decir, se esfuerza demasiado. Pero ¿le funciona? ¿Es Artie importante socialmente?



Al menos era amable.

—No, nadie de mi familia es importante —fue lo que dije.

Artie hizo un mohín de pesar.

—Qué mal, siempre es más fácil así. —Agitó la mano en un gesto despreocupado para restarle importancia—. Pero no te preocupes, por suerte has quedado conmigo. Conozco gente y te los presentaré. ¿Cuál es tu target?

Iba a decirle que no tenía ni idea de lo que me estaba preguntando, pero mis ojos ansiosos que habían estado fijándose en todo lo que ocurría junto a nosotras y en todo lo que veía mientras caminábamos se fijaron en una de las casetas de la feria. Una en específico.

Y entonces pasó.

Ellos.

Él.

Me fue imposible hablar y caminar al mismo tiempo, así que me detuve y primero me fijé en el chico que atendía la caseta. Tenía un camino de tatuajes que se iniciaba en su muñeca derecha y se perdía en su ascenso por el resto del brazo, y llevaba su cabello azabache rapado por los lados y más abundante por arriba. Era uno de esos chicos que, al entrar en un lugar, lo dominan por completo. Uno de esos chicos que parecen el endemoniado sol, porque te dan ganas de mirarlos, pero cuando lo haces te causa dolor ocular tanta energía, tanto poder, porque sí, «poder» siempre ha sido la palabra perfecta para empezar a describirlo.

Desprendía un carácter autoritario mientras discutía con el chico que lo acompañaba dentro de la caseta. No estaban montando ningún escándalo, pero yo noté que discutían porque su boca no paraba de moverse con tensión. Vi incluso el momento en el que perdió la paciencia, le arrancó al otro chico el cigarrillo que sostenía entre los labios y, furioso, lo lanzó al suelo.

Me fijé entonces en el tipo del cigarrillo. Era un poco más delgado, tenía el pelo del mismo color negro azabache que el de los tatuajes, pero lo llevaba más largo y con un corte desenfadado. Al contrario del primero, su cara era menos expresiva. Su boca era una línea seria y sus cejas espesas no indicaban nada, por lo que era muy difícil saber si la discusión le afectaba de algún modo. Su ropa era toda oscura y no parecía tener intención de dar respuesta alguna a las palabras que le estaban soltando.

En donde el otro parecía un terremoto en curso, este era la insospechada calma que precede a una catástrofe.

—¿Ya has salido del hechizo Cash? —escuché a Artie preguntarme de repente.

Salí de mi análisis con brusquedad y la miré, pestañeando. Me di cuenta de que sus ojos también apuntaban hacia los dos chicos de la caseta.

—¿Qué? —No la había entendido—. ¿Qué hechizo? ¿De qué hablas?

Ella soltó una risa de «no pasa nada».

—Te has quedado mirando a los hermanos Cash, y eso es lo que dicen que te sucede cuando los ves por primera vez —explicó divertida, muy obvia—. Te quedas atontada por un rato, no puedes apartar la mirada y piensas: «¿Son reales?». Y sí, son tan reales como que te tiemblan las piernas en este momento.

Bueno, mis piernas se habían detenido, nuestro recorrido por la feria del parque se había pausado y me había quedado como suspendida mirándolos. Había sido una... ¿mezcla de sensaciones? Sí, confusa.

—¿Hermanos Cash? —pregunté, más desconcertada.

—Lo sé, a veces es mejor hacer como que no sabes quiénes son —resopló ella.

La miré con incredulidad.

—No sé quiénes son.

Por un instante Artie no se lo creyó, pero cuando notó que me la quedé mirando a la espera de una explicación sobre ellos, pestañeó, desconcertada, e incluso emitió una risa extraña.

—¿Es en serio?

Curvé la boca hacia abajo y asentí. Sip.

—Por cómo lo dices, ahora quiero saberlo todo sobre ellos.

Me miró un instante más, medio ceñuda, intentando entender algo en mí.

—Eres rara, Jude —resopló como si fuese un buen chiste—. ¿Cómo no vas a conocerlos? Acuérdate del escándalo Cash.

—Tampoco sé qué es el escándalo Cash —admití.

A Artie le costaba creérselo y se formó un extraño momento en el que ella no supo qué decir ante mi desorientación social y yo no supe qué excusa usar. Hasta que insistí:

—Pero cuéntame, vamos, parece interesante. ¿Quiénes son esos Cash?

Oh, esa pregunta...

Esa maldita pregunta.

Artie suspiró como una maestra que debía dar explicaciones extras a su alumno nuevo porque no tenía ni idea de cómo eran las cosas en la escuela. Y empezó a contarme:

—Bueno, ¿te has fijado que siempre suele haber un grupo de personas absurdamente ricas y poderosas? Pues ellos son nuestros absurdamente ricos y poderosos. Su apellido es famoso por ser el de una larga saga de políticos reconocidos.

—¿Al estilo de los Kennedy? —Enarqué una ceja en plan jocoso.

—Un poco —asintió más seria que yo—. Su padre, Adrien Cash, es una persona muy influyente con mucha visibilidad social y un enorme poder político. Así que eso, ellos son la élite que está por encima de la élite normal.

—La élite peligrosa —me permití definir mejor.

Artie asintió e hizo un gesto con la cabeza en dirección a los dos hermanos. El de los tatuajes se pasó la mano por el cabello como para recuperar postura y luego se giró hacia el frente de la caseta, en donde unas chicas entusiasmadas se acababan de acercar a mirar. Sorprendentemente, él apoyó los brazos en el mostrador de la caseta y esbozó una sonrisa muy ancha para atenderlas. Tenía una boca grande, irónica, con comisuras maliciosas.

—Ese es Aegan, el mayor, y va a tercero de Ciencias políticas —lo identificó Artie para mí—. Es el presidente de la mayoría de las organizaciones, clubes, sociedades..., de todo; literalmente, de todo.

Pasó a señalarme con disimulo al siguiente, que seguía al fondo de la caseta como ausente, distante, quizá un poco malhumorado.

—Ese con esa cara de «no me hables, por favor» es Adrik —siguió—. Va a segundo de Ciencias empresariales. No es tan extrovertido como Aegan, sino más... ¿solitario? No lo sé, pero con él no podrías tener una conversación banal.

De forma inesperada, mientras Aegan se concentraba en las chicas, Adrik sacó de su bolsillo otro cigarrillo y se lo acercó a la boca con una lentitud perezosa. Ni siquiera prestó atención a su hermano. Miró en la dirección contraria. Y expulsó el humo; las líneas flotaron frente a su perfil, indiferentes, pero estilizadas.

—Finalmente, hay un tercero: Aleixandre —agregó Artie—. Es el menor, y va a primero de Relaciones internacionales, pero al parecer no anda por aquí. Él es más sociable. Tiene un canal en YouTube donde hace videoblogs y cosas así. Tiene dos millones de suscriptores y le gusta alardear de ello.

Para finalizar, Artie dijo en tono dramático:

—Se les conoce como los Perfectos mentirosos.

Pude haberme reído, pero habría arruinado el tono dramático de las presentaciones. Tres chicos guapos con un apodo estúpido, ¿eh? ¡No podía faltar!

—¿Por qué les llaman así? —quise saber.

—Pues porque son muy buenos en hacerte creer que les gustas y luego mandarte a la mierda —respondió abrupta.

Esperé más detalles, pero Artie se encogió de hombros. Creí detectar algo de molestia en la forma en que miró primero a Adrik y luego a Aegan, pero no quise profundizar. Apenas la conocía.

—¿Literalmente o...? —dije, al final, en un intento de que me explicara un poco más.

—Es que ellos salen con las chicas solo durante noventa días —dijo, nuevamente con cierta inquietud—. No más. Es como... una regla. Se termina el plazo, y listo, como si nunca hubiesen sentido nada por ellas.

Fruncí el ceño y la miré como si acabara de decirme que tenía tres tetas.

—¿Existe alguien que acepte eso? —pregunté, mirándola con detenimiento. Esperaba que dijera: «Claro que no, Jude, es broma. Ya quedó atrás esa era en la que había que ser tan tontas con los hombres».

Pero no recibí esa respuesta.

—Te sorprenderías... —resopló Artie, de nuevo con un encogimiento de hombros, dando a entender que allí era lo más normal—. Puedes oír a las chicas diciendo que no saldrían con ellos, pero en cuanto se les acercan, ninguna se niega, porque salir con ellos es una oportunidad que va más allá de lo romántico. Te da estatus, visibilidad. Supongo que lo entiendes, ¿no?

¿Entenderlo? ¿De verdad? Claro que no, pero me limité a asentir, precavida con mis respuestas. Después, con lentitud y con la misma expresión, volví a mirar a los hermanos. Adrik ahora miraba a Aegan, quien hablaba sin parar con las chicas y les mostraba una hoja. Ellas estaban encantadas con su, al parecer, efusiva y apasionada explicación.

Sentí ganas de coger una piedra y lanzársela a Aegan como una pequeña señal de protesta por sus costumbres, pero eso tendría consecuencias. Malas. Y no podía arruinar mi ingreso en Tagus. No tendría esa oportunidad dos veces.

—Pues no me parecen tan sorprendentes —le comenté—. Son atractivos, pero chicos guapos los hay en todas partes.

La sonrisa de Artie adquirió un aire un tanto amargo.

—Chicos guapos sí, pero que además tengan el famoso apellido Cash, no. —Me echó un vistazo curioso, entornado—. Y sí son sorprendentes. Aleixandre está en el top de influencers, Adrik representa a muchísimas organizaciones de ayuda humanitaria y animal, y Aegan sigue los pasos políticos de su padre. No hay nadie con esos niveles.

—Es que es estúpido —opiné, entre burlándome e intentando entenderlo—. Tienes que ser tonta para poner tu dignidad por debajo de tu futuro.

Artie no dijo nada por un instante. Luego pareció querer ignorar a Aegan y me miró con un nuevo ánimo.

—Sí, bueno, cada quien sabe lo que hace, ¿no? —Le restó importancia—. Lo que tienes que hacer es no opinar sobre esto. Es cosa de los Cash, y muchos los defienden.

O sea, tenía que callarme porque ellos tenían su propio club de fans.

Iba a replicar, pero de forma repentina ella mostró una sonrisa emocionada. Fue impresionante cómo todo el aire del momento cambió.

—Pasemos a un tema mejor: esta noche empiezan los eventos —me informó con entusiasmo—. El primero son los juegos, imprescindibles antes de comenzar las clases. Vas a ir, ¿no?

—¿Qué hacen en esos juegos? ¿Ponen a las chicas a pelear en barro y apuestan por ellas? —resoplé con sarcasmo.

Artie soltó una risa sonora.

—No, se pasa el rato con juegos de azar, bebidas, conociendo a los nuevos... Tal vez pilles algún club... —Me miró con ansias—. Aunque podré presentarte a unos amigos que no consideran a las chicas como ganado, y por eso no son tan populares. Puedes andar con nosotros.

No sabía cómo eran los eventos de los chicos y las chicas de Tagus, pero necesitaba saber más sobre el mundo al que acababa de entrar, y la única manera de lograrlo era mezclándome. Después de todo, no había llegado a Tagus para ser una asocial que se sentara en el comedor con la cara contra su bandeja, procurando ser lo más invisible posible. No. Yo tenía otros planes.

Eché un rápido vistazo nuevamente en dirección a Adrik. Ya no estaba. En algún instante, se había escabullido. El cigarrillo, consumido, ahora estropeaba la grama junto a la caseta. Un claro gesto rebelde, ¿eh? Aegan sí seguía allí, hablando con las chicas, y ellas continuaban encantadas. Sus miradas estaban fijas en él, como si tuvieran ante sí algo fascinante e inspirador.

Así que ese era el líder de Tagus. Por él se movía el mundo de la élite. Era la figurilla sin aspecto de santo frente a la que todos se arrodillaban. Ese era el individuo que podía destruir vidas o cambiarlas en un segundo. El espécimen catalogado como: idiota con poder.

«Pues un placer conocerte, Aegan Cash.

Soy Jude, la piedra capaz de “accidentalmente” meterse en tu zapato.»





2


¡Oh, señor todopoderoso Cash!




Los juegos eran una sagrada tradición para los alumnos de Tagus.

Se hacían en unos terrenos libres, justo detrás de la línea que dejaba de ser terreno de la universidad, ya sabes, para no romper ninguna regla de conducta, y aquello era como un casino al aire libre. Todo estaba repleto de mesas. Los árboles habían sido decorados con luces de Navidad y la música salía de un puesto de DJ. Había mucha gente. Algunos iban de un lado a otro sosteniendo vasos, botellas y cigarrillos. Otros estaban sentados, jugando a juegos de azar.

Mirara a donde mirara, había sonrisas suficientes, ojos astutos y posturas seguras de sí mismas. No había nadie mal vestido ni nadie que pareciera estar sufriendo una crisis existencial. O sufriendo por nada en absoluto. Solo chicos y chicas antinaturales, sin granitos, sin miserias, sin preocupaciones, sin defectos físicos, como si hubieran sido engendrados por dioses y ángeles calenturientos.

No lo sabía aún, pero de ángeles no tenían nada. Na-da.

Artie y yo fuimos directamente hacia una mesa donde un chico y una chica charlaban y tomaban algo. Me dije que tenía que poner mi mejor cara para socializar.

—Esta es la gente con la que me junto —los presentó Artie, ya frente a ellos.

La chica fue la primera en tenderme la mano.

—Kiana —se presentó con un apretón firme pero amigable, y agregó—: Me encanta lo que pone en tu camiseta.

El estampado de mi camiseta decía: lo que sale de tu boca es lo que eres, siempre fashionista agresiva, nunca infashionista agresiva. Además, me encantaban las camisetas que hacían sentir incómodos a los demás.

Pero el estilo de Kiana no se quedaba atrás. Llevaba trenzas vikingas, su piel era de un perfecto color caramelo, y parecía la combinación ideal de persona artística y chica con dinero: tejanos gastados pero fabulosos, suéter tejido que le caía hasta por debajo de las caderas y botas de cordones.

En mi ficha mental quedó: «Esta chica podría vender porros y al mismo tiempo liderar un ejército contra un país».

La siguiente mano me la ofreció el chico. Lucía un ligero bronceado y, aun así, se le veían muchas pecas repartidas por la nariz, pero su aspecto no era nada simple ni sencillo. Si hubiese necesitado dos palabras para describirlo, habría dicho: «Fabulosamente exagerado». Llevaba puesta una chaqueta azul eléctrico y una pajarita dorada con lentejuelas. Sus tejanos eran casual, pero la manera en la que todo se unía en él resultaba llamativa al igual que sus ojos verdes. Tenía ligeros reflejos en el cabello color miel, y el toque final lo daba la hendidura en su barbilla, sutil pero interesante.

—Dashton —se presentó con una voz muy carismática—. Pero mi familia me llama Dash porque suena menos gay.

—¿Cómo debo llamarte entonces? —le pregunté.

—Dashton —contestó con un guiño.

No pude evitar sonreírle.

Gente agradable, no iba tan mal.

Kiana empezó a llenar un vaso con el barril que había junto a la mesa.

—Vaya, Artie, has tenido suerte este año con tu compañera —comentó mientras esperaba a que el líquido llegara al borde de su vaso—. A mí me ha tocado una chica muy rara que parece tener miedo de que se le hinche la lengua si habla. La invité a venir, y solo me miró, se metió en el baño y comenzó a tirar de la cadena del retrete repetitivamente. Creepy.

Se giró otra vez y me ofreció el vaso que acababa de llenar. Negué con la cabeza, pero con algo de cortesía.

—Es cerveza alemana —aclaró Dash, claramente ofendido, al ver mi gesto.

—No me llevo bien con la cerveza —volví a rechazar.

No era del todo cierto. Me encantaba la cerveza. No aceptar una era como cometer pecado, pero era el primer día, no los conocía bien, y algo muy importante: el peor enemigo de una persona con secretos es el alcohol.

—No está adulterada, si eso es lo que te preocupa —aseguró él, y para demostrármelo le dio un largo trago al vaso. La manzana de su cuello ondeó hasta que se lo pasó todo, y lo confirmó con un eructo y una amplia sonrisa—. ¿Ves? Tan sana como todos los que estamos aquí.

Me pregunté si un sorbito sería catastrófico. Podía fingir que estaba bebiendo, ¿no?

—Déjala, Jude es diferente —salió Artie al rescate, ya con su vaso lleno—. Para empezar, no sabía quiénes eran los Cash.

Kiana y Dash me dedicaron una mirada ceñuda de «imposible». Yo tuve que confirmarlo. Entonces él resopló como si fuese demasiado absurdo.

—Pues estará mintiendo —opinó, muy seguro—. No saber quiénes son los Cash es como si no supieras quiénes son las Kardashian o algo así. Has tenido que oír sus nombres alguna vez.

Kiana suspiró con fastidio.

—Si vamos a empezar a hablar del trío endemoniado, avísenme para beber más rápido.

Dash se puso una mano junto a la boca para decir algo como si fuera un secreto.

—A Kiana no le gusta el tema —me susurró.

—No me gusta cuando se trata de hablar bien de ellos —corrigió ella, poniendo los ojos en blanco.

Interesante: a Kiana le caían mal.

—Artie dijo que todos adoran a los hermanos —mencioné, intentando recabar información.

Kiana alzó los hombros.

—Pues sí, una parte los sigue con fidelidad.

—¿Cómo decía ese artículo que sacaron sobre ellos el año pasado? —dijo Dash con cierta burla.

Kiana lo enunció con dramatismo, pintando un encabezado en el aire con ambas manos:

—Que Aegan es el futuro político, Aleixandre el futuro social y Adrik el futuro humanitario.

Dash soltó una risa. Por alguna razón, Artie no. Ella solo bebió de su vaso y miró hacia otro lado. Notar nuevamente ese gesto de inquietud hizo que ignorara el que hizo Dash al comentar:

—Yo solo creo que son el futuro de las mentiras.

Kiana le dio un codazo rápido que me impidió preguntar a qué se refería.

—Ya basta de hablar de esos engendros, ¿sí? —dijo Kiana con exigencia. Luego puso su atención en mí—: Jude, es momento de que le des un buen trago a tu cerveza, y no te puedes negar porque es la ley estudiantil que todos tenemos que cumplir para pasar la iniciación que me acabo de inventar. Vamos.

Tras la presión de sus miradas y el silencio insistente, acepté.

Y ese fue el primer error.

No.

Tal vez fue el GRAN error.

—Por la iniciación —repetí justo cuando los cuatro decidimos chocar nuestros vasos.

Fue la de iniciación, sí, pero de otra ronda más.

Apenas probé la cerveza, mis papilas gustativas gritaron como Minions: «¡Está riquísima!», y exigieron más, y bueno, tuve que darles lo que querían, por lo que una hora después ya me había bebido tres vasos. Parecían pocos, pero fueron suficientes para hacerme sentir el delicioso mareo producido por el alcohol. Si no me emborraché demasiado, fue porque me los bebí y porque fui a vaciar la vejiga más de tres veces... cofcofdetrásdeunárbolcofcof.

Para cuando me detuve a pensar en que debía parar, tuve que admitir que me lo estaba pasando bien. No había soltado nada revelador, y Kiana, Dash y Artie eran más agradables de lo que había esperado. Entendían el sarcasmo y no alardeaban de nada que tuvieran. Y no hablaban de los Cash. Estaban igual de medio ebrios que yo, así que nos reíamos a carcajadas, ¡y ni siquiera sabíamos de qué!

Me pregunté si podría llevarme bien con ellos justo como lo haría una chica normal.

Aunque no sé por qué quise creer que yo era normal.

Unos silbidos de apoyo interrumpieron de repente nuestras risas sin sentido. Había pasado una hora. En cuanto echamos un vistazo curioso, unas mesas más allá vimos que Aegan y Adrik habían llegado. Junto a un par de chicos más, estaban a punto de tomar asiento. En esa ocasión no me fijé en ellos, sino en uno de los otros dos. Uno que estaba de pie junto a la silla donde iba a sentarse Aegan y que no parecía tener intención de unirse a lo que sería el juego.

Era el tercer hermano, Aleixandre. No me preguntes cómo lo supe, solo lo supe. Tenía la pinta de ser el pequeño: un poco más delgado, con el mismo aire imponente y llamativo de sus hermanos, pero con el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mirada chispeante, juguetona. Su ropa marcaba una diferencia de estilo entre los otros: camiseta color turquesa con lo que yo llamaba pantalón de príncipe, es decir, pantalón caqui (porque, ¿has visto a algún miembro de la realeza o a algún príncipe de las películas de Disney sin pantalón caqui?). Ah, y los zapatos más impecables que había visto en mi vida.

Ni terremoto ni calma. Ese chico parecía ser el último nivel: la salvación.

Así que ya vistos los tres, pude distinguirlos de esta manera:

Aegan: efusividad.

Adrik: indiferencia.

Aleixandre: diversión.

—¿Qué sucede? —pregunté, curiosa.

—Seguro que van a jugar a póquer —contestó Dash, mirando hacia la mesa—. Aegan es condenadamente bueno. Cuando juega, no hay oportunidad para nadie.

—Pero había dejado de hacerlo —añadió Artie, un poco confundida— porque nadie quería jugar en una mesa en la que estuviera él.

—¿Es que no lo sabes? —le resopló Kiana—. Aegan no puede pasar más de una semana sin superar a alguien en algo, le sale urticaria.

En total, en la mesa se sentaron siete chicos, incluyendo a Adrik y a Aegan. Uno sacó un mazo de cartas y comenzaron a repartirlas como auténticos profesionales. Mientras, noté que Aleixandre se inclinó para que Aegan le dijera algo al oído. Tras eso, Aleixandre asintió e inesperadamente se alejó de allí en alguna dirección.

Hum... Raro.

—Vamos a acercarnos a mirar la partida —propuse de pronto, y como todos se me quedaron mirando, añadí—: ¿Se puede?

—Bueno, a veces alguien pierde todo el dinero y se oye cuando le hace la llamada a papi. —Dash alzó los hombros—. Es divertido.

Las chicas compartieron mirada y aceptaron. Por un momento, Artie dudó, pero terminó por aceptar. Aunque no fuimos los únicos que tuvimos esa idea. Mucha más gente terminó por arremolinarse alrededor de la mesa, y al final la partida se convirtió en un espectáculo público.

La luz en aquel sector del enorme terreno no era muy buena, pero aproveché el estar tan cerca de ellos para saciar mi curiosidad sobre los Cash. Encontré rápidamente otras diferencias:

La nariz de Adrik era recta. La nariz de Aegan tenía una ligerísima curva.

La mirada de Adrik era cautelosa, fría, difícil de descifrar. La mirada de Aegan era chispeante, astuta, burlona.

Adrik parecía estudiar los movimientos de los demás. Aegan parecía demasiado seguro de su victoria.

Adrik = enigma.

Aegan = desafío.

Bien, mi cerebro alcoholizado no daba para descripciones más ingeniosas, de modo que terminé por concentrarme en el juego. Miré en silencio, tomando tragos de mi vaso. Los participantes y los espectadores observaban las cartas y luego miraban a Aegan. No le prestaban atención a nadie más, porque ese en realidad era el entretenimiento: ver cómo Aegan hacía perder al resto, lo cual al mismo tiempo hacía que la partida fuera un chiste sin sentido. No había apuestas arriesgadas, porque todos podían perder lo que quisieran. Tampoco había tensión alguna, porque se sabía que Aegan ganaría.

Él también estaba seguro de ello. Toda su cara lo decía. Sus ojos entornados sonreían de forma burlona y en ellos brillaba una insoportable suficiencia, la molesta seguridad del éxito.

Adrik y él hicieron una apuesta moderada que el resto pudo igualar, y después hubo un poco de acción. Manos. Apuestas más grandes. Billetes. Gestos leves, pero significativos. Silencio. Algún que otro susurro.

Hasta que llegó el momento de la confrontación final.

Última mano. Última ronda. Última apuesta.

Y parecía que todo terminaría normal...

Hasta que uno de los jugadores vomitó.

De forma inesperada, el chico se inclinó hacia un lado justo cuando tenía que hacer su apuesta y descargó todo lo que había estado bebiendo. ¿Por nerviosismo? ¿Porque había llegado a su límite? Ni idea, pero los que estaban ubicados detrás de él se apartaron lanzando un grito de asco.

El muchacho se irguió aún con los labios húmedos por los asquerosos fluidos. Demostró ser consciente de lo que había hecho, miró a ambos lados como si temiera ser reprendido por alguien, y luego se desplomó en el suelo sobre su propio charco de repugnante vómito.

Todo el mundo se quedó en silencio.

Las miradas alternaron entre el vómito y el cuerpo desplomado.

Y luego estallaron en carcajadas, pitos, burlas y choques de vasos y botellas.

—¡David está fuera! —vociferó Aegan entre risas, demasiado divertido y relajado en la silla. Su voz era enérgica, confiada, de esas que jamás iban a titubear, perfectamente hecha para la imagen de seguridad que daba—. ¿Alguien quiere tomar su lugar o cerramos con tres?

Lanzó la pregunta, de manera general, a todos los que estaban mirando la partida. Aegan esperó con una odiosa pero triunfal sonrisa en el rostro. Los espectadores se hicieron la gran pregunta: «¿Quién se atreverá a tomar el lugar del chico vómito?». Era una buena oportunidad porque la mesa estaba repleta de billetes verdes y grandes que sustituían las fichas. La última apuesta alcanzaba los mil dólares, y los tres jugadores anteriores habían decidido abandonar.

Pero también era un enorme riesgo porque ahora solo quedaban Aegan, Adrik y otro chico, que estaba demasiado nervioso como para hablar y que incluso sudaba.

La gente se miró las caras.

Esperaron a un valiente.

Y esa valiente fui yo.

¿Por qué?

Pues ¿le puedo echar la culpa al alcohol? Por ahora digamos que tenía la ridícula e irreal sensación de que era poderosa, desafiante, capaz de hacer cualquier cosa, incluso de olvidar mis prioridades, incluso de pasar por encima de mi propia inteligencia y de mis planes. Una sensación peligrosa que, por supuesto, ocasionó una estupidez de mi parte:

—Yo —me lancé como voluntaria al mejor estilo de Katniss Everdeen.

Todos giraron la cabeza hacia mí al escucharme. Incluso Artie, que me miró con una notable y dramática expresión de asombro estampada en la cara que resaltó sus grandes ojos delineados de negro. Por un segundo me arrepentí. Por un instante me dije a mí misma que era una pésima y estúpida idea, pero escuché unas risitas provenientes de algún lugar, como si alguien dudara de que lo estuviese diciendo en serio, y eso me dio valor para no retractarme.

Aunque en realidad ya no había vuelta atrás.

La gente abrió un camino frente a mí para que me sentara en la mesa, así que avancé a paso acompasado, pasé por encima del inconsciente que se llamaba David y me senté en su silla, a la que por suerte no le había caído vomito.

Hubo un silencio pesado mientras me acomodaba, un silencio de desconcierto, de duda y de intriga. Sentí el peso de esas miradas en mí. A Kiana, Artie y Dash, perplejos, y a Aegan y a Adrik observándome con mucha curiosidad. Hasta me imaginé con claridad lo que estaban pensando: «¿Quién es esta chica? ¿Cómo se atreve? ¿Está loca?».

Tal vez sí estaba loca.

Sin embargo, me mantuve firme y erguida en mi lugar.

Aegan observó mi camiseta por un segundo como si fuese algo demasiado ordinario.

—¿Tienes mil dólares? —me preguntó, relajado pero divertido. Su comisura derecha estaba medio alzada con presunción, como si tras ese rápido vistazo supiera que yo era inferior.

—No —admití.

Hubo cuchicheos.

—¿Y cómo piensas apostar? —me preguntó frunciendo el entrecejo.

Pues no lo sabía, pero mantuve la boca cerrada porque a veces el silencio podía ser una estrategia.

Aegan soltó una risa tranquila ante la falta de respuesta.

—Te lo pondré fácil porque ya has demostrado ser muy valiente al sentarte —dijo como si fuera un acto de caridad—. Puedes apostar un favor, y todos saben que no me gusta hacerlos. Si ganas, te lo deberé, lo cual es algo grande. Si pierdes, por otro lado...

Me dedicó una irritante sonrisa que gritaba que estaba muy seguro de que todo saldría como él deseaba. Quise poder borrarla de su rostro, y posiblemente sí podría, ya que en parte me había arriesgado porque en realidad tenía un as escondido en la manga, y él no tenía ni idea de eso..., ni idea...

—Está bien —acepté, fingiendo que no me molestaba en absoluto el riesgo—. Apuesto el favor.

Oh, iba a joder a Aegan como nunca lo habían jodido, porque Trump le bailaría en tanga a Obama antes de que yo hiciera algo que él quisiera.

—Nueva mano —ordenó Aegan.

Se hizo como él quiso, pese a que era la ronda final y en cualquier otro juego serio no se habrían aceptado cambios ni apuestas tontas.

Mientras me entregaban las cartas, sentí que me sudaban las manos. Sí, estaba nerviosa, y era ridículo. Ya había jugado muchísimas veces antes. Mi propia madre me había enseñado. Había ganado las mejores apuestas en la preparatoria, pero el punto era que esa no era la preparatoria. Ahí estaba delante de ese imbécil autoproclamado como Dios Supremo de la élite de Tagus, y el miedo de no ganar como había estado segura de hacerlo unos segundos atrás empezó a aumentar, porque si perdía él me dejaría en ridículo.

No podía darle el gusto. Por mi nombre y apellido, no podía.

Adrik, Aegan, el otro chico y yo miramos nuestras cartas. Solo les eché un rápido vistazo y las oculté. No hice ningún gesto. Me mantuve seria, imposible de leer.

—Vaya... —murmuró Aegan, estudiando las cartas.

Por el brillo victorioso en sus ojos, asumí que tenía una buena mano. Eso lo confirmé un momento después cuando hizo lo que me temía: se inclinó hacia delante y dobló la apuesta. Ahora el resto debíamos igualar la cantidad. ¿Cuánto era? ¿Dos mil?

El silencio de la gente a nuestro alrededor se volvió denso, observador.

—Voy —dijo Adrik sin dudar, doblando la apuesta también.

El otro muchacho miró hacia ambos lados, nervioso. No le quedaba nada. Nada. Su billetera estaba sobre el borde de la mesa y solo relucían un par de tarjetas doradas, las cuales no se podían apostar, claro. Pensé que se retiraría, pero entonces suspiró con resignación y comenzó a quitarse el reloj plateado que llevaba puesto en la muñeca derecha.

—Voy —dijo, y apostó el reloj.

La atención recayó en mí. De reojo vi que Adrik me miraba, aunque no pude descifrar nada en él. Aegan, por otro lado, rebosaba seguridad. Me echó un vistazo pesado, analítico. Sus ojos brillaron con una emoción potente, agresiva, divertida. Aquello estaba convirtiéndose en un auténtico show para él, ¿no?

Bien, me removí sobre la silla y esbocé una sonrisa juguetona.

—¿Qué más puedo apostar? —pregunté.

Sabía que estaba sonando como una tonta, pero esa era la idea.

—Sorpréndeme. —Aegan se encogió de hombros.

Los muchachos alrededor rieron por lo bajo.

Fingí que pensaba.

—¿Qué tal... una sorpresa? —fingí también que se me ocurría de repente—. Una gran sorpresa.

—No es así como se juega —se burló, y con cuidado aclaró—: Tiene que ser algo valioso.

—Es que lo es —aseguré con entusiasmo—. Juro que vale los siete mil dólares.

Me aseguré de sonar lo más incitante y misteriosa posible. Parecerá gracioso, pero Aegan se lo pensó. Apostar una sorpresa no era algo permitido en un juego legal, solo que era obvio que ese Cash era ambicioso y no le gustaba lo convencional. Además, él mandaba. Si se le antojaba, podían apostarse ratas muertas.

—Bien, vas con la sorpresa —dijo—. Y solo acepto porque esto está resultando ser entretenido.

Así que llegó la verdadera confrontación final. Era la hora de mostrar las cartas.

Los nervios y las ansias casi se palpaban. Quien tuviera la mejor mano, ganaba todo lo que había en la mesa, y si no era yo, tendría que ingeniármelas. Quién sabía qué pretendía pedirme que hiciera.

Primero fue el chico. Dejó la mano al descubierto. Tenía un trío. Tres cartas del mismo valor. Con eso habría ganado si hubiera estado jugando contra estúpidos novatos.

Después fue Adrik. Tenía un full. Tres cartas del mismo valor y otro par de cartas de otro mismo valor. Eran buenas cartas, superaban al trío del muchacho, pero ¿superaban a Aegan?

Rasqué la tela de mi pantalón por debajo de la mesa, inquieta.

Le tocó a él. Durante un momento no dejó de mirarme con esa sonrisa de suficiencia. Hasta me imaginé lo que intentaba decirme: «Lo siento, muñeca, hoy te vas a tener que quitar hasta la piel». Y me preocupaba y enfadaba de solo pensarlo; en serio.

Lentamente, Aegan dejó las cartas sobre la mesa y anunció lo que tenía en la mano:

—Póquer.

Cuatro cartas del mismo valor. Cuanto más alto era el valor de esas cuatro cartas, más alto era el ranking de la mano. Aegan tenía números grandes. Números intimidantes. Sin duda alguna era una mano ganadora, así que los que debían de ser sus amigos empezaron a pitar por su victoria, mientras que el resto comenzó a celebrarla como si ellos también hubieran ganado buenas apuestas.

Y entonces yo mostré mis cartas.

Y como por arte de magia se hizo el más pasmoso de los silencios.

Silencio absoluto.

Un silencio que te cagabas.

Mi voz fue lo único que se escuchó:

—Escalera real de color.

Una mano invencible. Un as, un rey, una reina, una jota y un diez. Todos por el culo de Aegan Cash, y sin lubricante.

Fue un momento histórico. Años después, si habías estudiado en Tagus y recordabas el estatus de los Cash, reconocerías que fue algo épico: alguien le había ganado a Aegan, y ese alguien había sido una chica que jamás había estado con él y que no sentía más que desprecio por su persona y ganas de humillarlo.

Los entornados ojos de Aegan se posaron en las cartas y después en mí. Le sostuve la mirada, conteniendo un estallido de emoción, y entonces aquella sonrisa, aquella insoportable sonrisa de triunfo con la que él me había recibido en la mesa, finalmente se esfumó.

Puff.

Nada.

¿Qué había sucedido, Aegan? ¿De repente ya no eras el único ganador?

Todos lo observaron, boquiabiertos, como si hubiese un fallo en el sistema y no supieran qué hacer ahora. El líder había sido vencido, y eso había tenido que afectarle. Me lo imaginé histérico, listo para gritarme, pero su reacción fue la que cabía esperar de su posición y de su personalidad. Su rostro se ensombreció de inmediato y sus ojos chispearon como si estuviera conteniendo una ira colérica.

—¡Sorpresa, Aegan! —canturreé entonces con una gran sonrisa—. ¿Lo ves? Sí que vale más de siete mil dólares verte la cara de imbécil perdedor.

No dije más y me levanté de la mesa.

Fin del juego.

Atravesé la multitud que me miraba con estupefacción, susurraba o trataba de escanear hasta mis zapatos. Me sentí satisfecha porque ni siquiera había planeado aquello y aun así lo último me había salido espontáneo y natural, como la frase de los héroes cuando dan el golpe de gracia a los monstruos en las películas.

En cuanto estuve más o menos lejos, Artie llegó de repente y se enganchó a mi brazo. Solo ahí sentí una repentina y nerviosa necesidad de aferrarme a ella sin detenerme. Un escalofrío me erizó la piel y me hizo percibir con incomodidad el frío de esa noche.

—Jude, ¿recuerdas que esta mañana me preguntaste qué era lo peor que te podía pasar aquí? —me murmuró. Su voz sonó medio asustada.

—Sí...

—Pues era esto —susurró con gravedad—. Acabas de firmar la sentencia de muerte de tu vida entera en Tagus.

Me reservaré explicaciones.

Solo diré que tenía muy claros mis objetivos.

Pero que yo misma los comencé a complicar.

Porque a partir de ese momento, de ese error, de ese juego, todo el lío comenzó.

Así que te lo advierto: en esta historia la cagaré muchas veces. Ve acostumbrándote.





3


Todo lo que pisas es territorio enemigo




Mi primer día oficial de clases y:

1. Tenía resaca.

2. Mis ojeras parecían las de la novia cadáver.

3. Cada vez aumentaba más la sensación de que Aegan Cash iba a cobrarse mi burlita.

Artie me había advertido que podía ser un mal comienzo solo por haberlo insultado. En la vida normal, es malo insultar a las personas, sea cual sea su nivel social. En la vida de Tagus, solo es una condena insultar a los elegidos. Y Aegan era el elegido número uno. Existía un gran grupo de gente que lo seguía con fidelidad política, que respetaba la historia del apellido Cash, que admiraba ese linaje, que estaría dispuesta a darme la espalda por creer que podía desafiar el statu quo.

Daba miedo si lo pensabas, pero yo decidí que, si el rechazo y la exclusión era lo que venía, lo enfrentaría con mi metro sesenta de estatura y la barbilla en alto, porque sí había sido una tontería insultar a Aegan la noche anterior, pero no lo admitiría.

Por supuesto, no me esperaba lo que en realidad pasó.

Atravesé las puertas del monstruo arquitectónico que era el edificio del Colegio de Ciencia y Artes Liberales. Por los pasillos, unos cuantos grupos me miraron como si fuera el único ser humano que había evolucionado del Homo sapiens a una especie nueva y tóxica. Otros, al pasar a su lado, asintieron como diciendo: «Vas por buen camino, chica». En la primera clase hubo silencios juzgadores e incómodos, pero luego, en la siguiente, un grupo de chicas me sonrió con aprobación.

¿Qué significaba? ¿Había hecho bien o había hecho mal? No estaba segura, pero sentí cierta satisfacción porque, no te voy a mentir, eso de pasar desapercibida por los pasillos con la cabeza baja, mordiéndome el labio y apretando los libros contra el pecho en definitiva no era lo mío. En cambio, ¿ser vista por haber hecho lo que alguien no tuvo el valor de hacer antes? Gracias, gracias, lo aceptaré encantada.

Aunque... tal vez no debí cantar victoria tan rápido.

Sí habría consecuencias por mis actos, y eso lo entendí en la última hora, cuando fui a la clase extra que había podido elegir a mi gusto: literatura. El resto era pintura, audiovisual, música o manualidades, y yo no era nada buena en las artes plásticas si no se trataba de hacer figuras estúpidas u obscenas con plastilina.

El aula era, debo decir, impresionante, como todas las que había visitado ese día. La pizarra era un rectángulo transparente para escribir con marcadores acrílicos. Las mesas eran de un reluciente blanco, cada una con dos asientos. Me senté en la que estaba más cerca del gran ventanal de cristales azulados, desde el que se veían los verdes y extensos jardines de Tagus, y esperé.

La clase se llenó rápidamente con unos veinte estudiantes. Una mujer alta, delgada y con cuello largo que me recordó a un cisne se situó frente a la pizarra. Tenía un aire bohemio e interesante, como el de una escritora sin mucho éxito, pero con mucho talento. Dijo que era la profesora Lauris y nos dio la bienvenida a los alumnos de primer y segundo año a la clase de Literatura.

—Formaremos parejas de lectura —empezó a explicar—. En todo el semestre debatiremos y trataremos de entender nuevas perspectivas. ¿Por qué para algunos las cosas son azules o para otros son amarillas? Intentaremos entender eso, así que escojan a una persona y cambien de mesa si es necesario.

Giré la cabeza para escoger a alguien o para ser escogida, preparada para mi primera interacción social exitosa, pero solo vi el asiento vacío a mi lado porque por distraída y confiada no me había fijado en una cosita: el salón se había llenado, pero nadie se había sentado junto a mí. Mi mesa era la única con un solo integrante.

Alrededor, los estudiantes se movieron de un lugar a otro para ubicarse con su pareja. Esperé a alguien, intenté hablarle a alguien, pero todos me ignoraron y evitaron mi mirada. Hicieron como si en mi silla no hubiera una persona, solo aire.

Dejaron el mensaje muy claro: nadie quiere formar pareja contigo.

Al final me quedé sola. Se hicieron las parejas y a mí no se me paró ni una mosca. ¿Que si eso me impactó? Por supuesto, pero lo disimulé.

—Derry —me dijo la profesora Lauris por encima de las voces de los estudiantes al darse cuenta de la situación—. Compartirá sus opiniones conmigo.

Genial. Y además mi pareja sería la profesora, como si fuera una niña de primaria rechazada, algo que nunca antes me había sucedido.

Alguien se burló por lo bajo, pero no supe quién. Decidí no dejar que eso no me afectara. Éramos adultos, ¿no? Lo tomé como un adulto.

—Bien —continuó la profesora, de nuevo frente a la pizarra, ya con la clase tranquila y en silencio—. Anotaré algunos...

Se interrumpió de repente porque alguien llamó a la puerta del aula.

Todos miramos hacia la entrada. Ya con quince minutos de clase iniciada, Adrik Cash se encontraba de pie bajo el marco de la puerta. Sostenía su mochila con una mano, y lo envolvía un aire somnoliento, con el cabello demasiado desordenado. No tenía cara de querer estar ahí. De hecho, parecía que acababa de levantarse y que había ido a clase solo para que no le pusieran falta.

En cualquier otro caso, era obvio lo que debía suceder ahora: una reprimenda de la profesora y la prohibición de entrar, pero no era así para los Cash. Nunca era igual para ellos. Yo no lo sabía del todo en ese momento. Lo fui descubriendo poco a poco. Era como si el mundo se obligara a funcionar diferente para adaptarse a lo que fuera mejor para los tres hermanos. Eran impunes a lo que se solía castigar. Tenían puertas abiertas donde solo había muros para otros. Eran superiores solo por su sangre y su historia.

Así que la profesora le dedicó una sonrisa afable, sin reproche. Incluso me dio la impresión de que se alegraba de verlo allí.

—Cash, pase —le dijo, señalando el interior del aula—. Ya se me hacía raro que no estuviera aquí. Me temo que se perdió la elección de parejas; trabajará con Derry, que ha sido la única que se quedó sola.

El silencio fue sepulcral.

—¿Es necesario? —preguntó él tras un momento.

—Sí, esta vez no lo dejaré trabajar solo. —No dio derecho a réplica la profesora—. El trabajo en grupo es importante.

Pensé que diría algo más, pero Adrik avanzó hacia la mesa sin decir palabra, todavía casi arrastrando la mochila. Algunos se susurraron cosas y luego me miraron. Yo me mantuve quieta, sin dejar traslucir nada que pudiera dar de qué hablar.

Llegó hasta el lugar vacío y se sentó a mi lado. Dejó caer la mochila, colocó los antebrazos sobre la mesa y miró al frente. Una suave brisa que olía a loción de afeitar masculina me golpeó la cara y amenazó con causarme alergias. Nota que no necesitas: casi todo me hacía estornudar y terminaba enojada por estornudar tanto.

La clase continuó.

—Anoten los nombres de los autores que estudiaremos este semestre —explicó la profesora, de espaldas a nosotros—. Mientras tanto, tomen una hoja y pregunten a su compañero sus gustos literarios.

Abrí mi libreta y saqué una hoja. Tomé un bolígrafo, hice dos columnas con nuestros nombres y me quedé en silencio por un instante. La verdad era que no quería preguntarle nada a Adrik. Otro de mis grandes defectos: era orgullosa, pero eso seguramente ya lo notaste, jejé.

Igual no fue necesario.

—El retrato de Dorian Gray —dijo él de repente, sin mirarme.

Me dejó extrañada. A mí también me gustaba mucho ese libro. No había leído todos los libros del mundo, claro, pero durante un largo tiempo en el que no había tenido ganas de socializar con nadie, leer se convirtió en uno de mis refugios, y ese tipo de historias que reflejaban los errores y la podredumbre humana eran de mis favoritas.

Anoté el título en las dos columnas. Después golpeé la hoja con la punta del bolígrafo, pensativa.

—¿Por qué te gusta? —no pude evitar preguntar.

Adrik se tomó su tiempo. Incluso pensé que iba a ignorarme como el resto de los alumnos, pero un momento después alzó los hombros.

—Te enseña que puedes ser casi perfecto por fuera, y en realidad estar malditamente podrido por dentro —respondió sin más. Me fijé en que tenía una voz suave y taimada. Comparada con la potente y enérgica voz de su odioso hermano, la suya era intrigante y, por desgracia, era placentero escucharla.

En cuanto al libro, otra sorpresa para mí, yo opinaba lo mismo.

Las palabras salieron solas de mi boca:

—Y que el poder corrompe el alma.

—Que el poder, en realidad, es una debilidad —asintió él.

Entonces giró la cabeza y me observó. Tenía los ojos de un gris oscuro, nubloso, plomizo. Unas tenues ojeras le daban aspecto cansado. La comparación con su hermano fue inevitable: mientras que la mirada de Aegan era desafiante y estaba rebosante de altivez, la de Adrik era penetrante, un tanto misteriosa, difícil de sostener, pero interesante...

Era un Cash.

No debía olvidar que era un Cash. Y con los Cash había que ir con cuidado. Siempre.

—Bien. —Carraspeé y devolví la mirada a la lista—. ¿Otro?

—Estuve leyendo Diálogo entre un sacerdote y un moribundo. Es un relato corto, pero sería interesante ver qué opinan.

—¿Lees al Marqués de Sade? —le pregunté, ceñuda.

Él alzó los hombros con indiferencia y se apoyó en el respaldo de la silla, muy relajado. De forma distraída y aburrida, comenzó a rascar la mesa con la uña del dedo índice.

—¿Y qué si lo hago?

—Es repulsivo —opiné.

—Exacto.

—Debí imaginarlo... —murmuré, negando con la cabeza mientras escribía el título.

Adrik soltó una risa apática que pareció más un resoplido. Giré los ojos. Él, su hermano y todo lo que representaban estaban empezando a revolverme el estómago de una forma desagradable, pero debía calmarme. No podía estar a la defensiva con tanta obviedad. Acababa de llegar, se suponía que no tenía ninguna razón para detestarlos tanto, ¿no? Así que debía comportarme.

—Solo dime otro libro —pedí, seca.

—Expiación de Ian McEwan.

—Uno que sí hayas leído —me corregí.

—¿Por qué piensas que no he leído ese libro? —inquirió como respuesta.

—Pues porque no —contesté simplemente.

Hubo una leve elevación en su comisura derecha que dio la impresión de ser una pequeñísima sonrisa, aunque no pude identificar de qué tipo era. ¿Diversión? ¿Burla? ¿Nada?

—No te parece posible que yo pueda leer un libro de ese tipo solo porque he dicho que he leído algo del Marqués de Sade, ¿verdad? —replicó, tranquilo, pero al mismo tiempo algo afilado.

—No, no es... —intenté defenderme, pero Adrik continuó:

—¿O es que ahora crees que siempre leo cosas del estilo del Marqués de Sade?

—Que no, es que...

Adrik se inclinó hacia delante y apoyó el codo en la mesa para hablar conmigo con un aire más confidencial. Fijó sus ojos grises en mí. Fue intimidante, y yo no me intimidaba con facilidad.

—Odio al Marqués de Sade —me susurró, serio—. Es tan repulsivo. Son solo perversiones y fantasías frustradas escritas para aliviarse, pero... al lector real le interesa leer cualquier tipo de libro. No quiere decir que todos vayan a gustarle, quiere decir que es abierto, que es curioso, que da oportunidades, y sobre todo que no pierde el tiempo criticando sin bases o apoyando las absurdas críticas de otros, porque forma su propia opinión y le basta con eso. A mí me basta con eso. —Y concluyó con—: ¿No pudiste imaginar que esas eran mis razones o es que te resulta más fácil juzgar a las personas solo porque les gustan las cosas que a ti no te gustan?

Con eso me dio dos fuertes y triunfantes bofetadas mentales.

Pero me negaba a quedarme callada porque primero muerta y calcinada que derrotada por alguien. Exhalé y sacudí la cabeza, abrumada por la rapidez de sus palabras.

—No, espera —me apresuré a decir, reacomodándome, lista para entrar en debate—. Solo creí que no leerías algo así porque eres...

—¿Un Cash? —completó al instante.

Pestañeé, incrédula.

—Pues... sí.

—Vaya —se rio con una risa casi imperceptible, pero de sorpresa.

Ni siquiera me dio tiempo de decir algo más. Alzó la mano hacia Lauris y dijo en voz alta:

—Profesora, ¿puedo trabajar solo este semestre? —Toda la atención del aula recayó en él. Lauris dejó de escribir en la pizarra y lo miró con curiosidad—. Es que mi compañera cree que por mi apellido soy un estúpido y que por mis gustos soy un enfermo repulsivo. Y, la verdad, eso me parece muy prejuicioso.

Otra bofetada.

La clase entera me miró. Algunos se taparon las bocas para reprimir las risas, pero aun así se oyeron unas cuantas. Me ardió la cara de indignación y vergüenza, y de nuevo me sentí el centro de un asunto que podía empeorar solo para mí.

Apreté el bolígrafo con fuerza.

—¡No es verdad! —me defendí rápidamente, negándome a parecer una estúpida—. No es cierto. Yo solo dije que... Quise decir que...

Pero sí había quedado como estúpida. No pude salvarme. Me quedé cortada porque en realidad no podía decir mis razones para considerar a Adrik un idiota, no las más lógicas, y todos lo notaron.

Sí, fui un chiste total.

—Me temo, Adrik —dijo la profesora tras callar a los alumnos—, que esta es una mayor razón para que trabajen juntos y debatan sus puntos de vista, lo cual es el objetivo de la clase.

Y no nos separaron, pero durante el resto de la hora no volvimos a cruzar palabra.

Apenas sonó la campana de final de mañana, Adrik no esperó ni dos segundos para coger su mochila y desaparecer. Me alivió no tenerlo cerca, pero en el fondo me quedó una molesta e irritante sensación de haber sido derrotada por él. Normalmente, yo sabía defenderme en cualquier debate, pero tuve que admitir que me había dejado como una estúpida en menos de cinco minutos de una forma sorprendente, casi... admirable.

No, admirable no.

Debía tener mucho cuidado con él. Podía ser el Cash más peligroso, aunque supuse que era difícil que ganara a Aegan. ¿O la crueldad era menos nociva que la inteligencia?

Fui al comedor para el almuerzo, en donde Artie había prometido que me esperaría. Hasta ese momento había asociado los comedores a sitios ruidosos, abarrotados, con olor a comida y suelos llenos de manchas. En Tagus, por supuesto, no era así. El comedor era sofisticado y limpio, y la gente —que no era mucha— hablaba con un tono moderado. La comida no era la preferida de todos los paladares exigentes de los estudiantes acostumbrados a los restaurantes del campus, pero había quien solo tenía tiempo de ir allí.

Dejé mi bandeja con pollo y puré de patata de mala gana sobre la mesa. Artie alzó la vista desde su cuaderno. Comía y estudiaba al mismo tiempo con su portátil delante. Llevaba unas grandes gafas de pasta que no sabía que usaba y un cintillo delgado en el cabello corto. Otra vez detecté en ella ese gesto de morderse el labio inferior como si fuera una chica de Crepúsculo.

Analizándola, lo asocié a inseguridad. Inquietud. Artie era inquieta, pero no del tipo hiperactivo, sino del tipo nervioso. La pregunta era: ¿por qué?

—¿Qué pasa? —me preguntó al notar que yo no estaba muy contenta.

Suspiré.

—Pensé que Literatura sería...

—¿Qué? —me interrumpió de golpe, repentinamente atónita—. ¿Estás en Literatura?

—Sí —asentí, extrañada por su reacción—. ¿Por qué lo dices así?

—Es la clase de Adrik —contestó al instante—. Su terreno. Su dominio.

La nota de pánico que detecté en su voz me dejó más extrañada, pero eso tenía sentido. Hasta la profesora dio la impresión de adorarlo.

Necesité información.

—Dime cuáles son las clases que los Cash dominan, por favor —le pedí, y para explicar mi petición añadí—: Así tendré cuidado de no elegirlas.

Artie no me oyó. De hecho, entró en una especie de momento de emergencia que me sorprendió.

—Antes que nada, tienes que dejar ya mismo Literatura —dictaminó, y soltó su tenedor para buscar algo en el portátil con rapidez—. Sé que hay un formulario para hacer cambios de asignatura por aquí...

—No —intenté detenerla—. No voy a cambiarme. Puedo evitar las demás asignaturas, pero ya estoy en esta, e irme sería como gritar: ¡soy cobarde!

Ella me miró como si no me comprendiera.

—En el punto en que estás, ¿te importa lo que puedan pensar los demás si dejas la clase? —replicó con desconcierto—. Ya te buscaste problemas con Aegan. ¿Ahora vas a buscártelos con Adrik? Lo mejor es que te alejes de él antes de que las cosas empeoren.

Fruncí las cejas, repentinamente enojada.

—¿Solo por estar en una clase con él estoy buscándome problemas?

—Me refiero a que es obvio que hay un choque entre tú y ellos, y te lo digo solo porque...

—Les tienes miedo —completé por ella con obviedad—. ¿O creíste que no me había dado cuenta?

Artie suspiró, miró hacia los lados para comprobar que nadie estuviera oyéndonos y luego se inclinó hacia delante para reducir el rango de alcance de su voz. El pánico pasó a su mirada.

—Jude, sé que te hizo sentir bien retar a Aegan —me susurró con un tono de que hablaba muy en serio—. Te confieso que hasta yo disfruté al ver su cara de sorpresa cuando ganaste, pero para mantener rivalidad con alguien como él, como mínimo debes tener su mismo nivel social, porque, si no, te destruirá en un segundo.

Estaba segura de que era una advertencia muy importante, pero no me asustó.

—Temerle a una persona con poder solo la hace más poderosa —fue lo que le dije.

Ella apretó los labios y se reacomodó en la silla. Miró de nuevo la pantalla del portátil. Hubo algo misterioso en su silencio hasta que por fin murmuró:

—Tú no sabes de lo que son capaces de hacer aquí. De lo que Aegan es capaz.

—¿Y tú sí lo sabes? —pregunté de vuelta al instante—. Si es así, dímelo.

No dijo nada, y su silencio fue una respuesta que me dejó mirándola con extrañeza. Quizá ella también veía a los Cash como figuras a las que había que evitar molestar porque tenía muy arraigado el estilo de vida de la élite de Tagus, donde solo por tener un apellido famoso la gente se ganaba el respeto de todos, pero no el mío. Yo sabía que los tipos como Aegan estaban llenos de una sola cosa: defectos que se esmeraban en ocultar.

Aunque no por eso debía discutir con Artie. O sea, tenía un carácter tipo Shrek, y si me buscaban, la discusión la seguía hasta el final, pero ¿discutir por esos tontos? No. No era así como quería llevar las cosas.

Antes de poder decirle algo para reparar la pequeña discusión, nuestra mesa fue asaltada por Dash y Kiana. Ella se deslizó en el asiento de enfrente, junto a Artie, con el rostro ardiendo por la emoción de un buen chisme. Dash se deslizó a mi lado, con una sonrisa amplia y fascinada. Se descolgó la mochila de una marca cara y comenzó a sacar un montón de billetes para dejarlos frente a mí.

—No tiene ciencia que juegues si dejas el premio —me dijo, y por último depositó un reloj sobre el puñado de dinero—. Lo salvé todo anoche antes de que le cayeran encima.

Alterné la mirada entre él y los billetes.

—¿Qué es esto?

—Lo que ganaste en el póquer —respondió Kiana con mucha obviedad—. ¿O solo te acuerdas de que le metiste un pepino por el culo a Aegan?

La verdad era que había olvidado por completo esa parte del dinero de la apuesta.

—Pues eso me pareció más que suficiente recompensa —admití.

—Bueno, pero ganaste la satisfacción y además dos mil dólares —señaló Dash, acercándome más los billetes.

El agua que estaba tomando en ese momento se me salió por la nariz. Tuve que cubrirme la boca para no hacer un desastre. Sí, también había olvidado la cantidad de la apuesta.

—¿Dos mil? —solté, estupefacta.

—Ni que fuera tanto —resopló Dash con un ademán de indiferencia.

¿Le parecía poco? No salía de mi asombro.

—Dios, Jude, dejaste a Aegan con cara de imbécil derrotado —dijo Kiana con una enorme sonrisa de alegría—. ¡Fue icónico! ¡Épico! ¡Inesperado!

—Ahora nadie para de hablar de eso —asintió Dash en un tono más bajo.

—Pero no es todo —continuó Kiana—. Nadie ha visto a Aegan desde anoche.

—Creo que lo avergonzaste tanto que no quiere dar la cara o no sabe qué cara dar —agregó Dash entre risitas.

—O puede estar muy ocupado planeando cómo aplastarla —intervino Artie, concentrada en su portátil, pero con la oreja atenta.

De nuevo habló con demasiada seguridad sobre la crueldad de Aegan. No dudaba de que fuera cierto lo que decía, y ahora no dudaba de otra cosa: ella sabía algo. Artie sabía más de lo que demostraba. Bueno, eso era obvio, pero sabía algo que tal vez Kiana y Dash no.

—Como sea, acabas de cambiar las reglas del juego en todos los niveles —suspiró Kiana, sin caber en su felicidad.

Resoplé y miré mi puré mientras lo picaba con la punta del tenedor. Ya había perdido el apetito.

—No hay juego. —Negué con la cabeza.

—Todo con los Cash es un juego —me advirtió esa vez Dash, muy seguro—. Y al final solo hay un ganador.

—Ellos —afirmó Artie.

De acuerdo, era un poco irritante que creyeran que ganarían siempre. Sí, sí, era territorio de los Cash. Cualquiera los preferiría a ellos antes que a una desconocida con la valentía por las nubes, pero yo no era asustadiza ni cobarde. Podía enfrentar lo que viniera. Debía enfrentarlo. Había llegado a Tagus dispuesta a lograr todo lo que me había propuesto. Sobrevivir a Aegan Cash solo era el nuevo reto.

—¿Qué puede hacer? —refuté, entornando los ojos—. Es adulto, y es un chico. Los chicos no andan con venganzas estúpidas.

Dije eso solo para parecer indiferente.

—Podría dejarlo pasar —asintió Artie, gracias a Dios, considerando otras posibilidades—. Es bastante maduro para muchas cosas y no le gusta perder tiempo con tontadas.

Me pregunté cómo estaba tan segura de eso. Luego recordé que ahí todos sabían hasta a qué horas orinaban los Cash. Que conocieran bien la personalidad de Aegan no era raro.

—Pero hay veces que es muy cruel —dijo Kiana—. De una forma condenadamente inteligente y cuidadosa. ¿Recuerdan lo que pasó con Pierre?

Dash apoyó la barbilla en la mano e hizo pestañeos nostálgicos. Solo en ese momento me fijé en que tenía los ojos delineados de azul, y que se le veía fabuloso.

—Ay, Pierre —suspiró con ensueño y tristeza—. Todavía recuerdo cuando en esa fiesta lo encontré fumando en el baño y me hizo cosas con la lengua que no sabía que podían hacerse y...

Kiana le puso una mano frente a la cara para interrumpirlo.

—¡Asco! —gritó—. No me refería a que recordaras todas las cosas que pasaron. Lo que quiero saber es qué pasó entre él y Aegan.

Dash asintió y guardó silencio.

—Bien, ¿qué le pasó a Pierre? —pregunté yo, Doña Impaciencia.

—En la clase de Debate internacional corrigió a Aegan en su argumento —reveló Kiana—. Bueno, dijo que estaba equivocado, y sí lo estaba, pero nadie debía decirlo. El caso fue que Aegan perdió puntuación por eso.

—Aegan lo aceptó, pero luego... —Dash se interrumpió, manteniendo el suspense.

Y Kiana complementó el relato:

—Tres clases después, al finalizar su argumento, cada persona del aula acribilló a Pierre a preguntas. Preguntas muy difíciles que hicieron que el pobre entrara en pánico y que, debido a la presión, no pudiera defenderse. Salió hiperventilando y corriendo de la clase.

Me imaginé la escena y la ancha sonrisa de suficiencia de Aegan con claridad, triunfante al fondo de la clase.

—Y eso no fue todo, claro —agregó Dash, de nuevo con tristeza—. Días después, unos estudiantes hicieron hackearon el sistema de Tagus y hubo problemas con las calificaciones de la clase. Al final, lograron recuperarlas todas, excepto la de Pierre. Tuvo que hacer todos los exámenes de nuevo en una sola semana.

—Y suspendió... —quise adivinar.

—No, aprobó —negó Kiana como si fuese peor aún—, pero lo logró a base de metanfetaminas. Esa semana lo vieron comprando. Después no asistió más a Tagus. Los que eran sus amigos dicen que sus padres se lo llevaron porque empezó a hacerse adicto. Tal vez sigue en rehabilitación.

Dash puso cara de tragedia de novela.

—No he vuelto a encontrar otra lengua igual —fingió sollozar.

Kiana entornó los ojos ante su melodrama.

—La cuestión es que Aegan actúa estratégicamente —sostuvo—. Los que atacaron el sistema fueron expulsados y considerados unos vándalos, pero sabemos que el hackeo fue planeado por Aegan.

Más que inteligente: hacía que otros realizaran el trabajo sucio para mantener sus manos limpias. Las jugadas más sucias y efectivas eran ejecutadas por personas así. Quizá sí había que tenerle un poco de miedo a ese Cash.

—Pues habrá que esperar para ver qué sucederá... —fue lo que dije con un encogimiento de hombros.

Y sí, pasarían muchas cosas.

Solo que no como todos esperábamos.

Ni como planeamos.





4


Retando y retando al demonio vas enojando




Pasó una semana.

Y no sé cómo no me esperé lo que sucedería ese día.

En realidad, empecé la mañana muy bien. Incluso me atreví a alisarme mi cabello teñido de negro, muy optimista, y usé mi camisa de o te controlas o te controlo. Frente al espejo me dije a mí misma que por un minuto el mundo debía dejar de girar alrededor de los Cash y..., bueno sí, sí, en esta historia casi todo gira en torno a ellos, y sé que eso es lo que más quieres saber, pero debo contarte estas cosas.

Entonces me dije que ya debía intentar cumplir uno de mis primeros objetivos: entrar en el equipo del periódico de Tagus.

En el perfil de Instagram del periódico habían informado de que esa tarde a la una en punto estarían haciendo las pruebas para nuevos postulantes. Como parecía que desde mi nacimiento tenía una maldición que me ponía obstáculos para cualquier cosa, el profesor de mi última clase se había extendido y a la una y diez tuve que salir corriendo hacia el edificio de Audiovisual. Llegué nerviosa pero positiva y atravesé la puerta doble del salón de imprenta, segura de que no habría ninguna razón para tener problemas en esas pruebas.

Pero esa seguridad murió en cuanto la puerta se cerró detrás de mí con un sonido traicionero, como si con toda intención hubiese querido decir: «¡Miren quién acaba de llegar!», y las veinte personas que estaban sentadas frente a una pizarra en la que se proyectaba una imagen digital de la maqueta de una hoja de artículos pasaron a centrar su atención en mí.

De todos los rostros, me fijé solo en los dos que estaban sentados a la cabeza de los estudiantes:

Aleixandre.

«Y... ¿no te lo esperabas?»

Aegan.

«Vaya, parece que te gustó eso de ser el centro de atención, ¿eh?», se burló mi fastidiosa mente.

Me quedé paralizada por un segundo. Aegan no había alzado la cara por el sonido de la puerta, sino que, de hecho, estaba muy concentrado escribiendo algo con un lápiz electrónico en un iPad, pero el momento fue absurdamente incómodo porque Aleixandre, por el contrario, sí clavó los ojos en mí con una ligera expresión de confusión en su rostro. Una confusión rara, como si no entendiera algo en mí o por qué estaba allí.

Pensé que tal vez me había equivocado o que había llegado demasiado tarde. Mi alarma me indicó que me fuera de ahí porque, si había dos Cash en ese sitio, ¡el peligro era evidente!, así que me di la vuelta, pero...

—¿Venías a las pruebas para el periódico o...? —me preguntó Aleixandre antes de que yo abriera la puerta.

Sorprendentemente, su voz sonó amigable, como la de alguien que podía ayudarte en cualquier cosa. Al mirarlo de nuevo ya no vi confusión en su rostro, que era una mezcla más joven, relajada y vivaracha de los rasgos de Adrik y los de Aegan. Me mostraba una sonrisa muy parecida a la de un niño travieso cuando cree que las cosas se están poniendo interesantes.

Traté de sonar relajada:

—Sí, quería hablar con el presidente del club para...

—Pues yo soy el presidente del club —soltó con un gesto de «¡mira qué casualidad!».

Oh, por Loki, ¿era en serio?

—Genial —fingí sorpresa.

Él asintió con entusiasmo, me señaló una de las sillas que no estaban ocupadas y me invitó a pasar:

—Vamos, puedes sentarte, no tienes que irte.

Maldije internamente porque salir corriendo ya no era una opción si no quería parecer una loca, por lo que me dirigí a una de las sillas con el peso de todas las miradas, excepto la de Aegan, sobre mí. En cuanto puse mi trasero en el asiento, justo cuando Aleixandre iba a seguir hablando como antes de que lo interrumpiera, una chica alzó la mano.

—¿Sí? —Aleixandre le concedió la palabra.

—Esta chica asistirá como oyente, ¿no? —preguntó, y su tono de voz era ese que sale cuando uno intenta disimular el odio que en realidad siente—. Porque las pruebas ya las hicimos.

No me detuve a fijarme demasiado en la persona que había dicho eso. Se me encendió la bombilla y me apresuré a sacar el teléfono del bolsillo. Luego mostré la pantalla con la hora exacta a todos.

—Técnicamente la hora no ha terminado —defendí con tranquilidad, sin ganas de crear conflicto—. El anuncio decía que las pruebas serían desde las doce y media hasta la una y media. Es la una y cuarto.

Aleixandre asintió como diciendo: tiene sentido.

Pero eso no terminaría ahí.

—Creo que permitirle hacer la prueba no sería justo —replicó de nuevo la chica, haciendo énfasis en su oposición y, para molestarme, hablando sin dirigirse directamente a mí, sino mirando a Aleixandre—. Todos llegamos a las doce y media. Nadie llegó tarde.

En realidad, su argumento era lógico. Llegar tarde cuando los demás habían sido puntuales era una falta de respeto, pero yo tenía una explicación.

—No he llegado a la hora porque el profesor de mi última clase acabó diez minutos más tarde —aclaré para que no pensaran que me había retrasado a propósito.

Pero eso no convenció a nadie. Los demás en la sala apoyaron la opinión de la chica: «Es verdad», «Llegamos a la hora exacta», «No puede hacer la prueba cuando se le antoje»... A pesar de ese pequeño alboroto, Aegan continuó concentrado en la tableta, ignorando lo que pasaba, pero quizá escuchando con atención. Aleixandre fue el que paseó la mirada medio entornada y muy divertida sobre cada persona que hablaba hasta que todos se callaron. Después se quedó en silencio, como sopesando la decisión al estilo del presentador de televisión en un momento decisivo.

Noté que tenía la mirada chispeante de alguien para quien todo era un jueguito.

Demonios, ¿mi oportunidad de entrar en el periódico dependía del que podía ser el inmaduro de los Cash? ¡¿Por qué me perseguían esas desgracias?!

—Propongo que lo sometamos a votación —soltó con un lento dramatismo.

Listo, perdería. Era obvio que todos votarían en mi contra. Él lo sabía. La chica también, porque giró la cara y me dedicó una pequeña y disimulada sonrisa de satisfacción. ¿Has visto la película Legalmente rubia? Pues me miró de la misma forma que Vivian Kensington miró a Elle Woods cuando mostró su anillo de compromiso.

De acuerdo, sería un día pésimo. Pensé en darme la vuelta e irme y no jugar a ser Elle, pero habría sido de cobardes. Así que al final decidí enfrentar el momento con la misma cara seria y firme con la que Elle había afrontado a la gente de la fiesta a la que llegó vestida de conejita.

Las cabezas asintieron con cierta duda. La mayoría aceptaron la idea.

No, no lo estaba, pero discutir por ello me habría hecho quedar peor.

—Supongo —fue lo que dije.

—Lo haremos así —asintió él. Hizo una pequeña pausa y luego lanzó algo que nadie se esperaba—: Pero pondré algunas condiciones.

La chica hundió las cejas, entre confundida y contrariada. Incluso a mí me tomó desprevenida eso. Qué tipo de condiciones, ¿eh?

Aleixandre lo explicó con una voz de «esto será interesante»:

—Si dejamos que ella haga la prueba, cualquiera que llegue tarde en lo que resta del semestre, por cualquier razón, no tendrá ningún tipo de problemas. Si no dejamos que haga la prueba, será lo contrario: nadie podrá llegar tarde, ni un minuto más de la hora acordada o será expulsado del periódico. Así que ¿quiénes están en contra de que la chica tenga una oportunidad?

Quedé tan atónita como la imitación de Vivian. Algunos se miraron las caras mientras que otros solo se encogieron de hombros. El silencio fue espeso mientras Aleixandre esperaba que alguien votara para que yo no hiciera la prueba.

Sorprendentemente, nadie alzó la mano.

—¿Está decidido entonces? —preguntó él.

Esperó unos segundos más por si alguien soltaba alguna objeción, pero todos se quedaron callados. Luego me miró con una sonrisa triunfal. Por alguna razón, también quise sonreírle, pero no abusé de mi suerte. Ni quise confiar mucho tampoco, a pesar de que esa condición se inclinaba más hacia mi lado. ¿Es que le caía bien? No podía ser posible.

Pero decidido. Tendría mi oportunidad.

—¿De qué va la prueba? —pregunté, encendiendo motores en mi cerebro para hacerlo bien.

—Será la misma que hicieron los demás —me contestó Aleixandre—. Tendrás que escribir un artículo...

—Sobre mí —lo interrumpió Aegan de pronto.

En la sala flotó un silencio de asombro. Yo me quedé congelada, y estuve segura de que los demás también. Incluso el tonto reloj de gato de una de las paredes también tuvo que haberse paralizado.

¿En serio? Aegan acababa de alzar la mirada del iPad para decir eso. Ahora sus ojos grises y felinos estaban fijos en mí. Sin sonrisa, pero con un natural aire de burla y de superioridad.

Aleixandre lo observó, desconcertado.

—Pero esa no es la...

—Escribirá un pequeño artículo acerca del presidente del consejo estudiantil —especificó Aegan, mirando a su hermano con autoridad, en un claro: «Ni intentes contradecirme»—. Les dirá a los alumnos nuevos lo que necesitan saber sobre mí. Y lo vamos a publicar.

Eso calló a Aleixandre de una forma interesante. Le vi la intención de refutar a Aegan, pero el chico solo cerró la boca y asintió. Su sonrisa de entusiasmo flaqueó un segundo antes de volver a mirarme y a dibujar de nuevo una expresión divertida y segura.

Vaya, así que un hermano mandaba más allí.

Pero lo que no pudo fue callar la sorpresa de alguien más:

—¡¿A publicar?! —intervino de nuevo la misma chica de antes—. Pero eso es demasiado, los aspirantes no pueden...

—No hemos hecho ninguna nueva publicación en el perfil de Instagram del periódico desde ayer —la interrumpió Aegan, aunque en un tono menos duro; sabía que debía cuidar cómo hablaba a las personas que lo seguían—. Nos servirá para hoy. Y será bueno, ¿verdad, Jude?

Enarqué una ceja.

—Pero al parecer esa no es la prueba que los demás hicieron —dije, señalando su injusticia.

—Es la que tienes la oportunidad de hacer tú —contestó Aegan, y su tono dejó claro que no pensaba cambiar de opinión—. Si no estás de acuerdo, puedes irte. Aunque, si eres inteligente, sabrás qué debes hacer.

«Sabrás qué debes hacer...»

Por un instante no había entendido el objetivo de todo eso, pero esa frase cambió toda mi perspectiva. Aquello era personal. No me gustaba lo que estaba ordenando, pero ya no podía retractarme de nada. Si me levantaba de la silla, sería como perder en un ring de boxeo, porque Aegan acababa de iniciar pelea.

Me descolgué la mochila para sacar mi bolígrafo y una hoja en la que pudiera escribir, pero....

—No, lo escribirás ahí para que todos podamos verlo. —Aegan señaló la pizarra digital en la que la imagen había cambiado y se mostraba un cuadro blanco para escribir texto—. Y cuando acabes, puedes presionar en publicar.

Me bastó ver su disimulada sonrisa de altivez para captar el resto de sus objetivos.

Escribir un artículo sobre él. Delante de todos. Más allá de darme la oportunidad de presentar la prueba, lo que Aegan estaba haciendo era darme la oportunidad de enmendar mi error durante la partida de póquer. Y era, de hecho, una idea cruelmente ingeniosa, porque, sabiendo que mi imagen ante la mayoría de los estudiantes era la de «la chica que había salido de la nada a desafiarlo creyéndose superior», mi única opción en ese momento era escribir algo bueno sobre él, lo cual pisotearía el haberlo llamado imbécil y sería tomado como un: «Estoy arrepentida de haberlo insultado».

Lo peor era que él creía que yo iba a hacer eso. Su carota de idiota transmitía un: «Anda, te estoy permitiendo redimirte».

En serio, Aegan, subestimarme siempre fue tu peor error.

Acepté el desafío.

Dejé mi mochila sobre el asiento, fui a la pizarra y tomé el lápiz digital. Como la pizarra era giratoria, la volteé, de modo que nadie pudo ver nada mientras me dediqué a escribir. Ni tampoco pudieron detenerme.

Durante todo el rato sentí las miradas pesadas y juzgadoras sobre mí, esperando. Hubo algunos cuchicheos. Mi mano no paró de moverse, inspirada. En cuanto terminé de escribir, le di a publicar, luego le di la vuelta a la pizarra, me dirigí a mi silla, tomé mi mochila y, como acto final, me fui del aula sin decir nada y sin permitir que me dijeran nada, porque algo así se terminaba con una salida épica.

Lo que todos debieron ver decía:

El consejo estudiantil de Tagus puede ser difícil de entender en un principio, pero no es más que un grupo dedicado a defender los derechos de los alumnos. Su presidente, Aegan Cash, lo asegura. Confiable y multifacético, su apellido le precede. Es posible que su actitud intimide, pero esto le sirve para liderar con responsabilidad y firmeza, y para esconder muy bien su defecto principal: que es un auténtico idiota que cree en costumbres prehistóricas y al que, dicen por ahí, no deberías atreverte a desafiar. En tu primer año tienes dos opciones entonces: amarlo o meterte bajo una piedra para que no te pise con su bota machista.



Tal vez pude haberlo redactado mejor, pero me sentí muy satisfecha.

Por supuesto, eso no era lo peor que iba a pasarme ese día. No era de lo que hablé al principio del capítulo, porque esto solo fue el desencadenante.

Si con ese artículo yo le había enviado a Aegan un mensaje de: «No me provoques porque te puedes llevar una sorpresa».

Él me enviaría uno peor: «Yo siempre responderé a tus ataques».

Empecé a notar que algo sucedía mientras caminaba por el pasillo del segundo piso. Algunas chicas no me prestaban la más mínima atención, lo cual era normal, pero hubo otras que me echaron miradas chismosas. Otras pasaron junto a mí, miraron su móvil, me miraron a mí de forma despectiva y se susurraron cosas. ¿Y sus modales? Seguramente los reservaban para las comidas importantes.

Supuse que les habrían enviado el artículo, así que las ignoré y bajé las escaleras al piso principal. Ahí, otro grupo de chicas hizo lo mismo. Esa vez no susurraron, sino que soltaron risas burlonas. Un par de chicos incluso me miraron dándome un repaso descarado, curioso, como si necesitaran ver qué tenía para ofrecer. Todo eso me pareció muy raro, muy sospechoso. Había algo más, aparte de mi artículo, pero continué con la cabeza alta y mi mejor cara de «no me importa lo que están pensando».

Ya cuando atravesé la puerta y salí del edificio, unas chicas cerca del barandal de la entrada me vieron y pusieron mala cara. Me acerqué de forma intencional al gran tablón que estaba junto a ellas en el que solían poner anuncios de futuros eventos y fingí leer las fechas de las actividades de la facultad de Arte. Pude escuchar que una de ellas decía: «No lo hizo en serio; es obvio que ella babea por él».

De acuerdo, algo pasaba. Algo que tuve la repentina y amarga sensación de que no me iba a gustar. Algo que, por desgracia, debía provenir o tener que ver con Aegan, y que no estaba relacionado precisamente con mi artículo.

Fui directa hacia mi edificio. Para llegar rápido tomé una bicicleta de las estaciones disponibles para estudiantes. Durante todo el trayecto traté de darle una explicación a las miradas y susurros, pero todo me hizo sospechar que se trataba de algo nuevo.

Y lo era.

Apenas crucé la puerta de entrada al apartamento, me sentí un poquito aliviada. Ahí no había miradas ni comentarios ni rechazo. Era un lugar pequeño, pero seguro. Paredes blancas, una salita y, en el fondo, tres puertas, una de ellas la del baño. Además, un ventanal nos ofrecía la vista de la calle. Artie había puesto una maceta sobre la mesa central porque decía que las plantas daban buena energía al ambiente. Yo no había puesto nada porque ni siquiera creía en mí misma.

Bueno, Artie salió de su habitación apenas oyó que cerré la puerta. Vestía shorts de pijama, tenía la cara cubierta con una mascarilla facial de color verde, el cabello oscuro recogido en dos moños a los lados y unas pantuflas de motitas. Sus ojos verdes se veían preocupados. En sus manos, contra su pecho, sostenía su móvil.

—¿Qué está pasando? —pregunté finalmente yendo directa al grano.

—¿No lo sabes? —respondió ella al instante, un tanto sorprendida—. ¿No lo has visto?

Ay, Zeus. Había algo que ver.

—No, ¿qué es? —quise saber tras tomar aire.

—Pues resulta que alguien le ha hecho una entrevista a Aegan para la sección de entretenimiento de la revista de Tagus y una de las cosas que le ha preguntado es si podía nombrar a diez chicas con las que querría salir...

Me pasó su móvil. Callada y con el corazón acelerado por un pequeñito temor a no sabía qué, vi el trozo de artículo digital de la entrevista, muy al estilo de esa revista juvenil Tú. Primero decía lo mismo que me había dicho Artie, y luego agregaba que: desde su perspectiva esas eran las chicas que Aegan elegiría para salir.

Diez números.

Diez nombres.

Diez opciones a escoger.

Y allí estaba yo:

Jude Derry.

Candidata para salir con un Cash.

No pude creerlo.

Bueno, sí podía creer que Aegan hiciera algo así, pero me quedé muy impactada de todos modos. Lo lógico habría sido que, tras mostrarle mi artículo despectivo, él me ignorara para siempre, pero no. Eso solo había sido un error más que añadir a la lista de errores cometidos por Jude con los Cash, y también un mensaje de su parte: «No se me ha olvidado ni se me olvidará lo que hiciste».

Sabía lo que significaba esa lista. Sabía lo que significaba todo. Era un inteligente contragolpe, porque así le demostraba a la gente que mi insulto no lo había intimidado y, al mismo tiempo, incluso podía hacerles creer que en privado yo me había retractado o que estaba bien con él. Ese había sido su objetivo: dejar claro que «esa chica nueva, Jude», que se había atrevido a insultarlo, no era una amenaza para él y que su reputación de chico deseable seguía intacta.

Así eran las ridículas guerras de los chicos de la élite, y yo ya estaba metida en una.

—Jude... —me dijo Artie ante mi silencio.

—¿Qué? —respondí de forma automática.

—Di algo —me pidió con inquietud—. Si te quedas callada y seria, me asustas.

Cuando la miré, me di cuenta de que me observaba con mucha preocupación.

¿Qué podía decirle? Esos días compartiendo apartamento con ella me habían permitido darme cuenta de que no era como las otras chicas, aunque se esmeraba muchísimo en serlo. En realidad, era muy buena estudiante, tenía una exagerada preferencia por los chalecos y no juzgaba a la gente al primer vistazo. Tal vez lo malo era que temía demasiado el poder de los demás, sobre todo el de los Cash, y que eso hacía que evitara ser perjudicada por ellos, pero como compañera era mejor de lo que había esperado.

El problema era que la Jude de ese momento no sabía cómo confiar en las personas. No era de las que contaban sus más pequeños secretos solo para confraternizar. Iba por la vida desconfiando mucho de todos, incluso de los que se veían confiables, así que hubo cosas sobre mí que en ese momento preferí guardarme, como por ejemplo lo que en realidad estaba sintiendo por el hecho de que Aegan estaba centrando su atención en mí. Era algo parecido al asombro, pero también al miedo.

Por supuesto, nadie debía ver ese miedo.

Recordé mi artículo y supuse que por esa razón Aegan había publicado las respuestas a la entrevista. Busqué en mi móvil el perfil de Instagram del periódico para curiosear qué había comentado la gente a lo que yo había escrito. En cuanto entré, no había tal publicación.

¡El imbécil había borrado mi artículo!

—Jude, a esto me refería cuando te dije que las cosas podían ponerse peor —dijo Artie al entender que yo no pronunciaría palabra—. ¿Por qué no me haces caso y te alejas de ellos?

De nuevo con el «aléjate», que para mí significaba «huir» y para Aegan significaba «derrotar». Era sensato, sí, pero ¡yo no quería que los Cash creyeran que me intimidaban! Solo serviría para aumentar el ridículo poder de Aegan sobre Tagus.

—¿Crees que esto me asusta, Artie? —le solté absurdamente sin poder evitarlo.

—Debería al menos preocuparte —argumentó ella.

—Los niños con hambre son un tema preocupante —dije—, no que Aegan Cash ande pensando que yo intento dañar su imagen. Eso es una tontería de niño malcriado con demasiado tiempo libre.

Artie pestañeó.

—¿Y entonces qué? —Alzó las cejas al caer en la cuenta de que yo podía hacer otra temeridad—: ¿No me digas que vas a responderle? Jude...

Le dediqué una sonrisa pequeña, de esas que no revelaban nada. Artie sabía algo. No lo olvidaba. Quizá podría llegar a averiguarlo.

—No, no lo haré —le contesté.

Una expresión de alivio se dibujó en su cara.

—Es lo más sensato —aseguró ella, un poco optimista.

Hice como que me acordaba de algo.

—Pero el dicho dice: el que busca encuentra —añadí—. Si se mete conmigo, no me quedaré callada.

La expresión de alivio de Artie se esfumó y fue remplazada por una de preocupación. Iba a decir algo, tal vez a tratar de que yo cambiara de idea, pero, en un intento de hacerla hablar, me apresuré a agregar:

—Porque, en definitiva, él tampoco puede hacerme algo realmente... grave, ¿no? —Alcé los hombros con indiferencia—. Puede destruir mi vida social, pero a mí me basta con que tú, Dash y Kiana me hablen. No tengo pensado ser la presidenta estudiantil o algo así. Así que eso no me afecta.

Detecté de nuevo esa rara inquietud en Artie, que volvía a morderse el labio inferior.

—Supongo —murmuró al desviar la mirada.

Sonreí amplio.

—Pues entonces estoy a salvo —aseguré.

Ella también se forzó a sonreírme y caminó hacia su habitación, para seguir ocupándose de sus cosas. Pero por un momento se detuvo bajo el marco de la puerta y se volvió para mirarme con lo que me pareció algo de preocupación.

—Solo intenta alejarte, y verás que se olvidará de ti y podrás tener una vida normal —me aconsejó—. Lo intentarás, ¿no?

¿Qué otra cosa le podía responder a algo tan incierto?

—Claro.





5


El catastrófico «no»




Que conste que intenté alejarme.

El problema era que el hilo negro del destino (no rojo, porque ese es el del amor) nos tenía atados a mí y a los Cash, y mientras más intentaba alejarme de ellos más alargaba algo que pronto sucedería: un choque catastrófico.

Pero me esforcé, gente, me esforcé. Hablé de ellos y evité sitios en donde sabía que estarían. A eso se había referido Artie, ¿no? De igual forma, los días siguientes transcurrieron sospechosamente tranquilos. Así descubrí que Tagus no estaba nada mal. Artie, Kiana y Dash me llevaron a algunos lugares del campus que no conocía y no le prestamos atención a los susurros o a las miradas curiosas. En ciertos momentos, ellos trataron de preguntarme sobre mi familia o de dónde venía, pero les dejé claro que prefería no hablar de eso. A ti te hablaré de eso después, cuando llegue El Momento.

En cambio, yo sí recabé información útil, porque para eso era buena.

Te lo contaré al estilo ¿sabías qué?

¿Sabías que el padre de los Cash, Adrien, donaba mucho dinero a Tagus, al igual que otras tres familias importantes del estado: los Denver, los Watson y los Santors?

¿Sabías que había todo un pasillo de trofeos en uno de los edificios y que, en su mayoría, pertenecían a algún Cash vivo o muerto?

Así que todo fue bien para mí.

Hasta que llegó el viernes.

Era el tiempo libre antes de mi última clase y estaba sentada en una de las mesas del comedor frente a Artie. Ella hablaba sobre que quería formar parte del equipo de planificación de la feria por el aniversario de los fundadores, que sería en unos meses, y yo solo escuchaba «Bla, bla, bla discurso bla, bla, bla noria bla, bla, bla puntos extras...» mientras comía mis patatas fritas. En cuanto vi por encima de su hombro lo que se avecinaba, me quedé con una patata a medio camino de la boca.

Aegan.

Avanzaba por el comedor en donde Artie me había dejado claro que él nunca ponía un pie, y lo peor fue que no fui capaz de negarme a mí misma que el muy idiota tenía estilo. Llevaba una chaqueta marrón con una camisa blanca debajo, unos tejanos y unas botas trenzadas. Un carísimo reloj adornaba su muñeca derecha y su pelo azabache lucía impecablemente despeinado.

¿De dónde rayos había sacado ese outift? ¿De Pinterest?

Lo peor era que le quedaba bien. ¿Por qué la maldad tenía que estar en el mismo pack que el atractivo? Qué injusto.

Llegó a la mesa más rápido de lo que habría deseado, y solo cuando tomó asiento junto a Artie con el aire que tendría un rey seguro de que cada centímetro de terreno que pisaba era suyo, ella notó su presencia.

—Ay, Dios, Aegan... —Se sobresaltó un poco y las gafas se le resbalaron hasta la puntita de la nariz.

Él la saludó apenas con un gesto de los dedos. Luego me observó con una mirada divertida, de guasón.

—Hace años que no entraba aquí —comentó sin tomarse la molestia de decir «hola»—. ¿Siguen sirviendo ese puré de patatas que parece cemento?

Entorné los ojos, tan desconfiada como un soldado al que acababan de obligar a sentarse frente al enemigo. ¿Por qué nos hablaba como si hubiésemos estado teniendo una conversación larga y amigable y hubiese muchísima confianza entre nosotros?

Tampoco saludé.

—¿Qué quieres? —solté sin más.

Aegan extendió las manos, fingiendo incredulidad.

—¿De esta comida? —replicó, y arrugó la nariz—. Nada, nunca me gustó.

—¿Qué haces en nuestra mesa, Aegan? —volví a preguntar, más específica.

Él pestañeó.

—¿Por qué lo preguntas así? —inquirió, fingiendo estar desconcertado—. Según sé, cualquier persona es libre de sentarse aquí.

¿Cualquier persona...? Mis ovarios.

—Pues en nuestro caso nos reservamos el derecho de admisión —dije, y también modifiqué mi voz para sonar falsamente amable.

—No puedes —aseguró moviendo negativamente la cabeza—. Además, tú te sentaste en mi mesa, yo me siento en tu mesa; no veo que haya ninguna diferencia.

—La diferencia es que tú pediste un voluntario aquella noche —le expliqué a su pequeño cerebrito—. Nosotras no hemos pedido que nadie se nos acerque.

Aegan pestañeó con falso asombro y luego se inclinó un poco hacia Artie.

—Vaya, ¿siempre es así de hostil? —le preguntó en un tono más bajo, sin dejar de observarme.

Artie no dijo nada. Estaba incómoda y atónita por la situación.

Yo aparté la bandeja para hacerle saber que había arruinado mi comida y que la seguiría arruinando con su presencia. Le dediqué una dura mirada de advertencia.

—Bueno, al tema —suspiró él, compadeciéndose de mi impaciencia—. Pasaré a recogerte esta noche a las siete.

Un momentito.

—¿Eh? —dije, con cara de estar escuchando algo rarísimo.

—Que pasaré a las siete, te informo para que estés lista —me repitió lentamente.

Me pareció que estaba escuchando una de esas bromas odiosas que solo producían molestia en vez de gracia.

—Y harás eso porque...

—Porque vamos a salir... —contestó con tranquila obviedad—. ¿Qué más necesitas saber? Cenaremos, hablaremos y luego ya veremos qué pasa.

Pestañeé, muy confundida. Incluso ladeé la cabeza como un cachorrito ante un sonido desconocido.

—¿Tú y yo vamos a salir? —repetí para comprobar si lo había entendido bien.

Él asintió.

Hice un falso mohín pensativo, entrelacé los dedos por encima de la mesa y luego lo miré todavía más confundida.

—Disculpa. —Esbocé una falsa sonrisa amable para endulzar mi siguiente pregunta con voz exageradamente suave—: ¿En qué parte de esta conversación me lo preguntaste y yo acepté? Porque no lo recuerdo.

Aegan rio sin despegar los labios, muy confiado.

—Ya me quedó claro que eso es lo que quieres, así que lo tendrás.

De acuerdo, era impresionante su nivel de seguridad. Era impresionantemente estúpido.

—¿Cuándo te quedó claro? —volví a preguntar, desconcertada—. ¿En el momento en que te dije que eras un imbécil o cuando en la partida de póquer me levanté de la silla y me fui para no seguir viendo tu cara de idiota?

—Cuando te sentaste en esa mesa y me retaste —puntualizó, ahora con los ojos entornados—. Querías mi atención, ¿no? Pues la tienes.

No podía creérmelo. Internamente, me dio la risa. Por fuera, solo podía tener cara de «¿en serio?». «¡¿Es en serio lo que sale de su insoportable boca?!»

—¿Me estás diciendo que prefieres ver lo que sucedió la noche de los juegos como un grito de atención antes de lo que en realidad fue? —solté.

Aegan elevó las cejas, dando a entender que aquello le parecía divertido.

—¿Y qué fue en realidad?

—Una demostración de que no puedes ganar siempre —aclaré, seria.

Él ensanchó la sonrisa. Unas hendiduras aparecieron alrededor de sus comisuras. Tenía una boca ancha, masculina y maliciosa que me recordó a la del actor Michael Fassbender, solo que Fassbender era todo lo que estaba bien en la vida y Aegan todo lo que estaba mal.

—Sea como sea, nos vemos a las siete —se limitó a decir, poniendo el punto final.

Dio un golpecito a la mesa con los nudillos y se levantó dispuesto a irse.

Pero entonces yo solté, fuerte y claro:

—No.

Aegan se detuvo y se giró de nuevo hacia la mesa. Sus espesas cejas se hundieron, aún con la sonrisa de ganador estampada en la cara.

—¿Qué? —me preguntó como si hubiera escuchado un chiste sin sentido.

Di el mismo golpecito que él había dado sobre la mesa y me puse de pie para encararlo. Frente a frente, yo era varios centímetros más baja, sin embargo, pude sostenerle muy bien la mirada.

—Que no voy a salir contigo porque no quiero hacerlo —repetí con una firmeza decisiva.

Y varios me escucharon. De repente sentí muchas miradas sobre mí, pesadas, curiosas, críticas, pero no miré alrededor y no les hice caso. Me mantuve concentrada en los grises, burlones y chispeantes ojos de Aegan para darle peso a mis palabras, para que entendiera que lo había dicho muy en serio.

Lo entendió.

Sus comisuras perdieron fuerza de la misma manera que la noche de los juegos, y su expresión pasó a ser seria, casi severa.

Al ver eso, le regalé una sonrisa triunfal y le palmeé con suavidad el hombro.

—Mejor prueba con las otras nueve de tu lista.

Tomé mi mochila, mi bandeja y avancé por el pasillo del comedor sin mirar atrás. Llegué hasta el fondo, vacié la bandeja, la dejé allí y atravesé las puertas en una salida que no supe si se había visto triunfal, pero que yo sí sentí que lo era.

Me uní al flujo de estudiantes en el pasillo principal. Caminaba, pero ni siquiera sentía las piernas. Ni siquiera me di cuenta de que Artie me había seguido hasta que apareció a mi lado, jadeante por haber venido corriendo.

—¡Jude, tienes los ovarios de titanio! —exclamó, tratando de seguirme el paso, hablar y respirar, todo al mismo tiempo—. ¡Lo dejaste como culo en agua!

—¿Como qué? —pregunté, riendo nerviosamente por esa comparación—. ¿Qué significa eso?

—Sorprendido, ahogado, en shock, sin saber qué decir —aclaró, y al instante le restó importancia—. La cuestión es que ha sido épico que lo rechazaras, aunque es obvio que, en cuanto otra chica le diga que sí, todo se le olvidará.

Cierto, había dejado a Aegan sin palabras, pero eso equivalía a hacerle un mal corte de cabello. Al final no pasaría nada. Se iba a sentir avergonzado y enojado un rato, pero luego el cabello le crecería y el corte no sería más que un chistoso recuerdo que poco a poco olvidaría.

—Lo he hecho sin pensar —confesé—. Solo quería partirle la nariz.

—Bueno, no importa —suspiró ella—. Basta con que al menos una vez en su vida una chica lo haya puesto en su lugar. Te aseguro que nadie olvidará lo que has hecho.

Por supuesto que no. En Tagus no se olvidaba nada.

Excepto lo que era conveniente olvidar.

Artie me invitó a tomar uno de esos raros batidos saludables para relajarme en su lugar favorito: Bat-Fit, uno de esos sitios para la gente que quería atrasar el proceso natural de la muerte y que iba al gimnasio. ¡¿Es que ya nadie invitaba a café tras sucesos dramáticos y estresantes?!

Aunque el lugar no estaba mal. Tenía un montón de ventanales y las mesas estaban al aire libre rodeadas por un jardín. Obviamente, todo era ecológico, hasta el papel higiénico en los baños. En una de esas mesas estaban Dash y Kiana, así que fuimos directas a sentarnos con ellos. Al hacerlo puse el culo con fuerza contra la silla y solté bastante aire.

—Uh, percibo un aura de enfado por aquí —comentó Kiana al tiempo que se llevaba un vaso ecológico a los labios.

—Siento que podría arrancar la Estatua de la Libertad de su sitio y plantarla en Tombuctú —dije entre dientes. Tiré mi mochila al suelo junto a mí.

Trataba de reprimir el enojo que me había provocado Aegan, pero sentía que todavía me salía un poco por los poros. Ese descaro al decir que yo quería su atención era lo que más me hacía hervir la sangre.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Kiana, entendiendo que mi molestia era seria y tenía causa.

No quería contárselo, así que intenté cambiar de tema.

—¿De qué es esa llave? —le pregunté, y señalé la llave plateada y grande que le colgaba en un collar a juego con su ropa. Era un poco rara, no tenía la forma de una llave normal.

—Es mi llave maestra de salas de Tagus —dijo sin darle importancia—. Me la dieron por ser líder del club de pintura. Pero, en serio, ¿ha pasado algo?

Artie lo anunció finalmente, incapaz de aguantarse:

—Ay, sí, es que Aegan ha invitado a salir a Jude hace unos veinte minutos.

Kiana y Dash se quedaron en shock. Sus vasos ecológicos se detuvieron a medio camino de sus bocas. Casi pestañearon al mismo tiempo. Nos miraron alternativamente a Artie y a mí, esperando que alguna desmintiera eso. Luego comprendieron que era cierto.

—¿Qué? —escupió Dash, impactado—. ¡¿Y qué dijiste?!

—Que no —contesté con obviedad.

Volvieron a quedarse atónitos. Se miraron las caras y luego me miraron a mí. Su reacción me hizo entender que mi «no» había sido casi una proeza, algo extraordinario.

—Pero ¡mujer, ¿de qué [...] tú?! mujer!, ¿de qué planeta revolucionario has salido tú? —exclamó Dash, entre fascinado y estupefacto.

—Admito que no me lo esperaba —confesó Artie, aún impactada también—. Creí que Aegan haría cualquier cosa menos esto.

Dash resopló como si ella no supiera nada de la vida. O del trío de hermanos.

—Pues por esa razón lo hizo —aseguró—, porque esperábamos lo peor, no que la invitara a salir. Ha cambiado totalmente de táctica.

Una chica con un uniforme de pantalón y blusa blanca con el sello de Bat-Fit llegó a la mesa en ese instante. Nos miró con cara rara, tal vez porque había escuchado algo, pero se apresuró a parecer servicial y nos preguntó qué queríamos tomar. Artie pidió dos batidos de proteína y chocolate, y la camarera se alejó, aunque echó un rápido vistazo hacia atrás, dando la impresión de querer quedarse cerca para enterarse de lo que sucedía entre nosotros.

Lo que me habían contado sobre ese pobre chico llamado Pierre y los alumnos acribillándolo a preguntas en el debate me había hecho pensar en una teoría conspirativa. ¿Y si Aegan tenía espías y servidores en todo Tagus? ¿Y si los chicos y chicas, además de ser sus seguidores, también funcionaban como sus sirvientes? Él tenía todas las posibilidades de darles algo muy bueno a cambio...

Debíamos hablar más bajo. Iba a proponerlo cuando noté que Kiana se había puesto las manos sobre la boca y que sus ojos estaban abiertos como platos como quien acababa de tener una gran revelación. Me miraba, pero al mismo tiempo no.

—¿Qué pasa? —le pregunté, ceñuda—. ¿Se te ha congelado el cerebro con el batido?

Ella volvió en sí y paseó su mirada por todos nosotros, repentinamente acelerada.

—Rápido, nombren a una sola chica que haya aceptado ser novia de Aegan sin querer serlo —nos pidió.

Dash pestañeó sin ninguna respuesta. Artie negó en silencio, sin dar tampoco ningún nombre.

—No hay, no existe —dijo Dash.

—¿Y alguna chica con la que haya durado menos o más de los noventa días de marras? —preguntó Kiana, imparable.

Dash hizo un mohín pensativo, abrió la boca para soltar un nombre, pero luego la cerró, descartándolo. Volvió a abrir la boca con otra idea, pero al final no le pareció buena. Acabó negando con la cabeza.

—Tampoco la hay.

Kiana asintió y extendió las manos con obviedad, como si acabara de darnos la clave de algo, pero pusimos cara de no pillarlo. Más paciencia con los lentos, por favor.

—Esto jamás ha pasado porque es Aegan quien suele terminar el día exacto las relaciones con las chicas con las