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Como El Fuego

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En ocasiones, la vida te quema en las manos. Andrea nunca sabe qué le apetece más, si besar a Tanner o atizarle un puñetazo. Tanner es un chico guapísimo, de mirada soñolienta y cuerpazo de bombero, pero también un ligón de marca mayor. Cuando están juntos, no pueden pasar más de cinco minutos sin discutir. Hasta ahora. Tanner sabe que Andrea y él mantienen una tempestuosa relación de amor/odio desde el instante en que cruzaron las miradas, pero le gustaría dejar el odio a un lado para concentrarse en el amor. La desea. Hoy. Mañana. Pero cuanto más la conoce, más se da cuenta de que Andrea tiene un problema. La chica se tambalea al borde del abismo, y cada vez que intenta aferrarla ella resbala entre sus dedos. Andrea ha perdido el control de su vida, y Tanner no puede hacer nada por rescatarla. Cuando todo se desmorone y ella se precipite a un pozo sin fondo, solo ella podrá rescatarse a sí misma. A veces la vida te obliga a trabajar duro para que la historia tenga un final feliz.
Categories:
Volume:
2
Year:
2018
Edition:
Primera
Publisher:
URANO PUB Incorporated
Language:
spanish
Pages:
256
ISBN 13:
9788416327607
ISBN:
52192
Series:
Frigid
File:
EPUB, 294 KB
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4 comments
 
stfuty
me lo recomendaron en tiktok y perdón pero es muy malo, me dijeron que era enemies to lovers y ya segundo capitulo y se gustan osea ???? y el odio?? en fin, no fue lo que esperaba
22 June 2021 (04:36) 
Kirigirluvu
LO mejor que e leido JHSOADHKSHDLJSH
11 August 2021 (22:57) 
anna
entonces ya mejor no lo leo, si la critica es tan mala.
28 August 2021 (00:10) 
Sophia
I want it in English
23 November 2021 (22:50) 

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1

Una noche. Traicionada

Year:
2014
Language:
spanish
File:
PDF, 2.24 MB
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2

El hogar de niñas indeseadas

Year:
2019
Language:
spanish
File:
EPUB, 538 KB
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En ocasiones, la vida te quema en las manos.

Andrea nunca sabe qué le apetece más, si besar a Tanner o atizarle un puñetazo. Tanner es un chico guapísimo, de mirada soñolienta y cuerpazo de bombero, pero también un ligón de marca mayor. Cuando están juntos, no pueden pasar más de cinco minutos sin discutir. Hasta ahora. Tanner sabe que Andrea y él mantienen una tempestuosa relación de amor/odio desde el instante en que cruzaron las miradas, pero le gustaría dejar el odio a un lado para concentrarse en el amor. La desea. Hoy. Mañana. Pero cuanto más la conoce, más se da cuenta de que Andrea tiene un problema. La chica se tambalea al borde del abismo, y cada vez que intenta aferrarla ella resbala entre sus dedos.

Andrea ha perdido el control de su vida, y Tanner no puede hacer nada por rescatarla. Cuando todo se desmorone y ella se precipite a un pozo sin fondo, solo ella podrá rescatarse a sí misma. A veces la vida te obliga a trabajar duro para que la historia tenga un final feliz.





Jennifer L. Armentrout





Como el fuego


Hielo: 2



ePub r1.0

Titivillus 18-11-2019





Título original: Scorched

Jennifer L. Armentrout, 2019

Traducción: Victoria Simó Perales



Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1





Este libro es para ti, lector, que has hecho posible esta historia, y para cualquiera que haya superado los momentos más oscuros de la vida.





1


Andrea

No creo que nunca en la vida hubiera accedido tomar parte en una tontería tan grande. Y, en mi caso, definirlo como una tontería implica que había consentido en participar en algo verdaderamente insensato, porque había hecho montones de cosas estúpidas en los veintidós años que llevaba deambulando por el planeta Tierra. No lo digo por decir.

A la avanzada edad de seis años, nada menos, hundí un tenedor en la tostadora de mi abuelo para extraer el gofre de manzana que se había quedado atascado, aunque estoy segura de que ya entonces sabía que no era buena idea. El incidente se saldó con un viaje a urgencias y el pobre hombre al borde de;  un infarto. Después de ese día, se negó a cuidar de mí. Luego, a los diez años, me dejé convencer por mi hermano, Broderick —apenas un año mayor que yo— de que saltar del tejado del porche a la piscina sería genial y nada peligroso en absoluto. La ocurrencia también acabó en urgencias, yo con una pierna rota y él castigado todo el verano.

Mis fechoría no siempre desembocaban en el hospital, aunque no por eso eran menos idiotas. A los catorce se me ocurrió que podría dar la vuelta a la manzana en el coche de mis padres sin que se dieran cuenta. Por desgracia, con la emoción de la travesura, olvidé accionar el mando de la puerta del garaje y acabé por atravesarla sin más.

En un flamante Mercedes Benz recién comprado.

Más tarde estuve saliendo con Jonah Banks, el quarterback estrella del instituto, y si bien soy consciente de que la decisión no suena mal a priori, resulta que el chico en cuestión estaba convencido —y seguramente todavía lo está— de que el sol gira alrededor de la Tierra. Y, como todo el mundo había empezado a hacerlo por aquel entonces, le entregué mi virginidad, y al momento deseé que el maldito himen volviera a su lugar, porque el rato que pasé sudando y forcejeando en la parte trasera de su camioneta no me compensó en absoluto el dolor y la confusión.

También empezaba a pensar que la idea de dejar la carrera de medicina para pasarme a educación, a principios de este curso, no había sido la más inteligente del mundo porque, jopeta, me iba a pasar la vida en la universidad, y para cuando me graduase estaría tan endeudada que la caja de ahorros sería la madrina de mis hijos, si los tenía. Eso sin mencionar que mis padres todavía se estaban recuperando de mis últimas decisiones, que no aplaudían precisamente. Son médicos, muy conocidos, y Brody se había matriculado en medicina también, encantado de perpetuar la tradición familiar como el buen hijo que era.

Sin embargo, ser médico…, bueno, era el deseo de mis padres, no el mío. La decisión de Kyler, el novio de mi mejor amiga, de cambiar de estudios el año anterior me había prestado el valor que necesitaba para hacer lo propio. Aunque no se lo había confesado. Ni lo había reconocido ante nadie.

Sea como sea, una de las decisiones más recientes e idiotas que había tomado hasta la fecha, y seguramente la más dolorosa, fue la de sucumbir a los encantos de Tanner Hammond. Porque sabía perfectamente dónde me estaba metiendo. Desde el primer momento supe quién era Tanner: un encantador de serpientes. Al fin y al cabo, me había criado con un hermano que cambiaba de novia como quien cambia de zapatos. Tanner iba del mismo palo.

Cretino.

Y sin embargo estaba a punto de tomar otra pésima decisión, porque, al mirar los brillantes ojos azules de Sydney Bell, supe que no podría negarme a la petición de mi mejor amiga.

Bueno, podía negarme. Le había dicho que no muchas veces, pero no podría en esas circunstancias, porque negarme implicaría quedarme sola en la ciudad, y nada me pone más frenética que estar… pues eso, sola.

—Por favor —me suplicó. Uniendo sus minúsculas manos, pegó un saltito que hizo oscilar su cola de caballo negra. Toda Syd era pequeñita. A su lado, me sentía como Bigfoot; un monstruo enorme y pelirrojo—. Venga. Será divertidísimo. Te lo juro. Y no vamos a tener más ocasiones de hacer algo juntas. El verano casi ha terminado. Kyler empezará las prácticas de veterinario. Y yo estaré todo el tiempo estudiando para el máster.

Y yo, mientras tanto, estaría matando el tiempo, sin oficio ni beneficio, asistiendo a clases de grado como la fracasada que era.

Me desplomé en la cama del apartamento que desde hacía poco mi amiga compartía con Kyler e intenté no pensar en todas las indecencias que el lecho en cuestión habría presenciado. Ni en el hecho de que todos mis amigos tenían pareja, o estudiaban másteres o postgrados, o ya trabajaban, mientras que yo… seguía en el mismo sitio.

Atascada.

Por más que cambiara de idea una y otra vez en relación con, bueno, todo, seguía atascada.

—Pero me estás hablando de una cabaña en el bosque en Virginia oeste —objeté, según intentaba ahuyentar los inquietantes pensamientos que me asediaban antes de que se convirtieran en algo que no pudiera ignorar—. Así empiezan todas las películas de terror que incluyen caníbales.

Syd me fulminó con la mirada.

—No te importó pasar unos días en la cabaña de Snowshoe.

—Porque está en un pueblo turístico, y esta, por lo que decís, debe de estar en mitad de la montaña —alegué—. Además, ¿quieres que te recuerde lo que pasó la última vez que fuiste a Snowshoe? Os quedasteis atrapados por la nieve y un loco os atacó.

—Eso fue un hecho aislado —insistió ella a la vez que agitaba la mano con un gesto desdeñoso. Había tardado mucho en ser capaz de referirse al incidente con tanta indiferencia, pero no se me escapaba que, para este viaje, habían alquilado una cabaña distinta en lugar de volver a la casa que poseía la familia de Kyler. Sinceramente, no creía que Syd regresase jamás a esa cabaña—. Y la casa que Kyler y yo hemos alquilado está cerca de Seneca Rocks. Es una zona civilizada. No te vas a topar con el chupacabras ni con un puñado de extraterrestres.

Resoplé como un cerdito.

—Me preocupan más los paletos de seis dedos.

Mi amiga se cruzó de brazos con aire exasperado.

—Andrea…

Suspirando, puse los ojos en blanco con expresión de paciencia infinita.

—Vale, ya sé que no hay paletos de seis dedos por allí.

A decir verdad, había estado varias veces en Virginia oeste. Me parecía una zona preciosa.

—La cabaña tiene de todo, y es la caña. Hay seis dormitorios, jacuzzi y piscina. Es enorme. —Se acercó al tocador de cerezo y empezó a ordenar por colores las pulseras desperdigadas por la superficie. Menuda maniática—. Será lo mismo que pasar una semana en el paraíso.

Levanté una ceja. Lo dudaba mucho. En mi opinión, el paraíso se parece más a tenderse al sol en una isla del Caribe con una margarita del tamaño de un bebé en la mano, pero oye, ¿qué sé yo?

—Y la casa es tan grande que ni siquiera sabrás que Tanner está allí —añadió, al mismo tiempo que me lanzaba una sonrisilla por encima del hombro—. Si tú quieres. No estás obligada a pasar de él, ya lo sabes.

—¿Y por qué has tenido que invitarlo?

Necesitaba moverme, así que me levanté como accionada por un resorte y pasé junto a ella a toda prisa de camino al cuarto de baño. Un cuarto de baño ordenado hasta extremos absurdos, con sus alfombrillas color azul marino y la cubierta de la tapa del retrete a juego. Bah. Parejas. Me apoyé en el lavamanos y me miré al espejo. Puaj. El lápiz de ojos se me estaba emborronando por las mejillas. ¿Por qué Syd no lo había mencionado?

—Yo no lo he invitado. —La voz de mi amiga se dejó oír en el dormitorio—. Kyler lo hizo. ¿Y por qué te molesta? Pensaba que ahora hacíais buenas migas.

Me retiré los restos de maquillaje con los dedos y apoyé las manos en el frío borde de la pila de porcelana a la vez que lanzaba un suspiro.

—Solo porque ahora mismo estemos de buenas no significa que vayamos a llevarnos bien mañana o dentro de una semana. Nos va a días.

No hubo respuesta procedente del dormitorio.

Me puse de puntillas, observé mi rostro en el espejo y maldije entre dientes. ¿Me estaba saliendo un grano en la barbilla? Y enorme, para colmo. Hice un mohín. ¿Cuándo superaría la fase de los granos?

—¿Y por qué lo ha invitado Kyler? Estar con Tanner es tan divertido como depilarse las cejas. Y hablando de cejas… —Despegué la vista del espejo frunciendo la nariz—. Las mías parecen orugas, Syd. Unas orugas peludas y tupidas.

Syd carraspeó.

—Esto, Andrea…

—No, mejor dicho. —Devolviendo los talones desnudos al suelo, me pasé las manos por los bucles, que me llegaban a la altura del hombro. Mi pelo es castaño oscuro con luz normal, pero el sol le arranca intensos reflejos rojizos. Syd opinaba que me parecía a Annie la huerfanita, la de las películas antiguas, porque también tengo pecas a juego—. Arrancarse los pelos de la barbilla sería más interesante que pasar una semana con Tanner. ¿Y por qué nos salen pelos en la barbilla? No contestes. Seguro que puedes darme una explicación lógica, y ahora mismo no estoy para razonamientos lógicos.

—Andrea…

—El caso es que arrancarme vello corporal sería menos doloroso. Señor. —Sí. Me estaba rayando, como me pasaba siempre que pensaba en Tanner—. ¿Sabes lo que me dijo ese idiota cuando Kyler y tú me dejasteis tirada en el parque la noche de los fuegos artificiales? Y sé perfectamente lo que hacíais detrás de los árboles. Degenerados —proseguí, según la rabia volvía a apoderarse de mí al recordar el reproche de Tanner—. Me dijo que bebo demasiado. Y me lo soltó con una cerveza en la mano. ¿Cómo se puede ser tan hipócrita? Además, tengo que beber si no quiero pegarle una patada en las pelotas.

—Gracias.

Me crispé y abrí los ojos de par en par al reconocer una voz demasiado profunda como para pertenecer a Syd, a menos que mi amiga me hubiera ocultado un secreto descomunal. Colorada como un tomate, me volví hacia la puerta abierta del baño.

Era la voz de Kyler, y si él estaba en casa, había muchas probabilidades de que hubiera alguien más.

Ay, la madre.

Con la cara ardiendo y seguramente tan colorada como el pelo, me planteé por un momento si esconderme detrás de la cortina de la ducha, pero habría sido de cobardes y una actitud un tanto extraña. Salí del baño, y de inmediato descubrí que acababa de meter la pata hasta el fondo.

En el dormitorio, Kyler Quinn rodeaba con un musculoso brazo los delgados hombros de Syd. Ella parecía congestionada, de lo que deduje que la había saludado efusivamente con manos y boca. Era el típico chico multitarea. En ese momento me sonreía como un gato que acaba de zamparse una caja llena de ratones. Kyler era el típico tío bueno. Con su desordenada melenita castaña y su sonrisa a lo príncipe azul, ofrecía la pareja perfecta para Sydney, que recordaba a una Blancanieves de carne y hueso.

¿Sydney y Kyler? Ugh, solo de mirarlos me entraban ganas de vomitar arcoíris sacados de Mi Pequeño Pony.

Su historia parecía un cuento de hadas de principio a fin, el sueño de cualquier niña hecho realidad. Una historia con la que yo, patética como soy, seguía soñando.

Habían crecido juntos, eran amigos íntimos de toda la vida y siempre habían estado enamorados sin que el otro lo supiera. El año pasado, estando aislados por la nieve en la cabaña de Snowshoe, por fin se habían confesado lo que sentían. Llevaban juntos desde entonces y, si bien envidiaba en parte su amor mutuo, me alegraba sinceramente por ellos. Se merecían un final feliz.

El pene andante que se apoyaba contra la jamba de la puerta. Eso es harina de otro costal.

Posé la mirada en Tanner Hammond. Él no era guapo. Oh, no. Guapo no alcanza para describir el metro noventa y tres de atractivo puro y duro que emanaban los brazos bien torneados, la tableta de chocolate de su abdomen y el ancho pecho que se gastaba, además de las estrechas caderas y un culo capaz de obsesionarte varios días. Tenía los ojos de un azul cristalino, verdaderamente adormilados, siempre entrecerrados, soñolientos y sensuales. Los rasgos de su cara creaban un conjunto casi perfecto con esos pómulos marcados, el labio inferior apenas más prominente que el superior, la nariz un poquitín torcida a causa de una fractura sufrida mucho antes de que yo lo conociera.

Por lo general me gustan los chicos con un poco más de pelo, pero él llevaba como nadie el estilo mohicano, rapado por los lados y muy corto por la parte superior. Una vez, estando…, bueno, bebida, se me ocurrió la genial idea de pasarle la palma de la mano por la cabeza. Fue otra de mis tonterías, pero por poco me da un ataque al notar el cosquilleo suave de su pelo contra mi piel.

Qué gustazo.

Vi a Tanner por primera vez en la atestada clase de Introducción a la literatura inglesa y aluciné tanto que la lengua prácticamente se me cayó de la boca. Él, como es natural, ni siquiera se fijó en mí. Demonios, Kyler y Syd pensaban que solo hacía un par de años que nos conocíamos. No era verdad. Conocía a Tanner desde primero. Ese curso compartíamos dos asignaturas, y hacia el final del segundo semestre estaba loca por él. Completamente pillada.

Tanner enarcó una ceja.

—Me reafirmo. Bebes demasiado.

Apreté los puños al mismo tiempo que tomaba aire con rapidez, casi con dolor.

—Nadie te ha preguntado, doctor Phil.

—Yo solo digo que te he visto vomitar más veces que si hubiera pasado un año en urgencias —replicó con sorna.

Noté un latido en la sien. Mientras tanto, Kyler trataba de ocultar, sin éxito, la sonrisa de su rostro.

—Ah, ya. Más o menos tantas veces como rollos casuales has tenido esta semana.

Esbozó una sonrisa de medio lado; una de esas sonrisas que serían sexys de la muerte de no ser por las ganas que tenía de abofetearlo.

—Seguramente. No, espera. Creo que yo te gano, si contamos todos los rollos casuales.

—Vale ya… —murmuró Syd.

Se me crisparon los hombros según me preparaba para la batalla verbal, asalto cinco millones.

—Pues habrás pillado clamidia y gonorrea en un solo fin de semana, ¿no?

Encogió un hombro a la vez que me miraba con indiferencia.

—Es probable… Tanto como que tú hayas vomitado encima de tu ligue de turno.

Noté un cosquilleo en las mejillas. Me sucedió. Una vez. No fue divertido.

—Pues a ver qué te parece esto. ¿Por qué no te vas a tomar…?

Tanner se apartó de la pared para mirar a Kyler y a Syd.

—¿Ella también va a la cabaña? Porque, en ese caso, tendré que llevarme un equipo anticontaminación.

Estaba a punto de atizarle. En serio. De estamparle el puño en el plexo solar justo cuando fuese a tomar aire.

Haciendo esfuerzos por mantenerse impertérrita, Syd se volvió hacia mí.

—No lo sé. Intentaba convencerla momentos antes de que llegaseis, pero ahora me parece que me he esforzado para nada.

Miró a Tanner con expresión funesta.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Por mí… —Plantó la mano en el hombro de Kyler y echó a andar hacia el recibidor—. Estaba pensando en invitar a Brooke.

Abrí la boca hasta el suelo. ¿Brooke Page? ¿La rubia y pechugona Brooke Page, que necesitaba una calculadora para contar hasta cien?

—No vas a invitar a Brooke —replicó Syd con un suspiro.

Tanner soltó una risita.

—¿Y a Mandie?

La risita brotó ahora de Kyler.

Puse los ojos en blanco de puro aburrimiento. Tanner estaba haciendo el payaso.

—Tienes un gusto exquisito para las mujeres, ¿eh?

Mirándome por encima del hombro, me hizo un guiño.

—Al menos no son pijas consentidas a las que nunca les saldrían las cuentas si su papá no las ayudase.

—¡Yo no soy una pija consentida! —grité, y Syd, de repente, vio algo interesante en el techo. Vale. Mis padres, ambos cirujanos plásticos de renombre, estaban bien situados. ¿Mi apartamento? Pagado por papi y mami. Al igual que casi todo lo que contenía, y el coche que conducía; un Lexus viejo; pero solo porque tuviera dinero no significaba que fuera una consentida. Mis padres nunca se cortaban a la hora de recordarme lo mucho que gastaban y lo deprisa que podían cerrar el grifo. Además, me obligaban a pagar la matrícula, ahora que había cambiado de grado, y ya había acumulado un montón de préstamos.

—Y no tengo ningún problema para cuadrar cuentas, a diferencia de Mandie y Brooke.

—Si tú lo dices —replicó Tanner, a la vez que echaba a andar hacia el recibidor.

Lo seguí, haciendo caso omiso del resoplido exasperado de Syd.

—¿Qué pasa? ¿No te apetece que vaya a la cabaña, Tanner?

—¿De verdad quieres que conteste a esa pregunta, Andy? —Se encaminó hacia la cocina.

Apreté los dientes. Odiaba ese apodo. Me hacía sentir como un tiarrón de anchos hombros… y la verdad es que mis hombros son un tanto masculinos. Antes de que pudiera responder, Tanner dijo:

—Es viernes por la noche. ¿A qué esperas para agarrar una curda?

—Ja, ja, ja.

En realidad, cualquier otro viernes ya estaría entonada, pero Syd se quedaba en casa con Kyler y el resto de nuestros amigos se había marchado.

No puedo ir a la cabaña.

En el instante en que acabé de formular este pensamiento, el terror me retorció las tripas y me secó la boca. Si no iba, tendría que quedarme allí. Sola. Y si me quedaba sola, me limitaría a dormir y… a ser patética, y si no dormía me pasaría todo el tiempo pensando.

En mi caso, pensar no implicaba nada bueno.

Tendría que ir a la cabaña.

Me detuve a la entrada de la cocina y volví la vista hacia el pasillo, donde se habían detenido Kyler y Syd.

—¿Cuándo tenéis pensado ir a la cabaña?

—La semana que viene. —Syd apareció a mi lado con el pelo revuelto y la coleta deshecha. Dios mío. Kyler no perdía comba y se daba prisa—. Saldremos el lunes por la mañana.

—Hum. —Me volví hacia Tanner y sonreí con dulzura—. Bueno, como soy una pija consentida, no tendré que pedir permiso en el trabajo. La semana que viene estoy libre.

Tanner extrajo una cerveza de la nevera. Tras desenroscar la chapa, me dedicó un brindis. Hilillos de aire frío flotaron desde el cuello de la botella.

—Bueno, como yo no tengo problemas con la bebida, me tomaré una.

—Yo no tengo problemas con la bebida, idiota.

Bebió un trago largo y lento, directamente de la botella, con la cadera apoyada contra la encimera. La sonrisa de medio lado regresó en todo su esplendor.

—¿Sabes qué? Dicen que el primer paso para recuperarse es reconocer que tienes un problema.

Inspiré de nuevo a toda prisa y de nuevo noté el calorcillo extenderse por mi rostro. Tanner y yo siempre nos estábamos fastidiando, eso estaba claro, pero ahora, no sé por qué, el nudo que tenía en la garganta se rompió y me ardieron los ojos según lo veía tomar otro trago. Una sensación de bochorno se instaló en mi estómago y creció hasta convertirse en un árbol que solo daba fruta podrida.

Yo no tenía problemas con la bebida.

Tanner bajó la botella y, en el instante en que nuestras miradas se encontraron, la sonrisa abandonó despacio su deslumbrante rostro. Frunció el ceño a la vez que despegaba los labios, pero yo me volví a toda prisa hacia Sidney. Con voz vergonzosamente ronca, le dije:

—Cuenta conmigo.



* * *



Tanner

Ay, mierda.

Me quedé mirando cómo Andrea entraba en el salón y advertí que no se contoneaba como de costumbre. Nadie menea el trasero como Andrea, y la ausencia del contoneo fue de lo más elocuente. Habíamos llevado demasiado lejos lo que fuera que hiciéramos cada vez que coincidíamos. Estaba claro que alguno de mis comentarios la había lastimado, pero, mierda, no me había pasado más que otras veces.

Mi mano se crispó en el cuello de la botella. Por mi vida que no entendía de qué leches iba Andrea Walters. En serio. Ni puñetera idea. Esos morritos sonrosados tan pronto pronunciaban palabras dulces y melosas como vomitaban fuego igual que un dragón infernal. Un dragón despampanante, pero y qué. Tenía un humor más cambiante que un «litro» en un botellón.

¿Porque era pelirroja, quizás?

Sonreí con sorna.

Siempre me había tratado igual, y lo peor es que yo, en parte, aguardaba con emoción las pullas que salían de su boca. Qué retorcido. Era una especie de juego que nos gastábamos, averiguar quién podía golpear más fuerte sin mover ni un dedo. Cuando menos, era la mar de entretenido; o lo había sido hasta ahora. Ya no estaba tan seguro.

Esos preciosos ojos de corderito que tenía se habían empañado sospechosamente antes de que desviara la vista y, lo reconozco…, me supo mal.

Kyler me lanzó una mirada cuando pasó por mi lado para echar mano de una cerveza, pero yo seguía mirando a Andrea, que estaba sentada al borde del sofá en una postura rígida y poco natural.

Sydney se sentó en el reposabrazos.

—Pensábamos marcharnos de madrugada, hacia las seis.

Eché un vistazo rápido a Andrea, pensando que protestaría en broma ante la idea de madrugar, pero guardaba un silencio nada habitual en ella. Mis músculos se crisparon.

—La idea es llegar a la cabaña entre las nueve y las diez de la mañana, dependiendo del tráfico. —Kyler se sentó a mi lado y desenroscó la chapa—. Y volver el lunes siguiente.

—Por mí, bien.

No despegué los ojos de Andrea, que intentaba ajustarse la tira de una sandalia.

Sydney me miró y esbozó una leve sonrisa.

—¿Ya has avisado a tus jefes?

Asentí. Kyler había mencionado semanas atrás que quería pasar unos días en la montaña antes de que empezaran las clases, y yo había pedido unos días libres en el cuerpo de bomberos. Tuve que hacer un montón de turnos dobles, pero no me importó. Para empezar, la diferencia con los turnos de doce horas que solíamos hacer no era tan grande. Además, pensaba quedarme allí únicamente hasta febrero del año siguiente, cuando entrara en la academia. Conste que no tenía prisa por dejar el cuerpo, pero llevo la policía en la sangre. Con la diferencia de que yo quería ser un buen poli. Seguramente seguiría colaborando como bombero voluntario una vez que supiera el horario de la escuela de policía.

—Sería mejor que fuéramos todos en un solo coche. —Sydney jugueteó con un mechón de su cabello—. Kyler y yo os pasaremos a buscar.

Andrea giró el cuerpo hacia Sydney y empezó a poner pegas a la idea de viajar en un solo coche. Yo desconecté mientras la miraba. La botella de cerveza me colgaba de la punta de los dedos.

Maldición…, qué mona era. No, era mucho más que mona, y conste que ya me había fijado otras veces. Desde el primer día que la vi en un bar, con Sydney, había logrado algo más que despertar mi interés. Caray, cualquiera que tuviera ojos en la cara podía darse cuenta de que era un pibón. Labios carnosos. Pómulos pecosos y pestañas largas y oscuras. Pensándolo bien, me recordaba a una chica que me gustaba en los primeros cursos de secundaria. Jo, no recordaba su nombre, pero tenía pecas y era pelirroja. Yo siempre le estiraba las trenzas o la hacía rabiar de algún modo. Mis labios esbozaron una pequeña sonrisa mientras me llevaba la botella a la boca. Andrea, por su parte, era pura dinamita, para nada la clase de chica que se deja dominar fácilmente.

Demonios, no era la clase de chica que querrías dominar.

Yo sabía que ligaba mucho, pero las historias no le duraban. No abundaban los chicos que supieran manejarla. No conocía a ninguno que fuera capaz de hacerlo. Bueno, sin contarme a mí. Yo podría manejarla, si quisiera.

No lo hice en aquel entonces, cuando nos conocimos. Las relaciones no eran lo mío, pero la vida acaba por cambiarte y apaciguarte. Ya no me interesaban los rollos casuales, aunque Andrea siguiera pensando que mi dormitorio estaba tan concurrido como una estación de metro. Mierda. Hacía meses que no llevaba a nadie a mi cuarto ni me despertaba en otra cama.

La noche que conocí a Andrea supe al momento que no reaccionaría a mis encantos como la mayoría de las chicas. Le tiré los tejos, deseoso de divertirme con ella, pero ella me miró fijamente a los ojos, se rio en mi cara y me dijo que siguiera soñando.

Como es lógico, tras eso la deseé aún más.

Al principio me motivaba sobre todo el desafío, pero luego comprendí que no se estaba haciendo la interesante conmigo. Mi atracción hacia ella no había menguado con el paso de los meses; sin embargo, la mayor parte del tiempo me costaba adivinar qué sentía ella al respecto.

Supongo que Andrea había recuperado el sentido común en algún momento, porque ahora estaba de pie y se recogía un precioso bucle detrás de la oreja.

—Bueno, me marcho. —Sus maravillosos ojos castaños se posaron un instante en los míos antes de seguir avanzando, y vaya si no tenía la mirada triste. Herida. Rodeó el sofá para echar mano de un bolso del tamaño de un coche pequeño que descansaba en una silla, junto a la entrada—. Ya sabéis, de vuelta a mi apartamento pijo que me paga mi fideicomiso y a emborracharme hasta echar la pota por todos mis bolsos Louis Vuitton.

Enarqué las cejas y, no sé por qué, me abstuve de replicar. No dije ni una palabra mientras ella se despedía de Kyler y de Sydney y se marchaba. Y tal vez debí decirle algo. Un extraño resquemor en las tripas me avisó de que habría sido lo correcto.

—Voy a… hablar con ella un momento. —Rodeando el sofá a toda prisa, Syd se detuvo el tiempo suficiente para ofrecerle a Kyler un beso rápido y propinarme una palmada en el brazo antes de salir pitando—. Vuelvo enseguida.

Cuando la puerta se cerró por segunda vez, miré a Kyler. Él enarcó una ceja.

—Bueeeeno —empezó, arrastrando mucho la palabra—. Me parece que esta vez te has pasado con Andrea.

—Esta vez.

Negué con la cabeza, medio aturdido, dejando vagar la mirada hacia la puerta. Mierda.

Recostándose contra la pared, Kyler me clavó los ojos y cruzó los tobillos.

—¿Qué os pasa? O sea, en serio. Si no tuviera tan claro que nunca ha habido nada entre vosotros, diría que estuvisteis liados y la cosa se torció.

Solté una carcajada seca.

—Venga, ya sabes que nunca hemos estado juntos.

Él enarcó una ceja y echó mano de otra cerveza.

—Podrías habértelo callado.

Resoplé.

—Syd está segura de que ha pasado algo y no lo habéis contado.

Fruncí los labios.

—¿Andrea lo ha insinuado?

Él negó con la cabeza.

—No, solo es una teoría de Syd.

—Pues se equivoca.

—No entiendo por qué la tiene tomada contigo —añadió Kyler, tras un silencio.

—Yo tampoco. No tengo ni idea —murmuré yo. Bebí un trago de cerveza y clavé la mirada en la puerta—. Pero, ¿sabes qué? Lo voy a averiguar.





2


Andrea

La música atronaba en lo alto, un latido regular que palpitaba al compás de mi pulso. Tenía la piel húmeda y la garganta seca, pero me sentía bien; no, genial. Me sentía genial, libre e ingrávida, la mente dichosamente vacía. Sonriendo, levanté los brazos, eché la cabeza hacia atrás y sonreí.

No sé qué canción estaba sonando, seguramente alguna demasiado comercial como para reconocer que la llevaba guardada en el móvil en secreto, pero ahora mismo me daba igual. La noche era perfecta.

—Guau —exclamó una voz masculina detrás de mí. Creo que se llamaba Todd. ¿O Tim? ¿Taylor? ¿Tiny Tim? Solté una risita. El chico me arrastró el brazo hacia abajo—. Te vas a tirar la bebida por encima.

Un vaso alto colgaba de mis dedos, todavía medio lleno. Había olvidado por completo que tenía una copa en la mano. Era algo frutal, dulce y alucinante. Rodeando la pajita con los labios, sorbí contenta según agitaba las caderas al ritmo de la música. Cerré los ojos nuevamente y me dejé llevar sin complejos. Señor, necesitaba una noche de fiesta, porque…, porque sí. Por lo sucedido la noche anterior en casa de Kyler y Syd, por las palabras de Tanner y por el sermón que Syd me había soltado en la calle.

«No creo que lo diga por nada —me aseguró—. Solo está preocupado. Todos estamos preocupados…»

Se me hizo un nudo en la boca del estómago. ¿Preocupados? ¿Y por qué estaban preocupados? No pasaba nada, y mis bucles volaron en todas direcciones cuando agité la cabeza con fuerza. No quería pensar en nada.

Pese a todo, los restos de la conversación que habíamos mantenido junto a mi coche se colaron entre los jirones de mi pensamiento. El mes pasado pasaste una semana entera sin hablar con nadie.

Estaba ocupada.

La última vez que salimos te pusiste fatal. Dabas miedo. Me asusté mucho.

No fue para tanto.

¿Sabes siquiera quién era el chico con el que te fuiste?

No quería recordar esa noche ni a ese chico.

Unas manos grandes aterrizaron en mis caderas y noté un aliento cálido y pegajoso contra la mejilla. El tufillo de la cerveza me inundó, multiplicando mi desasosiego.

—Qué sexy eres.

Fruncí el ceño, sin saber quién era ese tío. Ni siquiera me acordaba de que estaba conmigo. Desvié la cabeza a un lado, lejos de su boca, y abrí los ojos.

—¿Cómo te llamabas?

La pregunta no le molestó. Se echó a reír al mismo tiempo que me estrujaba las caderas con sus manazas.

—Llámame como quieras —respondió, y aun bebida como estaba supe la clase de chico que tenía delante. Le traía sin cuidado que fuera incapaz de deletrear su nombre. Tan solo le interesaba saber si lo acompañaría a su casa. Le daría igual si caía inconsciente encima de él. Seguramente no me había preguntado el nombre ni le importaba un pimiento. No estaba allí para conocer a nadie. El futuro no le interesaba más allá de un revolcón.

Las manos que me sujetaban las caderas resbalaron hacia mi barriga y sus pulgares se colaron por las trabillas de mis vaqueros. Me llevé el vaso a los labios y descubrí que estaba vacío. Levantando los ojos, recorrí la barra con la mirada. Lo vi casi al instante y me quedé sin aliento.

Tanner estaba sentado en un taburete alto y redondo. Kyler y Syd lo acompañaban, pero tenían las cabezas juntas, las miradas entrelazadas. Tanner… me miraba a mí. Sus ojos azules no parecían adormilados esta vez. Estaban entrecerrados y parecía enfadado; furioso, en realidad. Me ardieron las mejillas y quise desviar la vista, pero no pude.

Una chica se acercó a su mesa. Yo la conocía, creo. Era guapa, rubia, con mechas de color rosa en el pelo, y saltaba a la vista que le había costado lo suyo enfundarse los ajustados vaqueros que llevaba. Se encaminó directamente hacia Tanner y se inclinó para hablarle. Él alzó la vista y la expresión de enfado desapareció de su atractivo rostro, remplazada por una afable sonrisa de bienvenida, el tipo de sonrisa que rara vez me dedicaba a mí.

—Necesito otra copa —anuncié, desviando la vista. Sin embargo, era demasiado tarde. No podía quitarme el gesto de la cabeza. Una sonrisa simpática, de medio lado, como si Tanner no se aviniese del todo a sonreír pero se alegrara de verla.

—¿Sí? —Como-se-llame me atrajo hacia sí, por la espalda—. Yo te traeré una copa.

Me pareció una idea excelente por muchas razones, sobre todo porque me apetecía beber algo más, pero también quería recuperar mi espacio personal. Por desgracia, el tipo no cumplió su promesa. No me soltó. Unos labios resecos me rozaron la mejilla al tiempo que me restregaba las caderas contra el trasero y yo noté, en plan, todo lo que tenía.

Vale. Se acabó. No estaba tan bolinga, todavía.

Dando un paso adelante, forcejeé para liberarme, o cuando menos lo intenté. Pude separarme unos pocos centímetros antes de que el tío volviera a agarrarme por detrás. Reboté contra su pecho y estuve a punto de perder el vaso.

—¿A dónde vas? Nos estamos divirtiendo.

—Yo no me estoy divirtiendo. —Retorcí el cuerpo y le agarré los dedos con la mano libre. Le clavé las uñas—. Suéltame.

—¿Qué dices? —Gotitas de saliva salieron disparadas de su boca y se me revolvieron las tripas todavía más si cabe—. Solo estamos bailando. Venga. Vamos a divertirnos.

—Ni siquiera sé cómo te llamas —me oí decirle, lo que me pareció una bobada incluso a mí, porque hacía nada me traía sin cuidado saber su nombre—. Y tú tampoco sabes cómo me llamo yo.

—¿Y qué más da?

Intenté zafarme otra vez al mismo tiempo que alguien —otra pareja— chocaba contra nosotros, pero sus palabras me paralizaron, según las reproducía una y otra vez para mis adentros. No sé por qué, pero de súbito quería oírle decir algo distinto. Que le interesaba mi nombre, conocerme. Seguro que Tanner sabía cómo se llamaba la chica con la que estaba hablando.

Qué estupidez.

Qué situación más absurda.



* * *



Tanner

Golpeteaba con el pie el asqueroso suelo a velocidad supersónica. ¿Cuánto tiempo tendría que quedarme ahí sentado viendo cómo Andrea hacía lo que fuera que estuviera haciendo?

Ya había creído notar que se gastaba un humor raro cuando había aparecido por el bar. Callada, casi tímida a juzgar por su manera de mirarme, como de reojo. En parte me pregunté si habría estado bebiendo antes de llegar, pero quería concederle el beneficio de la duda y creer que no era tan tonta como para conducir bebida. Sí, le gustaba salir de fiesta y desfasar, pero no era tan idiota o irresponsable como para correr peligro. Sin embargo, había empezado a beber en el instante mismo en que había pisado el local y ya no había parado. Yo había perdido la cuenta de las copas que llevaba.

Iba a ser una de esas noches.

Con un cosquilleo en la piel comparable a notar un ejército de hormigas soldado correteando por todo el cuerpo, me repantingué y no reaccioné cuando declaró que le apetecía bailar. Syd le hizo compañía durante un rato, pero regresó sin Andrea, que había convertido la pista de baile en su escaparate particular.

Por Dios, todo aquel que no iba acompañado tenía los ojos clavados en Andrea. Somos como malditos misiles sensibles al calor en lo concerniente a tías buenas, y ella era un despampanante objetivo de carne y hueso.

Sus bucles de color caoba saltaban en todas direcciones según ella levantaba los brazos por encima de la cabeza y agitaba las caderas al ritmo de algún tema rock. Se había ruborizado de un modo muy atractivo y una fina capa de sudor le cubría la piel. La camiseta negra se le había desplazado lo justo para mostrar una tira de pálida piel sobre la cintura de los vaqueros. Y esos malditos vaqueros… Le sentaban como un guante confeccionado a medida de su trasero en forma de corazón. Y yo seguía allí sentado, sin hacer nada, incapaz de moverme o de desviar la vista, igual que todos los tíos de la barra. Súbitamente, mis pantalones habían perdido cinco tallas.

Cuando un cerdo alto y bobalicón empezó a restregarse contra ella, me quedé sentado, pero me incliné hacia delante y el cariz de mis pensamientos cambió. Comprendí que, durante todo ese rato, había estado deseando con toda mi alma a una chica que antes me patearía las pelotas que toqueteármelas por diversión. Y un sentimiento distinto bulló dentro de mí. No tenía nada que ver con el deseo; se parecía más a la necesidad de marcar el territorio alrededor de Andrea como una especie de cavernícola. Jamás en toda mi vida había sentido la necesidad de hacer algo así, y no lograba explicarme por qué me asaltaba ahora.

El cerdo bobalicón la aferró por las caderas.

Entrecerré los ojos según una rabia irracional se apoderaba de mí. ¿Por qué carajo dejaba que ese tío se abalanzara sobre ella? Tenía todo el aspecto de ser un idiota aprovechado, y ella merecía algo mil veces mejor.

Alguien se acercaba por mi derecha. Me volví, sorprendido de ver a Lea Nacker encaminándose hacia mí. Sonrió y echó un vistazo rápido a Kyler y a Sydney.

—Eh —me saludó. Su voz contenía un suave deje sureño que delataba su condición de forastera—. No te he visto en todo el verano. Pensaba que te habías marchado de vacaciones.

—Qué va. He estado trabajando. ¿Y tú?

Se recogió un largo mechón de cabello rosa y rubio detrás de la oreja.

—Lo mismo. Aún me queda un semestre para terminar los estudios. Tú ya te has graduado, ¿verdad?

—Sí. —Lancé una ojeada en dirección a Andrea y me tragué una maldición. Las manos del cerdo bobalicón habían entrado en territorio caliente. ¿Acaso Andrea estaba… demasiado curda como para darse cuenta de que la estaba toqueteando? Porque normalmente no habría accedido a algo así, lo sabía.

—Bueno, si te quedas por aquí, llámame —sugirió Lea, y yo le devolví la atención. Tardé un momento en captar lo que me estaba diciendo; lo que me estaba ofreciendo—. Contestaré la llamada —añadió con una sonrisa pícara.

Mierda. Mierda con patatas.

Lea y yo nos habíamos acostado unas cuantas veces a lo largo de los años. Nada serio, y en circunstancias normales habría archivado la oferta para aprovecharla en un futuro no muy lejano, pero ahora mismo no sentía el más mínimo interés. De no haberme empalmado descaradamente hacía un momento, habría pensado que tenía el pito averiado.

Sintiéndome como un capullo, me obligué a sonreír, porque siempre lo había pasado bien con ella y era una buena chica.

—Claro.

Lea empezó a decir algo, pero mi atención ya se había desplazado a la zona de Andrea y no estaba en condiciones de seguir la conversación ni de mostrarme educado. El cerdo bobalicón atraía a Andrea hacia sí y saltaba a la vista que ella no disfrutaba con el contacto. No me paré a pensar.

—Vuelvo enseguida —avisé a mis amigos.

Kyler enarcó una ceja pero guardó silencio, y tuve la sensación de que se había quedado con la historia. De pie, saludé a Lea con un gesto y eché a andar sin mirar atrás.

Cuando me acercaba a la zona de baile, oí a Andrea decir:

—Y tú tampoco sabes cómo me llamo yo.

Arrastraba las palabras y mis hombros se crisparon.

—¿Y qué más da? —contestó el chico.

Se me anudaron las tripas y todo mi cuerpo se tensó. Desde atrás, planté una mano en el hombro del tío. Él soltó a Andrea, que se tambaleó hacia un lado, pero se recompuso sin llegar a perder el equilibrio del todo. Nuestras miradas se encontraron un instante. Ella tenía los ojos vidriosos, y mi rabia aumentó de nivel.

—Sí, si la vas a sobar, tendrás que preguntarle el maldito nombre —dije al mismo tiempo que le propinaba un empujón. Antes de que él pudiera reaccionar, me planté entre el chico y Andrea—. Pero es mejor que no lo sepas. No hace ninguna falta que lo recuerdes. No te lo mereces.

El cerdo bobalicón intentó avanzar hacia mí, y estoy seguro al cien por cien de que la expresión de mi rostro le hizo cambiar de idea. Desvió la mirada.

—¿Y tú quién eres? ¿Su novio?

Estuve a punto de reírme en su cara, y lo habría hecho de no ser porque Andrea ya había soportado suficientes insultos por una noche, aunque no se habría dado ni cuenta.

—Sí. Así que lárgate antes de que te eche a patadas por la maldita puerta.

—Tanner. —Andrea me posó la mano en la cintura, pero yo no despegaba los ojos del otro.

Crispado, aguardé a que el idiota hiciera algo, pero él se limitó a levantar la mano y hacerme la peineta antes de dar media vuelta y alejarse despacio. No pude sino echarme a reír ante su retirada. Puede que el tío fuera un cerdo sin clase, pero tenía sentido común. Bastaba verme para comprender que superaba su esquelética estampa en unos diez kilos de músculo.

La mano se despegó de mi espalda y yo inspiré profundamente antes volverme a mirar a Andrea. Fue una buena idea, porque el aliento quedó atrapado en alguna zona de mi pecho y tuve que esperar a que esa sensación tan rara cesara. ¿Acaso mis pelotas habían sido remplazadas por ovarios? Seguramente.

Andrea me miró con atención, con los carnosos labios separados, los ojos castaños abiertos de par en par e inundados de una tristeza tan intensa que sentí el impulso de rodearla con los brazos. Apenas me percaté de que alguien me empujaba cuando avancé hacia ella. Movió los labios, pero no la entendí.

—¿Qué? —pregunté.

—A mí no me sonríes —dijo en un tono más alto, y yo la miré de hito en hito. Sus hombros se alzaron cuando suspiró con fuerza, y el impulso de abrazarla se tornó más intenso.

—Andy —respondí a la vez que negaba con la cabeza—, claro que te sonrío.

—No. No de verdad. —Levantó el vaso vacío y lo miró—. Ese tío era un sobón.

—Ya lo creo.

No quería hablar de ese idiota, y deseaba disipar la desolación que emanaban sus palabras. Envolviendo su manita con mis dedos, sujeté el vaso vacío.

—Vamos.

Como era de esperar, clavó los pies en el suelo.

—Quiero bailar.

Enarcando una ceja, la rodeé y la obligué a estirar el brazo para dejar la copa en la barra.

—¿Estás segura?

Ladeando la cabeza, frunció el ceño.

—Sí.

Se zafó de mi mano, levantó los brazos y dio media vuelta. Perdiendo el equilibrio, se tambaleó hacia un lado hasta casi caer sobre el grupo de chicos que intentaban pedir una copa. Salí disparado hacia delante y la sujeté por la cintura para impedir que estampara de bruces contra la espalda de un chico cualquiera.

La risita de Andrea fue contagiosa, y también preocupante, cuando se apoyó de nuevo en mí. Posando las manos en mi brazo, empezó a contonear las caderas contra mi entrepierna. Apreté los dientes cuando un calambre de deseo me golpeó las entrañas, rápido e intenso.

Y… ahí estaba otra vez la descarada erección.

Dios mío, el cacharro me latía como un descosido según yo retrocedía con la intención de poner espacio entre los dos.

—Andy —gemí más que dije—. ¿Qué estás haciendo?

Ladeando la cabeza, sonrió con los ojos cerrados.

—Estoy bailando y tú te has quedado ahí plantado.

Yo me había quedado ahí plantado.

Y, cosa de unos cinco segundos más tarde, me convirtió en su particular poste de estríper.

Dio media vuelta y posó las manos sobre mi pecho antes de proceder a agacharse despacio sin dejar de acariciarme los abdominales. Yo pegué un bote y noté la boca seca cuando buscó el cinturón de mis vaqueros y me dirigió una sonrisa, con los ojos ocultos tras las largas pestañas. El latido se multiplicó por diez.

Quería que continuara, averiguar hasta dónde era capaz de llegar. Una enorme parte de mí lo deseaba con toda el alma, y ella estaba tan cerca, prácticamente de rodillas según alzaba la vista hacia mí y buscaba mi cremallera con los dedos.

Dios mío, le aferré las muñecas antes de que aquello fuera a más. No quería convertirme en uno de esos tipos que tanto odiaba. La obligué a levantarse e intenté no sonreír cuando me hizo un mohín.

—Te llevo a casa —le dije.

Enarcó una ceja color cobre.

—Guau, esto…, esto va muy deprisa.

Hice caso omiso de cierta parte de mi anatomía, interesada al cien por cien en su propuesta.

—Déjalo.

—¿Y si mejor lo agarro? —replicó. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada como si viniera a cuento—. No sé si quiero ir a tu casa.

—Me parece bien. —Le pasé un brazo por los hombros antes de que saliera huyendo—. Porque vamos a tu casa, no a la mía.

Hizo un mohín que sugería confusión y, usando la distracción a mi favor, la arrastre hacia Kyler y Sydney. Ambos nos observaron con una expresión de suficiencia. Yo los fulminé con la mirada y abrí la boca para aclarar la situación, pero Andrea se me adelantó.

—Me va a llevar a caaaaasa —dijo entre risas, y empezó a alejarse bailando, arrastrándome consigo—. Todo el camino hasta caaaasa —canturréo—. Oh, sí, nos vamos a mi caaaasa.

¿Pero a qué leches venía todo eso? Le agarré la mano con rabia. Sidney abrió los ojos de par en par, asustada.

—Podemos llevarla nosotros.

—Vosotros os estáis divirtiendo —objeté—. No hace falta que os marchéis.

Sydney enarcó una ceja.

—Ya.

—Sí, porque sería raro. —Andrea dejó de bailar, pero meció nuestros brazos unidos como si tuviera dos años, y yo tuve que hacer esfuerzos para que no se me cayera la baba—. Me caéis muy bien, chicos, pero cuatro son multitud. Parecería un rollo friki de intercambio de parejas.

Sydney se atragantó con la bebida.

—No digo que intercambiar parejas sea de frikis —siguió canturreando Andrea alegremente—, pero yo no estoy con nadie, así que en realidad no sería un intercambio. Sería una orgía, y no me apetece veros desnudos, la verdad.

Yo la miraba de hito en hito. No podía hacer nada más.

Kyler se tapó la boca con los dedos y murmuró:

—El sentimiento es mutuo.

Andrea asintió con aire comprensivo y un tanto lúgubre. A continuación alzó la vista hacia mí, sin dejar de columpiar los brazos.

—¿Nos vamos ya? Porque me apetece otra copa.

—Nos vamos ya —respondí yo.

Ella suspiró.

—Eres un rollazo, aguafiestas gruñón cagón.

—No tengo la menor idea de qué decir —reconocí yo.

Andrea puso los ojos en blanco con aire exasperado.

Sydney se levantó del taburete a toda prisa para colgarle el bolso a Andrea y despedirse de ella con un abrazo rápido. Luego me miró con su expresión más seria.

—No la dejaría marchar con ningún otro, pero confío en ti. Espero no tener que arrepentirme.

Unas chispas de culpa me chamuscaron por dentro, porque no puedo decir que mis pensamientos en relación con Andrea fueran los más castos del mundo, sobre todo si me hacía otro bailecito.

—Lo sé. La dejaré en casa sana y salva.

—Más te vale —me advirtió Sydney en un tono sorprendentemente fiero para su reducido tamaño.

—No sé si lo sabéis, pero estoy aquí y tal. —Andrea se echó los bucles hacia atrás con la mano libre—. A lo mejor no quiero llegar a casa sana y salva. A lo mejor quiero vivir peligrosamente.

Sydney suspiró.

—No, no quieres.

—A lo mejor quiero entrar en mi cuenta Grindr —declaró.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Tú no tienes una cuenta en Grindr —la acusó Sydney.

Andrea entornó los ojos, bizqueando un tanto.

—Y si la tengo, ¿qué?

—Esto es lo mejor que he presenciado en la vida —dijo Kyler.

—La última vez que oí hablar de esa página, era para chicos gays —explicó Sydney mientras negaba con la cabeza— y no creo que tú tengas lo que hace falta.

Andrea parpadeó.

—Me refiero a Tinder.

—Tampoco tienes una cuenta en Tinder.

Ella me sonrió, un dechado de inocencia, y súbitamente quise quemar su teléfono y el mundo entero con gasolina y pis. Había llegado el momento de llevarla a casa, lo que me costó Dios y ayuda. Se comportaba igual que un colibrí borracho, zumbando de flor en flor. Cuando por fin entramos en su casa, yo estaba agotado.

Por lo que parece, Andrea tenía cuerda para rato, porque tiró el bolso al suelo, se descalzó en dos patadas y al momento echó a correr hacia la cocina. Comprendí que se disponía a beber algo, y no creo que fuera agua. Recogí su bolso, lo deposité en una silla, guardé las llaves de su casa en el interior y le corté el paso.

Le planté las manos en los hombros y la guie hacia el pasillo.

—¿Por qué no te vas a dormir?

Ella se columpió sobre los pies desnudos y sonrió. Se le dibujaron arruguitas en el rabillo de los ojos.

—Caray, Tanner, qué prisa tienes.

Una vez más se me desató la imaginación del modo más inapropiado.

—Venga, Andy. Ya sabes que no he venido a eso.

—No, no lo sé —replicó ella, y se alejó bailoteando de espaldas. Recorriendo el pasillo hacia atrás, hacía ondear con las manos la orilla de su camiseta. A mí me preocupaba más que tropezara y se abriera la cabeza—. No tengo ni idea de por qué estás aquí.

Mientras la seguía, mis ojos se desplazaron al nacimiento de sus pechos, que se adivinaba bajo el escote. Con gran esfuerzo, me obligué a levantar la vista.

—Te he traído a casa.

—Ya. —Se detuvo a la entrada del dormitorio y se apoyó contra la pared. Entreví una fina franja de piel por debajo de la camiseta—. Ya, ya. —Y empezó a moverse.

Erguí la espalda como si me hubiera tragado una vara de acero.

Maldición, la estampa que tenía delante era demasiado para mi pobre cuerpo. La espalda arqueada hacia atrás y los ojos entrecerrados según seguía jugueteando con la orilla de la camiseta. Sus pechos se elevaban con cada respiración, y yo sabía que debían de ser alucinantes, porque si tapados te quitaban el sentido, no quería ni imaginarlos al descubierto. Recostó la cabeza contra la pared y se humedeció los labios.

Noté una reacción en mi aparato.

—Andy…

—Tanner… —me imitó.

Reprimí un gemido y me crispé cuando se despegó de la pared súbitamente. Se columpió una pizca sobre los pies al mismo tiempo que me recorría con la mirada.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—Nada.

Y un cuerno. El recelo y una emoción totalmente distinta luchaban en mi interior cuando ella se mordió el labio inferior.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —me dijo.

—Claro. —Ahora mi voz sonaba pastosa.

Andrea ladeó la cabeza y me miró por debajo de las pestañas.

—¿Por qué nunca nos hemos liado?

—¿Qué? —Recé para no haber oído bien.

—¿Te intimido? —Avanzó unos centímetros hacia mí—. ¿O acaso eres tonto?

—Hala. Tú sí que sabes poner cachondo a un tío.

Una sonrisa asomó a su rostro, pero desapareció al momento.

—¿No quieres…?

—No termines esa pregunta —la interrumpí con más brusquedad de la que me habría gustado.

Se deshinchó igual que un globo. Con la misma rapidez. Encorvando la espalda y plantándose las manos en la tela vaquera de los muslos, dejó caer la cabeza y se encogió de hombros.

—Vale, muy bien.

Giró el cuerpo hacia la puerta y levantó la barbilla una pizca.

—Estoy en casa. Ya te puedes marchar.

—Andy, yo…

¿Qué podía decir? ¿Que la idea de que solo se lo montara bien cuando estaba borracha me sacaba de quicio? ¿Y que cuando estaba sobria parecía más propensa a apuñalarme que a sonreírme?

Se detuvo y alzó las pestañas para mirarme. Me dirigió una sonrisa lánguida, muy distinta a las anteriores.

—No pasa nada.

Yo tenía la lengua pegada al paladar. No sabía qué decirle, pero entonces me plantó las manos en el pecho. Pude detenerla, tuve tiempo de sobras para hacerlo, pero no lo hice, y no sé cómo habla eso de mí, pero no pensaba a derechas. Se puso de puntillas, me apoyó las manos en los hombros y posó los labios en los míos. Fue un beso rápido y tierno. Andrea sabía a azúcar y a licor, pero su boca era cálida y suave cuando movió los labios contra mi boca.

Ese único beso me dejó estupefacto, me hizo temblar y me aturdió. Hasta tal punto que, cuando se apartó, entró en su dormitorio y entornó la puerta, me quedé inmóvil durante lo que me parecieron cinco minutos. En serio. Es muy posible que me pasara cinco minutos allí plantado, como un imbécil, excitado a más no poder por una chica tan borracha que había tenido que llevar su precioso culo a casa.

Sin embargo, me había besado.

Me había besado en plena curda, lo que eliminaba la parte del beso de la ecuación.

—Mierda —murmuré, y me pasé los dedos por el pelo sin dejar de mirar la puerta. Una parte de mí quería salir pitando, la otra parte seguía patidifusa. Tenía que asegurarme de que estuviera bien. Eso me dije cuando me acerqué a la puerta y la empujé.

La lamparilla de noche estaba encendida y proyectaba un fulgor cálido en la habitación. Andrea estaba en la cama, tumbada sobre el edredón, medio de lado y medio de bruces. No podía dejarla así. Ni hablar. Me acerqué a la cama, le levanté las piernas con cuidado y las introduje debajo del edredón al mismo tiempo que la cambiaba de postura para que durmiera de lado. Luego busqué un almohadón alargado y se lo ajusté detrás de la espalda para que no pudiera tenderse boca arriba, por si vomitaba.

—¿Has cambiado de idea? —murmuró.

Emití un ruido entre tos y carcajada según la arropaba.

—No, Andy.

Ella suspiró con fuerza y, cuando alcé la vista, advertí un aleteo en sus pestañas cobrizas.

—Deja de llamarme así…, capullo.

Otra carcajada burbujeó en mi garganta. Me estaba insultando. Eso significaba que no estaba tan mal como otras veces.

—Menuda boquita.

No me respondió. Se había dormido. Una sonrisa extraña, apacible, asomó a mis labios mientras la miraba.

—Cerraré la puerta —le dije, aunque ya sabía que no me oía. Busqué el interruptor de la lamparilla y titubeé. No era la primera vez que me tocaba acompañarla a la cama. La primera vez estaba fatal, borracha como una cuba, pero hoy… sí, también iba mal, solo que en aquella ocasión no me reprochó que nunca le sonriera, y tampoco me besó.

Entreabrió los sonrosados labios cuando se agitó una pizca, como si intentara ponerse de espaldas pero no lo consiguiera. Encogió las piernas bajo el edredón y noté algo… algo, raro en el corazón. Como si encogiera bajo mi pecho. No fue una mala sensación, solo distinta, y no sabía cómo interpretarla.

No entendía de qué iba Andrea. Nunca lo había entendido, ni el día que la vi por primera vez, en un bar de las afueras de College Park, sentada junto a Sydney. Despertó mi interés al instante. Carajo. Los rizos. Los labios. El culo. Pero me miró un instante, abrió la boca y descubrí al momento que tenía una lengua más afilada que una navaja.

Y que yo no le caía bien.

Ah, le gustaba. Eso sí que lo tenía claro. Lo notaba en su manera de mirarme cuando creía que no me daba cuenta, pero nunca me había permitido a mí mismo acariciar siquiera la posibilidad de intentar algo. No sabía por qué me lo estaba planteando ahora.

Y, mierda, lo estaba haciendo.

Varios bucles le cruzaban la pecosa mejilla y, sin darme ni cuenta, se los retiré con cuidado. El contacto con su piel, suave y sedosa, me provocó un estremecimiento, y aparté la mano como si me hubiera quemado. Mirándola, resoplé sin pretenderlo. Cielos, qué ganas tenía de volver a tocarla, en el peor sentido. Prácticamente me vibraban los dedos de tanto como deseaba apartar el edredón para comprobar si la piel del escote era tan suave como la de su mejilla, si los muslos eran igual de dulces.

Jamás hubiera imaginado que ahuyentar ese tipo de pensamientos pudiera resultar tan duro. Al darme la vuelta, vi una minúscula papelera y la acerqué a la cama. A continuación me encaminé a la cocina, llené un vaso de agua y lo llevé al dormitorio. Lo dejé sobre la mesilla de noche. Andrea tendría sed cuando despertase. Y un dolor de cabeza de mil demonios, también.

Nada justificaba que me demorase más tiempo, pero estaba preocupado por ella: por lo mucho que bebía, por si se despertaba con náuseas en mitad de la noche y no había nadie allí para cuidar de ella. Pensé en llamar a Kyler para hablar con Sydney, pero acabé por plantar el trasero en una silla de color plata, muy baja pero sorprendentemente cómoda. Vi una maleta junto a la silla, cerrada.

Pasé horas allí sentado, hasta que los primeros rayos del alba se filtraron por las cortinas que cubrían la gran ventana, hasta que las posibilidades de que vomitase se redujeron al mínimo y hasta comprender, con inmensa sorpresa, que había pasado toda la noche en vela como una enfermera personal, algo que nunca antes había hecho; ni se me había pasado por la cabeza. Aunque me levanté cansado y con un dolor de espalda tan horrible como si en el transcurso de la noche hubiera dejado muy atrás los veintitrés, supe que mi gesto tenía importancia. Había hecho lo correcto. Pero no estaba seguro de cómo interpretarlo.





3


Andrea

Tras hojear aburrida el último número de US Weekly, cerré la revista de golpe y la tiré al almohadón beis que había a mi lado, en el sofá. Observé sin gran interés las plantas de interior que crecían ante la ventana sin luz, luego el televisor, y suspiré con fuerza.

Las noches del domingo habían perdido su encanto sin The Walking Dead.

Aburrida como una ostra y presa de un intenso desasosiego, me levanté del sofá y recorrí la breve distancia que me separaba del dormitorio. Mi casa era más bien un estudio transformado en apartamento de una habitación. Las estancias tenían un tamaño adecuado, más grandes que la mayoría, y estaba superagradecida de que mis padres me hubieran echado un cable para que pudiera seguir estudiando. Podía quedarme en el piso sin preocuparme por esa parte de los gastos. Daba igual lo que pensaran algunos, yo era consciente de la increíble suerte que tenía.

Me detuve a pocos pasos de la cama y observé el edredón gris y blanco, que no había devuelto a su sitio cuando, tras pasar buena parte del día tratando de sobrellevar una resaca de mil demonios, me había forzado a levantarme. La noche anterior se me antojaba un maremagno de cócteles a base de tequila y ron. Recordaba haber bailado y unas manos demasiado largas, y también me acordaba de que Tanner había intervenido y me había llevado a casa, pero, sinceramente, mi mente había borrado lo sucedido a partir del momento en que aparcó la camioneta. Suponía que se había metido en mi casa y en mi habitación, porque al despertar había encontrado un vaso de agua en la mesilla que yo dudaba mucho haberme servido.

Cielos, tenía que dejar de beber.

Miré a mi alrededor. ¿Qué estaba haciendo? No tenía ni idea de qué había ido a buscar allí. La maleta, ya preparada para el viaje a la cabaña, descansaba junto a la silla estilo papasan, tapizada en plata, que había junto al tocador. Sí, yo era una de esas chicas; de esas que a veces hacen la maleta con días de antelación.

Exhalando otro suspiro compungido, me quedé allí un par de minutos antes de dar media vuelta para encaminarme a la cocina. Esta vez me detuve delante de la nevera. De acero inoxidable. Con doble puerta. Mis padres se habían empeñado en comprar electrodomésticos de alta gama, pero yo solo veía mis huellas dactilares estampadas por toda la puerta y el tirador.

Abrí la nevera y el repiqueteo de la botellas al entrechocar me provocó un estremecimiento. El tintineo se me antojó musical, algo así como Jingle Bells tocada por un borracho. Seis botellas de cerveza Redd’s Apple me llamaban.

Un calambre tensó mis dedos sobre el tirador y empecé a agacharme. Antes de que me diera cuenta, mi otra mano salió disparada hacia un botellín. Bebes demasiado. Contuve una exclamación y cerré los ojos. No bebía tanto. Solo de vez en cuando, al igual que la mitad de la población de los Estados Unidos, así que nadie podía acusarme de tener un problema.

Aún no, susurró una vocecilla maliciosa e irritante.

Eché mano de un refresco de lata y cerré la puerta de la nevera de golpe. Haciendo caso omiso del tintineo que acompañaba mis pasos, me alejé. Me apoyé contra el respaldo del sofá. La lata colgaba de la punta de mis dedos. Traté de ordenar las vagas imágenes de la noche anterior que flotaban en mi mente, aunque sabía que sería inútil. No digo que hubiera borrado la totalidad de la noche, en realidad no. Solo que no lograba distinguir los detalles. Son cosas distintas. Desplacé el peso de una pierna a otra, súbitamente incómoda.

Una opresión asfixiante me envolvió el pecho. Tanner nunca dejaría de recordarme lo sucedido. Aunque me había acompañado a casa en otras ocasiones, tenía la sensación de que esta vez había sido peor. Me pregunté si lo habría insultado. Lo que es más grave, deseé muy en serio no haberle atizado. O haberle frotado la cabeza otra vez. Dios mío, si lo había hecho, me iba a morir de vergüenza. Cerrando los ojos, me obligué a respirar profunda y lentamente hasta que la opresión cesó.

El tiempo transcurrió con lentitud y no tenía ni idea de cuánto rato llevaba allí de pie, pero ni siquiera eran las nueve y media cuando eché un vistazo al llamativo reloj de pared. Forzándome a mover el culo, volví a la cocina, dejé el refresco en la encimera y abrí el armario que hay encima del microondas.

Una farmacia entera me recibió.

Pastillas para la alergia. Loperamida. Antiácido. Frascos de plástico rojo repartidos entre los anteriores. Eché mano del que estaba más cerca, Zaleplon. Unas cápsulas azules y verdes, promesa de sueños felices, repiquetearon cuando eché mano del bote. No me ayudaban a dormir más rato, en realidad no, pero menos de treinta minutos después de tomarme una, o bien estaba frita o completamente dopada. El efecto varía según la persona (el médico me dijo una vez que cada persona reacciona de manera distinta a los somníferos), pero yo, después de tomarme una dosis, estaba más que dispuesta a olvidarme del mundo hasta el día siguiente.

Mañana, siempre mañana.

Sonreí con amargura según desenroscaba la tapa y extraía una pastilla. Me la eché al gaznate y me la tragué con ayuda de lo que comprendí, demasiado tarde, era una Pepsi Max. Solté una carcajada de incredulidad. ¿Pastillas para dormir y cafeína? Me sentí un oxímoron andante.

Empecé a sufrir un insomnio recalcitrante en el penúltimo año de carrera. A fuerza de estudiar a horas intempestivas me había acostumbrado a dormir poco —por lo general a partir de las cuatro de la mañana—, y no había sabido romper el hábito. No pretendía seguir tomándolas. Era consciente, Dios lo sabe, de que esas pastillas eran palabras mayores, pero ahora me costaba horrores dormir sin ellas. Una situación un tanto patética, si te paras a pensarlo, por cuanto tenía veintidós años y ya estaba tirando de pastillas a las nueve y media de la noche después de pasarme la mitad del día durmiendo.

A Syd no le gustaba que las tomara. Quería que probara algo más natural. Tampoco le gustaban los otros medicamentos que componían mi botiquín. Y no le hacía ninguna gracia que yo… Da igual. Habida cuenta de que Syd pronto sería psicóloga, esgrimía un montón de opiniones sobre muchas cosas.

Acababa de enroscar la tapa del frasco cuando llamaron a la puerta con los nudillos. Di un respingo.

—¿Pero qué narices?

Dejé el frasco en la encimera, junto a la Pepsi, y me encaminé a la sala. No esperaba a nadie, así que no tenía ni idea de quién podía llamar a mi puerta, por cuanto Syd me habría enviado un mensaje o me habría llamado antes de presentarse.

¿Y si era un asesino psicópata? ¿O…, o un vecino que necesitaba azúcar, un vecino atractivo que estaba preparando galletas y había echado en falta un ingrediente esencial?

Por favor, sé un tío bueno que necesita azúcar.

Cruzando la sala a toda prisa, apoyé las manos en la puerta y me puse de puntillas para mirar por la mirilla.

—No fastidies.

Debía de estar alucinando, algo muy posible, por cuanto las pastillas me provocaban en ocasiones efectos muy raros. Y yo no podía creer lo que veían mis ojos. Reconocí el cabello castaño cortado a cepillo, el perfil de una mandíbula cuadrada.

Tanner estaba en mi casa.

Como es natural, sabía dónde vivía, pero nunca jamás se había presentado en mi casa sin avisar. Con el corazón en un puño, retrocedí a toda prisa. La inquietud me llenó de nudos la boca del estómago. ¿Habría pasado algo malo? Ay, Dios mío, siendo bombero sin duda estaría enterado si acaso les había sucedido algo a Kyler, a Syd o a mi familia. ¿Era ese el motivo de su visita? Desatranqué la puerta y abrí.

—Tanner…

Lo que fuera que estuviera a punto de decir murió en mis labios.

Se volvió a mirarme, y su brillante mirada azul celeste se topó con la mía durante un brevísimo instante antes de someterme a un lento escrutinio que empezó en mis ojos y terminó en las uñas de mis pies pintadas de azul. Pero qué mirada… Se demoró en unas zonas más que en otras, con un detenimiento más propio de una caricia. Me atraganté con el aire. Me sentí como mareada.

Y entonces me percaté de mi indumentaria.

Como no tenía previsto ver a nadie, no iba vestida para la ocasión. Mi atuendo consistía en unos pantaloncitos de algodón apenas más largos que unos calzoncillos y una camisola que no tapaba nada.

Ay, por Dios.

Iba casi desnuda. Prácticamente. O sea, mis piernas eran visibles de arriba abajo, y si alguna vez Tanner me había considerado la orgullosa propietaria de un bonito hueco entre los muslos, ahora ya sabía que se había equivocado. Sin duda se había percatado del fresco que hacía en mi casa, porque la camisola era muy fina y yo ando sobrada por la parte alta.

Cuanto más rato me miraba, más crecía el dilema que me asaltaba. Quería correr al dormitorio y cubrirme con algo de ropa, pero también me gustaba la idea de que mirara a sus anchas.

Sin embargo, mi cuerpo no se parece en nada al de Sydney o Mandie o Brooke. Ni al de Clara Hansen, mi compañera de cuarto de primero. No tengo una cintura minúscula ni un vientre plano, ni mucho menos. Es tirando a cóncavo y, en ese momento, la barriguilla que me asomaba por debajo del ombligo debía de abultar la maldita camiseta. No tengo las caderas estrechas, sino llenas, al igual que el trasero. En otras palabras, jamás me habría paseado de esa guisa delante de un chico. No, me habría paseado con prendas estratégicamente diseñadas para disimular todos los defectos.

Sé, con absoluta certeza, que Tanner jamás se había fijado en mí en el pasado, nunca en el buen sentido, así que esta situación… era nueva.

Noté un cosquilleo en las mejillas, tan intenso como el inquietante calor que me recorría las venas. Carraspeé.

—¿Va…, va todo bien? No ha pasado nada malo, ¿verdad?

Tanner parpadeó y arrastró su mirada de vuelta a mis ojos.

—Sí. ¿Por qué lo preguntas?

Eché una ojeada al piso, desierto por lo demás.

—Hum… ¿Por qué no acostumbras a presentarte en mi casa sin más, tal vez?

—Buena observación. —Levantó una mano y se pasó los dedos por el pelo. La dejó en la nuca y giró la cabeza a un lado—. ¿Puedo entrar un momento? No me quedaré mucho rato. Hoy hago turno de noche.

—Claro.

Presa del desconcierto, pero también de cierta curiosidad, le cedí el paso, pero entonces el nudo de mi estómago aumentó de tamaño. ¿Su visita guardaba relación con algo de la noche anterior? Oh, no. ¿Había hecho una tontería tan grande como para provocar ese inesperado cara a cara?

Me juré no volver a beber nunca.

Tanner esbozó una sonrisa rápida y entró. Mientras yo cerraba la puerta, él dejó caer el brazo. Sin pretenderlo, me fijé en el contorno de su bíceps, que tensaba su camisa.

Me crucé de brazos mientras él se volvía a mirarme.

—¿Quieres beber algo?

Negó con la cabeza y dio media vuelta para dirigirse al sofá. Me fastidia reconocerlo, pero estaba de muerte en pantalón de deporte. Se sentó en el borde y me invitó a sentarme a su lado con unas palmaditas en el almohadón.

—¿Te sientas un momento?

Vale. La pizca de curiosidad se multiplicó, al igual que el nerviosismo. La opresión en el pecho volvió a molestarme. Pasando por delante de él, traté de hacer caso omiso de la incipiente timidez que cobraba fuerza en mi estómago. Deseé con toda mi alma que el trasero no me colgara por debajo de los pantaloncitos. Me senté a su lado y le lancé una mirada rápida, de reojo.

—Y bien, ¿qué pasa?

Unos ojos azules, irreales de tan brillantes, buscaron los míos. Cuando sostuvo la mirada, me capturó. Incapaz de explicarme por qué no podía desviar la vista, me puse nerviosa.

—¿Cómo te encuentras?

—¿Eh?

La sonrisa apareció otra vez y se esfumó a toda prisa.

—Anoche estabas… un poco tocada —me recordó.

—Ah. Sí. —Me ardía la cara cuando me encogí de hombros. Cuando menos no había dicho que estaba como una cuba—. Me encuentro bien. Esta mañana tenía un poco de resaca.

—Ya lo supongo.

Fruncí los labios.

—¿A eso has venido? ¿A preguntarme cómo me encuentro? Porque, si es así, debes de estar muy aburrido. O colocado.

Tanner soltó una carcajada. Su risa grave me derritió las entrañas.

—En realidad quería pasar para asegurarme que habría buen rollo entre nosotros esta semana.

Mis brazos se relajaron y noté su peso en el regazo. Me sentía aliviada, pero no me acababa de fiar.

—¿Y por qué íbamos a tener mal rollo?

Enarcó una ceja.

—¿Va en serio?

Bostecé ostentosamente y me recosté contra el respaldo del sofá.

—Claro.

Me obsequió con otra sonrisa, y pensé que sonreía mucho esa noche. El retazo de un recuerdo raro y confuso se agitó en mi mente. ¿Algo relacionado con sonreír?

—Tú y yo… Bueno, casi nunca congeniamos. —Se interrumpió, como si quisiera escoger las palabras con cuidado—. Y no quiero estropearles el viaje a Kyler y a Sydney, ¿me explico?

Me revolví en el sitio, incómoda.

—Yo nunca haría nada que los fastidiara.

Tanner volvió la mirada, penetrante y turbadora, hacia el televisor.

—Adrede, no.

Intenté fruncir el ceño, pero acabé bostezando nuevamente.

—No pretendo decir que sea cosa tuya. Yo también soy responsable. Sé que hace un par de días te disgustaste por mi culpa —prosiguió, y me quedé como boquiabierta mientras él se frotaba las palmas de las manos contra las rodillas dobladas—. Perdona si…, si herí tus sentimientos.

Yo lo miraba de hito en hito. No podía hacer nada más. ¿Estaba alucinando?

—Siempre estamos de broma y creo que a veces nos pasamos de la raya. Así pues…, sí, solo quería asegurarme de que hay buen rollo entre nosotros. —Me miró e hizo una mueca—. ¿Te encuentras bien?

Parpadeé y me dispuse a decirle que sí, pero le espeté algo totalmente distinto.

—Ni siquiera te acuerdas, ¿verdad? Compartíamos dos clases cuando yo estudiaba primero.

Ahora era Tanner el que estaba estupefacto.

—¿Qué?

Sacudí la cabeza y lamenté haber abierto la boca, pero las palabras tenían voluntad propia esa noche.

—¿Te acuerdas de Clara Hansen?

Las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo.

—La verdad es que no. Y no entiendo a qué viene esto.

¿No se acordaba de Clara? ¿En serio? Hala. En parte estaba enfadada por Clara y en parte contenta, lo que me inquietaba.

—Da igual —dije al cabo de un momento—. Todo irá bien. Me portaré de maravilla.

Tanner me fulminó con la mirada.

—Ni siquiera sé si eso es posible.

Solté una risita. Yo tampoco lo sabía. O sea, confiar en que no nos peleásemos era tan insensato como esperar que yo no saliera corriendo detrás del camión de los helados.

—¿Quién es Clara? —insistió él, y como no le respondí al instante, desvió la vista con los ojos entrecerrados.

Agotada, sentí que me hundía aún más si cabe en el almohadón del sofá.

—¿Sabes? Podrías haberme llamado o enviado un mensaje.

—Es verdad —murmuró él—. Pero me iba de paso. —Se hizo un silencio—. ¿De verdad compartíamos dos clases?

Asentí.

—Ajá.

—¿Estás segura? Me acordaría de ti.

Su manera de decirlo, con el ceño fruncido, no me provocó calorcito y cosquilleos, la verdad. Suspiré. Me costaba concentrarme, pero estaba casi segura de que mi casa no le venía de camino a la estación de bomberos en la que trabajaba. Le observé, sin saber cómo interpretar su gesto.

Tanner abrió la boca para decir algo, pero luego cambió de idea. Aguardó un momento.

—Anoche me besaste.

Se me paró el corazón. Soltó esa pequeña bomba como si nada, como si comentase que pronto darían las diez.

—¿Qué?

—Anoche me besaste, Andy.

Me incliné hacia delante y hacia un lado, para alejarme de Tanner.

—En primer lugar, deja de llamarme así, y en segundo y más importante, eres un mentiroso. No te besé.

Aún no había terminado la frase cuando me di cuenta de que había una posibilidad, horriblemente bochornosa, de que estuviera diciendo la verdad. Al fin y al cabo, yo no recordaba nada de la noche anterior.

Sus ojos adoptaron esa expresión adormilada que tanto me alteraba.

—En primer lugar, no puedo evitarlo. Tengo que llamarte Andy porque sé que en el fondo te gusta, y en segundo y más importante…

Estaba tan a punto de atizarle…

—Me besaste.

Se echó hacia atrás, apoyó un brazo a lo largo del respaldo del sofá y me miró a los ojos.

—Te pusiste de puntillas, me plantaste las manos en los hombros y me besaste.

—No. Ni de coña.

Él asintió.

—Y también me hiciste un bailecito sexy en el bar. Me encantó.

Me levanté a toda prisa, y me tambaleé cuando una especie de mareo se apoderó de mí.

—¡No lo hice!

—Sí, lo hiciste. —Sonrió de medio lado—. Sabías a azúcar y a licor. La mezcla no estaba mal.

—Cállate —le advertí—. Deja de tomarme el pelo.

—¿Y por qué te iba a tomar el pelo con eso?

Buena pregunta.

—Porque eres malo. Por eso.

Enarcó una ceja al oírlo.

—Y, más o menos, me propusiste que me acostara contigo.

—¿Qué? —exclamé, prácticamente gritando—. ¿Cómo se hace para invitar «más o menos» a alguien a acostarse contigo?

—Uf, créeme, tú eres muy capaz. Lo hiciste. —Se inclinó hacia delante y alzó la vista para mirarme—. Te lo digo en serio, si hubieras sido capaz de andar en línea recta y sabido lo que estabas haciendo, habría aceptado sin pensarlo dos veces.

Durante un segundo, mi cerebro quedó pillado en la idea de que hubiera considerado la idea de liarse conmigo. Tanto, que no pude hacer nada más que observarlo de hito en hito. En dos años, jamás se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que Tanner pudiera plantearse compartir conmigo un plan cómodo y calentito, y menos aún un plan sexy y divertido.

—Y también cantaste Story of My Life una y otra vez —añadió—. En plan, durante todo el trayecto a tu casa.

Me crucé de brazos.

—¿Y qué? Es una canción muy buena. One Direction es alucinante. —Me interrumpí—. Espera. ¿De qué conoces esa canción? ¿Escuchas One Direction en secreto?

Se encogió de hombros.

—Soy lo bastante hombre como para reconocer que el tema no está mal.

Negando con la cabeza, reprimí una sonrisa. Y entonces me di cuenta de que no me estaba tomando el pelo y de verdad debí de lanzarme a sus brazos. Borracha. Tan borracha que no recordaba haberlo hecho. Tenía la cara ardiendo cuando retrocedí, tan horrorizada que estuve a punto de tirar la mesita baja. Tenía más objeciones en la punta de la lengua, pero al mirarle —al mirar esa exquisita boca suya— un extraño recuerdo acudió a mi consciencia. Me vi a mí misma de pie en el pasillo, caminando hacia él y haciendo exactamente lo que él afirmaba: ponerme de puntillas para besarlo.

Ay. Señor.

No fastidies.

Ladeó la cabeza.

—¿De verdad no recuerdas nada?

Sin responder, me tapé la cara con las manos y gemí. Solté un «noooo» amortiguado.

Se hizo un silencio. Bajé las manos y miré entre los dedos. Tanner tenía la vista clavada en el suelo, la mandíbula crispada, y parecía un tanto enfadado. Enlacé las manos por debajo de la barbilla.

—Yo… lo siento.

Levantó los ojos.

—¿Lo sientes?

—Siento…, esto…, haberte besado. Y haberte hecho un bailecito.

Una pequeña sonrisa bailoteó en la comisura de sus labios.

—Andy, jamás te disculpes por hacerme un bailecito. Si alguna vez te apetece repetirlo, dímelo.

—Ay, señor.

Rio entre dientes.

—Oye, no es para tanto.

—Pues claro que no.

Me desplomé a su lado, súbitamente agotada.

—No me molestó —dijo en tono desenfadado, pero cuando le eché un vistazo advertí que mostraba una expresión rara. No supe interpretarla—. Podría haber sido peor.

—Me cuesta mucho creerlo —murmuré. No podría volver a mirarlo a los ojos hasta dentro de un año—. Nunca volveré a beber.

Tanner abrió la boca, pero la cerró al instante, y yo pensé que hacía bien. Se hizo otro silencio.

—Bueno, tengo que marcharme. ¿Te importa que vaya al baño un momento?

—Tú mismo. —Levanté el brazo con languidez y señalé la puerta del baño.

Titubeó según empezaba a levantarse, con un rictus de preocupación en los labios.

—¿Te encuentras bien, Andrea?

—Sí. —Lancé una carcajada—. He tomado un somnífero. Solo estoy cansada.

Con una expresión de alerta, clavó los ojos azules en los míos.

—¿Los tomas a menudo?

Encogí un hombro.

—A veces.

—No los mezclarás con alcohol.

Sorprendida, solté una carcajada.

—Pues claro que no —repliqué, y vaya si lo estaba enredando. Los mezclaba en ocasiones, pero era siempre muy cuidadosa. Siempre—. Es que a veces me cuesta dormir. Me los han recetado.

Tanner asintió, se quedó allí parado un momento y empezó a dar la vuelta, pero me miró nuevamente.

—Solo para que lo sepas, si te visiteras así más a menudo, no discutiría tanto contigo.

Abrí los ojos de par en par mientras un agradable cosquilleo me recorría el cuerpo. Puede que Tanner necesitara gafas, pero igualmente… me encantó oír de sus labios lo que me tomé como un cumplido, sobre todo si, como decía, me había arrojado a su brazos la noche anterior. Logré hacerme la interesante, aunque me moría por soltar una risita.

—Degenerado.

Sonrió.

—Y conste que estoy un cien por cien a favor de que te vistas así más a menudo.

Noté un estúpido aleteo en el pecho. No era mi corazón. Debían de ser gases.

—Tomo nota.

Tanner rio entre dientes mientras rodeaba el sofá para encaminarse al baño. Cuando oí el ruido de la puerta al cerrarse, me desplomé de lado y de nuevo me tapé la cara con las manos. Puede… Puede que Tanner Hammond se hubiera fijado en mí.

Tan solo dos años después de la época en que yo quise que lo hiciera.



* * *



Tanner

Vale. Mi mente albergaba ideas que no deberían estar ahí, pero no podía evitarlo.

Mierda, Andrea tenía uno de esos cuerpos que te dejan sin aliento, la clase de cuerpo que te tira de espaldas y te convierte en un memo. No me explicaba cómo no me había dado cuenta antes.

En realidad, sí había notado que tenía las curvas en su sitio, pero no tenía ni idea de que fuera tan… sí, tan. Para nada. Dios mío, ¿los pantaloncitos? ¿La camiseta? El chándal encogió súbitamente según mi mente recreaba la imagen, la finísima tela que apenas le sujetaba los pechos.

Y qué pechos… Santo Dios, en esa rifa le había tocado el premio.

Mientras cerraba la puerta del baño, me percaté de que era un tipo afortunado, porque había piscina en la maldita cabaña y vería a Andrea en traje de baño. Una sonrisa bailoteó en mis labios. En bikini, con un poco de suerte.

No obstante, se había quedado un tanto cortada al verme en su casa y eso me llamaba la atención. Jamás hubiera pensado que Andrea fuera una chica insegura, a juzgar por su fuerte carácter. Pero entonces recordé la tristeza que pareció embargarla la noche anterior y que me había obsesionado durante todo el día. Por otro lado, sabía que la gente tiende a ponerse triste o muy alegre cuando bebe.

Mirando a mi alrededor, se me escapó una sonrisa. El cuarto de baño transpiraba la personalidad de Andrea por los cuatro costados. La cortina de la ducha, fucsia y morada, una alfombrilla azul y el soporte amarillo para el cepillo de dientes, que vi cuando me acerqué a la pila. Nada pegaba con nada. Me lavé las manos y agaché la cabeza para lavarme la cara con agua fría.

Mientras me incorporaba, cerré el grifo y suspiré con fuerza. Andrea tenía razón. Podría haberla llamado o haberle enviado un mensaje, pero quería asegurarme de que se encontraba bien tras la noche pasada. También quería disculparme por las chorradas que le había dicho en casa de Kyler, y necesitaba hacerlo en persona. Y deseaba igualmente sonsacarla, averiguar qué demonios tenía contra mí. Por desgracia, al verla con esos pantaloncitos, había olvidado por completo qué carajo hacía allí. Me había sentido como un chaval quince años. Maldición.

Sin embargo, de verdad no se acordaba de haberme besado la noche anterior. Jo, eso dolía. Se me escapó una risa. Menos mal que tengo un ego del tamaño de una montaña.

Tres minutos más tarde a lo sumo, regresé a la sala, pero cuando miré hacia el sofá no la vi. Frunciendo el ceño, me acerqué por detrás. Entonces enarqué las cejas.

Estaba acurrucada de lado, con las piernas colgando y los brazos recogidos debajo del pecho. El ceño desapareció de mi rostro según me inclinaba por encima del respaldo.

—¿Andrea?

Nada.

Esbocé una sonrisa.

—Eh, ¿Andy? —Alcé la voz—. ¿Nena?

Sus labios se movieron para murmurar algo ininteligible. Se había quedado frita. Sacudiendo la cabeza, me aparté del sofá y miré a mi alrededor. Mis ojos se posaron en la puerta entornada del dormitorio. Podría haberla dejado en el sofá, pero no me parecía bien. Si bien mi madre no perdió los anillos con mi educación, me machacó a fondo con el rollo ese de portarse como un «caballero».

Di media vuelta y me encaminé al dormitorio para encender la lamparilla. La sensación de haber vivido ya ese momento se abatió sobre mí, salvo que Andrea no había bebido esta noche. Viendo la pantalla, cualquiera pensaría que le habían estampado puñeteros diamantes morados con una pistola de silicona. La noche anterior no había reparado en ese detalle. Al ver la cama deshecha, suspiré y alisé las sábanas. Melocotones. Mierda. El edredón emanaba su aroma cuando ajusté la esquina. Andrea siempre olía a melocotones y vainilla.

No curioseé por el cuarto. Ni siquiera sé por qué. Demasiado invasivo después de anoche. Seguía dormida cuando regresé a la sala, y me arrodillé a su lado. Le pasé los brazos por debajo del cuerpo y ella se revolvió.

—Esto empieza a ser una costumbre —dije en voz alta.

—¿Qué…, qué haces? —murmuró.

—Llevarte a la cama.

La levanté a pulso y, según la sostenía junto a mi cuerpo, su cabeza cayó contra mi pecho y sus rizos rojos se desparramaron sobre mi brazo.

—Ni…, ni lo sueñes, colega —respondió.

Se me escapó la risa otra vez y negué con un movimiento la cabeza. Incluso medio dormida, la tía era pura dinamita. La llevé al dormitorio y la dejé en la cama. Como se había despertado, me ayudó más o menos a introducir las piernas bajo el edredón.

Por otro lado, había tomado un somnífero, así que no estaba seguro de que fuera siquiera la verdadera Andrea. ¿Quién narices conocía de verdad a esa chica? Después de dos años, yo apenas si había arañado la superficie, lo sabía. Ni siquiera me había enterado hasta entonces de que le costaba conciliar el sueño. Jamás, ni una sola vez, la había oído mencionarlo, y Syd y Kyler nunca habían comentado nada al respecto.

Me costó horrores retroceder y salir de la maldita habitación, pero no podía reprimir la sonrisa ni negar la emoción que me embargaba al pensar en la semana que teníamos por delante.

Las cosas… Las cosas iban a cambiar entre nosotros.





4


Andrea

Vaya, el viaje prometía ser superincómodo.

Sentada en el Durango de Kyler, a la derecha de Tanner, me sentía como si fuéramos dos niños insoportables obligados a hacer un viaje muy largo en el asiento trasero de un coche. En cuyo caso Kyler y Syd eran nuestros padres. Qué mal rollo.

Llevábamos una hora y media de viaje. Syd estaba enfrascada en su libro electrónico, Kyler tamborileaba con los pulgares en el volante mientras tatareaba la canción que estaba sonando y yo hacía lo posible por no pensar en que había besado a Tanner en plena borrachera. Mordiéndome el labio, me volvía a mirarlo.

Sus ojos azules se clavaron en los míos.

Oh, mierda, ya no estaba dormido. Rápidamente desvié la vista a la ventanilla y me quedé mirando… las laderas verdes que llenaban todo el paisaje.

Tampoco podía dejar de pensar en su visita de la noche anterior: su manera de mirarme cuando le abrí la puerta, como si de verdad le gustase lo que veía. En el cumplido que me soltó antes de ir al baño y en la bochornosa rapidez con que me había dormido en un lapso tan breve. Tanner me había llevado a la cama… en brazos. Por Dios, yo no era una niña pequeña. Su gesto, cuando menos, resultaba chocante… y sexy.

Cuando un camión Mack cargado de troncos adelantó a nuestro todoterreno, intenté no pensar en las películas de la serie Destino final. Claro que mejor eso que los pensamientos que me obsesionaban. Me ponía de los nervios estar tan preocupada por esta historia. Debería dejarme indiferente. Tanner y yo apenas si podíamos considerarnos amigos. Además, tuvo ocasión de estar conmigo en el pasado y la desperdició.

Ni siquiera se acordaba, y también es verdad que yo no hice nada por propiciarla. No llegué a hablarle ni a expresar ningún interés en hacer lo que hace la gente para tener niños, así que…

Tanner me propinó un toque en la rodilla para llamar mi atención. Mis ojos buscaron los suyos.

—¿Qué?

Levantando la mano, me pidió que me acercara con un gesto del dedo.

—Ven aquí.

Noté un vuelco el estómago al oír esa voz grave y ronca. Como no tenía ni idea de lo que pretendía, me incliné hacia el espacio que nos separaba y le acerqué el oído.

—Llevo un rato despierto —me dijo. Su aliento, que bailaba contra mi mejilla, me arrancó estremecimientos—. Así que…

—¿Qué?

No entendía por qué sentía la necesidad de compartir esa información conmigo.

—Te he visto mirarme —cuchicheó, y yo me eché hacia atrás a toda prisa, a punto de negarlo todo, pero su brazo se movió súbitamente. Me rodeó la nuca con la mano para que no me apartara—. No me molesta.

Mi corazón se agitó y luego se paró un instante. ¿Pero qué…? Tragué saliva con dificultad. Eso que me gusta llamar mi «típica respuesta ingeniosa» brilló por su ausencia. Solo pude articular un susurro.

—¿No?

—No. —Jugueteó con mi pelo y me estiró de los bucles de un modo tan delicioso que se me incendió la piel—. Acabo de decidir que no me importa.

—¿Ahora mismo? —musité.

Tanner acercó la cabeza y, cuando habló nuevamente, su aliento acarició mis labios. Se me tensaron los músculos de la zona baja.

—Sí. Hace cosa de dos minutos, en realidad.

Lancé una carcajada queda, de sorpresa.

—Ya. Hace dos minutos.

—Puede que cinco —replicó con sorna, y noté un agradable revuelo en las tripas—. Diez si me apuras mucho.

Estuve a punto de reírme otra vez, pero tenía su boca tan cerca que si me desplazaba, aunque solo fuera un milímetro, nuestros labios se tocarían, y yo necesitaba recuperar el beso de la borrachera. Sus dedos se abrieron paso entre la maraña de mis bucles. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Por primera vez en la vida, me había quedado sin habla.

—Nada de sexo en el asiento trasero —avisó Kyler—. Acabo de limpiar el coche.

La burbuja de nuestro pequeño mundo estalló, y yo me aparté. Hice un gesto de dolor cuando mi pelo quedó atrapado en su mano. Colorada como un tomate, miré hacia delante mientras él extraía los dedos de entre mis rizos.

Kyler me sonrió por el espejo retrovisor.

Le hice la peineta.

Con el corazón desbocado, volví la vista hacia Tanner. Nuestras miradas se encontraron nuevamente y una sonrisa se extendió despacio por sus labios. Inclinándose contra la puerta otra vez, apoyó el brazo contra el respaldo del asiento que compartíamos. Su mirada era intensa, penetrante, como si no me viera por fuera sino por dentro, igual que si quisiera arrancarme todos los secretos. Yo fui la primera en apartar la vista, apabullada.

Syd se había dado la vuelta para saber qué tramábamos en el asiento trasero. Pasó la vista de mí a Tanner y de nuevo a mí. Frunció los labios.

—Vaya, vaya.

Yo no tenía absolutamente nada que decir cuando devolvió la vista al frente y empezó a teclear en la pantalla de su libro electrónico. Nada de nada. Ni siquiera estaba pensando. Miré el cogote de Kyler, incapaz de dar crédito a… nada. El corazón me latió con más fuerza si cabe cuando comprendí una cosa: la semana que teníamos por delante iba a ser interesante.



* * *



Después de lo que se me antojó una eternidad, oí el crujido de la gravilla bajo los neumáticos del Durango. En cuanto el vehículo se detuvo, abrí la portezuela y salí disparada al exterior. Vale. Dejando al margen todas las bromas estúpidas sobre el Virginia Occidental, aquel pedacito de mundo era espectacular y sobrecogedor.

La fragancia de los enormes pinos y olmos perfumaba el ambiente, y si bien el sol de agosto brillaba con una fuerza oprimente, los árboles alejaban lo peor de los rayos y ofrecían una agradable sombra. A través de las frondosas ramas y las verdes agujas, vi una gigantesca estructura de piedra arenisca que estallaba hacia el despejado cielo azul. La montaña centelleaba una pizca con el sol y cada una de las escarpadas cimas me recordó a una enorme mano que tratase de aferrar las nubes.

Syd se reunió conmigo y sonrió al seguir la trayectoria de mi mirada.

—Son las Seneca Rocks. Creo que Kyler quiere acercarse el miércoles o el viernes. Estaremos encantados de que nos acompañes, si te apetece.

Me reí y negué con la cabeza.

—No sé. Yo soy más de tumbarme a tomar el sol que de escalar montañas.

Syd me propinó un toque con la cadera a la vez que miraba a los chicos por encima del hombro. Kyler y Tanner extraían el equipaje del maletero.

—¿Y no serás más de «vamos a ver qué pasa con Tanner»?

Le propiné una palmada en el brazo.

—Eso tampoco y lo sabes.

—No… —Se mordió el labio inferior según se volvió a mirarme—. ¿Sabes?, siempre he pensado que le gustabas.

—Basta —suspiré. Desde que vivía con Kyler, Syd se había aficionado a hacer de casamentera. La noche que salí de sus casa hecha un asco por el comentario de Tanner me reveló estar convencida de que, inconscientemente, estábamos enamorados.

—¿Por qué no? —insistió—. Es el típico romance de patio de colegio. En lugar de estiraros el pelo y propinaros empujones, os chincháis adrede.

—Querría pensar que soy demasiado madura para eso.

Enarcó una ceja oscura.

Yo solté una risita.

—Vale. Puede que no.

—Ya… —arrastró la palabra—. Os habéis acostado alguna vez, ¿verdad?

Mirándola con expresión elocuente, negué con un movimiento de la cabeza.

—Pues… no.

Una expresión de recelo asomó a su semblante.

—Os habéis liado entonces…

—No, no nos hemos liado. —Me reí para mis adentros, porque estaba obviando descaradamente el beso—. ¿Por qué lo piensas? Nunca hemos hecho nada. Te lo habría dicho.

La incredulidad no se borró de su rostro, y me pregunté por qué demonios seguía pensando lo mismo después de tanto tiempo. Ahuyentando la conversación de mi mente, inspiré despacio y sonreí. No se percibía la menor traza de los humos, el olor a sudor y otro tufos que impregnan la ciudad, esa peste a la que acabas por acostumbrarte hasta que llegas a un lugar como este. Aire puro. Dios mío, había olvidado hasta qué punto es agradable respirar.

—Vayamos a ayudarles. —Enlazando su brazo con el mío, Syd devolvió a su nariz las gafas de sol y me arrastró hacia el maletero del coche.

Tanner llevaba una bolsa de deporte colgada al hombro. No entiendo cómo se las arreglan los chicos para meter el equipaje de una semana en una bolsa que yo podría usar de bolso. Con la otra mano sujetaba mi maleta rosa con lunares morados.

Me zafé de Syd y me acerqué a él.

—No hace falta que la lleves. —Alargué la mano hacia mi maleta.

—Tranquila. —Se volvió a mirarme y me vi reflejada en sus gafas de sol estilo aviador. Maldita sea, le sentaban de muerte. Parecía un apuesto piloto de la Fuerza Aérea.

—Yo la llevo —insistí, mientras Kyler rodeaba el todoterreno. Syd caminaba tras él, cargada con un montón de bolsas de plástico.

Sonriendo, Tanner retrocedió para evitar mis intentos de arrebatarle mi maleta.

—Coge las bolsas que quedan. Yo me encargo de esto. —Me esquivó nuevamente.

Habíamos pasado por el supermercado del pueblo y llevábamos en el portamaletas provisiones suficientes para alimentar a un regimiento. Extrayendo dos bolsas del maletero, observé a Tanner con recelo.

—¿Estás buscando un revolcón o algo así? Porque entiendo que te va a costar mucho pasar una semana sin sexo.

Tanner se detuvo y se volvió a mirarme. Una ceja asomó por el borde superior de sus gafas.

—Venga ya, Andy. En una situación como esta no hace falta esforzarse mucho.

Fruncí el entrecejo mientras caminaba hacia él.

—¿Se puede saber que pretendes decir con eso?

Agachó la cabeza para colocarla a la altura de mis ojos. Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa y bajó la voz para que solo yo pudiera oírle.

—Si quisiera algo contigo, lo tendría.

Aluciné pepinillos. Abriendo la boca hasta el suelo, resoplé una carcajada.

—Vaya humos que te gastas.

Encogió un solo hombro.

—No, solo es autoconfianza.

Lancé un bufido.

—O un caso grave de autoengaño.

Él rio entre dientes mientras yo acomodaba las bolsas entre mis brazos.

—Hagamos una apuesta, Andy.

—Deja de llamarme así —le espeté, pero me odié a mí misma, con toda el alma, al notar el tono alterado de mi voz. Me entraron ganas de arrancármelo a golpes. O de golpearlo a él. Sí, atizarle a él sería más apropiado—. Y, para que lo sepas, yo no apuesto contigo.

Lo adelanté y me alejé hundiendo con fuerza mis sandalias en la gravilla. Había dado unos cuantos pasos cuando dijo:

—Porque sabes que perderías.

Me detuve tan súbitamente que estuve a punto de tropezar conmigo misma. Estaba flipando. No creía lo que oía.

—¿Perdona?

Cuando Tanner me adelantó, sus andares y su sonrisa transpiraban chulería por los cuatro costados.

—Ya me has oído. Sabes perfectamente que, para cuando nos marchemos de esta cabaña, me habré colado en tu cama.





5


Tanner

Las mejillas de Andrea hacían juego con sus rizos, y la imagen me pareció…, me pareció adorable. Y conste que yo no iba del palo ñoño. O, cuando menos, no hasta ahora. Ahora estaba metido hasta las cejas en ese rollo…, en el palo ñoño tipo Andrea.

Sabía muy bien que es de idiotas decir las cosas que le había dicho, pero me daba igual. No me arrepentía. Ni una pizca. Según me encaminaba a las escaleras del porche, comprendí que mi actitud no hablaba muy bien de mí.

Y me mentiría a mí mismo si dijera que no sabía lo que estaba suscitando, porque lo sabía. Sabía perfectamente lo que había iniciado, pero no tenía pensado una estrategia para lo que pudiera pasar después. Vete a saber. Y yo siempre tengo pensada una estrategia.

O, dicho de otro modo, un plan de fuga.

Yo era el típico chico que pasa de las relaciones. Todo el mundo lo sabía. No digo que fuera una norma inamovible, pero jamás me metía en nada serio a menos que lo tuviera muy claro. Algo increíblemente raro había pasado entre el viernes por la noche y esta mañana, porque me daba cuenta de que deseaba ir por ese camino con Andrea, aunque no me explicaba qué lo había provocado exactamente ni por qué tenía que ser ella. ¿Por qué no Brooke o Mandie? ¿O Lea? Estando con ellas nunca había tenido ganas de estampar la cabeza contra la pared, mientras que Andrea me sacaba de mis casillas una y otra vez.

Mierda. Cierta idea sí tenía, para ser sincero. Andrea tenía respuesta para todo. Era lista y, cuando no me estaba fastidiando, podía ser muy divertida. Y en ciertos momentos no había otra más dulce que ella, y no solo cuando estaba a punto de dormirse. Nada de eso era nuevo, pero ¿por qué ahora?

Sinceramente, no tenía ni idea.

—Madre mía —se admiró Andrea, con la mirada clavada en la cabaña, mientras remontaba las escaleras al porche que discurría alrededor de la casa—. ¿Cómo habéis encontrado este sitio?

Subí hasta llegar a su altura y ella se detuvo a mi lado. A juzgar por la inmensa puerta de hierro forjado y el enorme ventanal que recorría la fachada del suelo al techo, la cabaña de cedro era un casoplón. Era tan grande que habría podido albergar a todo un equipo de fútbol con comodidad, si bien me alegraba de no tener que luchar a brazo partido por la atención de Andrea esa semana.

—Mi madre conoce al propietario —respondió Kyler al mismo tiempo que introducía la llave en la cerradura. Su madre dirigía una conocida empresa de restauración, de ahí que tuviera contactos alucinantes—. Ha sido un golpe de suerte.

—Ya te digo. —Andrea sonrió y me miró brevemente. Yo esperaba que su expresión mudase en una de sus miradas asesinas, pero la sonrisa alcanzó sus ojos y los caldeó—. Estoy deseando ver el interior.

Cuando Kyler abrió las puertas, nos envolvió una corriente de aire frío. Andrea enarcó las cejas al ver que le cedía el paso, a lo que yo respondí con una sonrisa. Cruzó el umbral sacudiendo la cabeza con aire de paciencia infinita.

Se detuvo tan en seco que estuve a punto de estamparme contra su espalda, y no en plan de broma.

—Perdona —murmuró, y se desplazó a la derecha. Una expresión de asombro cruzó su bonito rostro cuando contempló los altos techos, las vigas vistas, los enormes ventiladores y las claraboyas del salón. Yo no me podía creer que, teniendo su familia tanto dinero, fuera la primera casa increíblemente espectacular que veía.

Habría apostado a que se había criado en un sitio parecido.

—Es preciosa. —Volvió la sonrisa hacia Sydney—. Hala.

—Y aún no has visto el resto. La madre de Kyler nos envió fotos. Hay una sala al otro lado de la cocina, y una galería. Cinco dormitorios arriba, tres con baño privado.

—Y una sala de juegos en el sótano, con todo lo que os podáis imaginar —añadió Kyler.

Eso me interesó.

Entramos en una estancia que no creo que sirviera para nada más que para impresionar. Con sus muebles de mimbre blanco y abultados almohadones que parecían recién comprados, apostaría algo a que nadie la había usado nunca. Las escaleras que llevaban al primer piso se encontraban a la izquierda, junto a la entrada de la cocina, y, cielos, la cocina era más grande que la de mi madre y su salón juntos.

Andrea contempló el ventilador de acero inoxidable que pendía del techo, sobre los fogones de gas.

—Declaro mía esta cocina.

Dejando el equipaje en el suelo, me desplacé las gafas de sol hacia la frente.

—¿Sabes cocinar?

Me miró largo y tendido.

—Sí. Sé hacer muchas cosas, además de beber litros y litros de alcohol.

Por lo general, habría replicado con una respuesta tan sarcástica como la suya, pero me contuve. Merecía un premio por ello.

—¿Y qué me vas a preparar para cenar?

—¡Ja! —rio, al mismo tiempo que depositaba las provisiones sobre la encimera—. Sigue soñando. Eso no va a pasar.

Sonriendo, Sydney se reunió con Andrea y la ayudó a extraer las compras de los paquetes.

—Mala suerte, Tanner, porque Andrea cocina de maravilla.

—Sí. —Ella guardó un gran paquete de ternera picada en la nevera—. Es verdad.

Recostado contra la encimera, cerca del fregadero, Kyler echó mano de una botella de agua de las compras que su novia intentaba llevar al frigorífico.

—Prepara una lasaña de muerte.

Fruncí el ceño.

—¿Te ha preparado lasaña?

Kyler agitaba la botella con una mano.

—Sí, señor.

—Ya te digo —murmuré, presa de unos… celos extraños.

Mirándome por encima del hombro, Andrea soltó una risita.

—Te arrepientes de no haberme tratado mejor, ¿eh? —Me dio la espalda otra vez para guardar el lote de cervezas en el estante inferior de la nevera—. Si lo hubieras hecho, ahora lo sabrías todo sobre mi lasaña.

—A mí me interesa otra clase de lasaña —rezongué por lo bajo.

Ella se quedó de piedra.

—¿Qué?

—Nada. Solo estaba carraspeando. —Hice caso omiso de la mirada atónita de Kyler y recogí el equipaje—. Pero ¿sabes qué? Tengo tus cosas, así que voy a escoger tu habitación.

Ella se dio media vuelta, con los brazos en jarras.

—No vas a escoger mi habitación.

—Ya lo creo que sí.

Retrocedí un paso y esperé. Sydney y Kyler intercambiaron una mirada.

Andrea entornó los ojos.

Nuestras miradas chocaron. En ese momento, di media vuelta y salí corriendo hacia las escaleras, sin intentar siquiera reprimir la sonrisa cuando la oí maldecir. Me comportaba como un chaval de catorce años que trata desesperadamente de llamar la atención. Y así era. Deseaba captar la atención de Andrea, es verdad. Igual que un niño con un juguete nuevo, no quería compartirla con Kyler y Sydney. Un segundo más tarde, corría tras de mí.

—Yo elegiré mi habitación —insistió.

—Eso dices tú.

Remonté las escaleras a paso rápido.

Ella gimió.

—Eres un borrico. Y tienes las piernas demasiado largas. Y andas demasiado deprisa.

Me reí según llegaba al rellano. Cuando miré hacia abajo, descubrí que todavía le llevaba ventaja.

—Si tienes las piernas cortas, no es culpa mía.

—Yo no tengo las piernas cortas. —Por fin me alcanzó. Tenía las mejillas enrojecidas—. Es que tus piernas son más largas de lo normal. Tienes piernas de bicho raro.

—Ya sabes lo que dicen de las piernas largas…

Adoptó una expresión exasperada.

—Nadie dice eso de las piernas largas.

—La gente que yo conozco, sí. —Me detuve ante la primera puerta y la empujé con el codo. Al otro lado apareció un enorme dormitorio con una cama que ofrecía espacio de sobras para los cuatro. Enfrente de la cama, un televisor gigante colgaba del techo—. Este debe de ser el principal.

—Mejor se lo dejamos a Syd y a Kyler. —Andrea cerró la puerta y correteó hacia delante para abrir la puerta siguiente. Yo no vi el interior, pero ella resopló y volvió a cerrar. Reaccionó igual con la siguiente, y supongo que a la tercera va la vencida, porque lanzó un gritito y abrió la puerta de par en par—. Este es el mío.

La seguí al interior enarcando las cejas y tuve que inclinarme ante ella. Tenía buen gusto. La cama era grande, pero no tanto como la del dormitorio de matrimonio. Estaba decorado al estilo rústico: vigas vistas en el techo, paredes forradas de madera pintada de gris.

Se adentró en la habitación y dejó un bolso del tamaño de un bebé en la silla que había en una esquina. Sin perder un minuto, se encaminó hacia una puerta grande y blanca. Cuando la abrió, batió las palmas.

—Ay, Dios mío. Qué baño. Viviría aquí dentro.

Tras depositar la maleta sobre un viejo baúl de madera que descansaba junto a la puerta, dejé caer mi bolsa al suelo, que aterrizó con un golpe sordo, y la seguí al cuarto de baño.

—Maldita sea. —Me apoyé contra la jamba—. Podrías dormir en esa bañera.

—¡Desde luego que sí! A lo mejor lo hago.

Se volvió y me miró sonriendo de oreja a oreja.

Noté una opresión en el pecho que me obligó a erguir la espalda. Mientras tanto, ella bailoteaba por el baño.

—La bañera tiene patas. Nunca he usado una de estas ni había visto ninguna tan grande. Le dan un aire como… romántico —comentó en tono soñador.

Yo no respondí. Andrea abrió otra puerta.

—Ah, las otras dos habitaciones deben de compartir este baño. —Cerrando la puerta, pasó por mi lado para volver al dormitorio. Dejó tras de sí una estela que olía a melocotón, como un señuelo—. Esta casa es preciosa. La madre de Kyler tiene buen gusto.

—Sí. —Bajo mi atenta mirada, se acercó a un espejo de cuerpo entero. Como es natural, me fijé en el gesto con que los ceñidos vaqueros abrazaban su sinuoso trasero. Tampoco le faltaba nada en ese aspecto.

Negando con la cabeza, di media vuelta y me encaminé al banco que había a los pies del lecho. Volví la vista hacia ella. Andrea enarcó las cejas. Yo me tiré en la cama y desplegué brazos y piernas. Apenas tuve que esperar tres segundos antes de que Andrea reaccionara.

—¿Qué haces?

—Ponerme cómodo. —Enlacé las manos por debajo de la cabeza mientras ella se quedaba petrificada delante de un tocador—. La cama no está nada mal.

—Es mi cama.

—No, no lo es. Pertenece al dueño de esta casa —argüí para chincharla.

—No me digas, Sherlock, gracias por la aclaración. —Echó un vistazo a la puerta abierta antes de buscar mis ojo