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Todos somos villanos

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Year:
2020
Publisher:
Umbriel
Language:
spanish
File:
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1

Los tres paraísos

Year:
2021
Language:
spanish
File:
EPUB, 1.09 MB
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2

Carta a mis nietas

Year:
2015
Language:
spanish
File:
EPUB, 542 KB
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Traducción de Julieta María Gorlero





			Argentina • Chile • Colombia • España

Estados Unidos • México • Perú • Uruguay





Título original: If We Were Villains

			Editor original: Flatiron Books

			Traducción: Julieta María Gorlero

			1.ª edición: enero 2020

			Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos de esta novela son producto de la imaginación de la autora o son empleados como entes de ficción. Cualquier semejanza con personas vivas o fallecidas es mera coincidencia.

			Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

			Copyright © 2017 by M. L. Rio

			All Rights Reserved

			© de la traducción 2019 by Julieta María Gorlero

			© 2020 by Ediciones Urano, S.A.U.

			Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid

			www.umbrieleditores.com



			ISBN: 978-84-17780-90-6



			Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.





Para los raros y maravillosos actores dramáticos a quienes tengo la fortuna de llamar mis amigos (os prometo que no se trata de vosotros).





ACTO I





Prólogo

			Estoy sentado con las muñecas esposadas a la mesa y pienso: Si no tuviese prohibido revelar los secretos de la prisión que habito, podría contarte una historia cuya palabra más leve bastaría para atormentar tu alma. El guardia está de pie junto a la puerta, observándome como si estuviese esperando a que ocurra algo.

			Entra Joseph Colborne. Ya es un hombre canoso, tiene casi cincuenta. Ha sido sorprendente observar, cada pocas semanas, cuánto ha envejecido; y ha ido envejeciendo un poco más cada pocas semanas durante diez años. Se sienta frente a mí, cruza las manos y dice:

			—Oliver.

			—Joe.

			—He oído que la audiencia de libertad condicional fue ; a tu favor. Enhorabuena.

			—Te lo agradecería si creyera que lo dices en serio.

			—Sabes que creo que no deberías estar aquí.

			—Eso no quiere decir que creas que soy inocente.

			—No. —Suspira, observa su reloj (el mismo que ha usado desde que nos conocemos) como si lo estuviera aburriendo.

			—Y bien, ¿por qué has venido? —pregunto—. ¿Por la misma razón quincenaria?

			Sus cejas forman una línea negra fina.

			—Podrías decir «quincenal», maldita sea.

			—Puedes sacar a un muchacho del teatro… o alguna de esas frases.

			Niega con la cabeza, entretenido e irritado a la vez.

			—¿Entonces? —insisto.

			—Entonces, ¿qué?

			—«La horca hace bien. Pero ¿cómo hace bien? Hace bien a aquellos que hacen el mal» —respondo, decidido a merecer su irritación—. ¿Por qué has venido? A estas alturas, ya deberías saber que no te diré nada.

			—En realidad —dice—, esta vez quizás pueda hacerte cambiar de opinión.

			Me siento más derecho en mi silla.

			—¿Cómo?

			—Me retiro de la fuerza. Me he vendido, he aceptado un trabajo en seguridad privada. Tengo que pagar la educación de mis hijos.

			Por un momento, tan solo lo miro. Siempre imaginé que, para verlo dejar la jefatura, a Colborne tendrían que ponerlo a dormir como a un viejo perro rabioso.

			—¿Y por qué me persuadiría eso? —pregunto.

			—Todo lo que digas será estrictamente confidencial.

			—Entonces, ¿para qué te molestas?

			Suspira otra vez y se hacen más profundas todas las arrugas de su cara.

			—Oliver, ya no me interesa repartir castigos. Alguien ha cumplido la condena y, en nuestra profesión, rara vez conseguimos esa satisfacción. Pero no quiero jubilarme y pasar los próximos diez años preguntándome qué ocurrió en realidad diez años atrás.

			No digo nada al comienzo. Me gusta la idea, pero no confío. Echo un vistazo alrededor, a los lúgubres bloques de hormigón, a las pequeñas cámaras de video negras que espían desde cada esquina, al guardia con su mentón prominente. Cierro los ojos, respiro hondo e imagino la frescura de Illinois en primavera, cómo será salir al aire libre después de inhalar el aire viciado de la prisión durante un tercio de mi vida.

			Cuando exhalo, abro los ojos y Colborne me está observando detenidamente.

			—No sé —respondo—. Saldré de aquí de una forma u otra. No quiero arriesgarme a volver. Parece más seguro dejar las cosas como están.

			Sus dedos tamborilean contra la mesa.

			—Dime —insiste—. ¿No te ha pasado alguna vez que, acostado en tu celda, mirando el techo y preguntándote cómo terminaste aquí dentro, no pudieras dormir porque no podías dejar de pensar en aquel día?

			—Me pasa todas las noches —digo, sin sarcasmo—. Pero ¿sabes cuál es la diferencia, Joe? Para ti fue solo un día y después, lo mismo de siempre. Para nosotros fue ese día y todos y cada uno de los días que vinieron después. —Me inclino hacia adelante, apoyado en mis codos, de modo que mi cara queda solo a unos pocos centímetros de la suya y puede escuchar cada palabra cuando bajo la voz—. Debe carcomerte el no saber. No saber quién, no saber cómo, no saber por qué. Pero tú no lo conocías.

			Hace un gesto extraño, como de asco, como si me hubiese vuelto extremadamente feo y le costara mirarme.

			—Has mantenido tus secretos todo este tiempo —comenta—. Eso volvería loco a cualquiera. ¿Por qué lo haces?

			—Porque quise.

			—¿Aún quieres?

			Mi corazón se siente pesado en mi pecho. Los secretos son cargas pesadas como el plomo.

			Me inclino hacia atrás. El guardia mira sin inmutarse, como si fuésemos dos extraños que hablan en otro idioma y nuestra conversación fuera lejana e insignificante. Pienso en los otros. Nosotros, en otra época. Hicimos cosas retorcidas, pero también eran necesarias, o al menos eso parecía. Mirando atrás, años después, no estoy tan seguro de que lo fueran y ahora me pregunto: ¿cómo podría explicárselo todo a Colborne, los pequeños giros y vueltas, el éxodo final? Estudio su cara franca, con expresión vaga, sus ojos grises, que parecen alados ahora por las patas de gallo, pero cristalinos y brillantes como siempre.

			—Está bien —cedo—. Te contaré una historia. Pero debes entender algunas cosas.

			Colborne se queda inmóvil.

			—Soy todo oídos.

			—Primero, comenzaré a hablar después de salir de aquí, no antes. Segundo, esto no puede volverse en mi contra ni en contra de nadie, nada de doble enjuiciamiento. Y, por último, esto no es una disculpa.

			Espero alguna clase de respuesta por su parte, un gesto con la cabeza o una palabra, pero solo me mira y parpadea, en silencio y estoico como una esfinge.

			—¿Y bien, Joe? —pregunto—. ¿Puedes vivir con eso?

			Me ofrece el frío atisbo de una sonrisa.

			—Sí, creo que sí.





I


			La época: septiembre de 1997, mi cuarto y último año en el Conservatorio Clásico Dellecher. El lugar: Broadwater, Illinois, un pequeño pueblo casi sin importancia. Hasta entonces, había sido un otoño cálido.

			Entran los personajes. Éramos siete en ese entonces, siete criaturas jóvenes con futuros enormes y valiosos ante nosotros, aunque no veíamos más allá de los libros que teníamos frente a nuestras narices. Estábamos siempre rodeados de libros y palabras y poesía, todas las intensas pasiones del mundo contenidas en cuero y papel vitela. (A esto culpo, en parte, por lo que pasó). La biblioteca del Castillo era una espaciosa habitación octagonal con paredes cubiertas de estanterías, abarrotada de muebles viejos y ostentosos, donde siempre hacía un calor soñoliento, proveniente de una colosal chimenea que ardía casi de forma constante, sin importar la temperatura que hiciera fuera. El reloj en la repisa del hogar tocó las doce y todos comenzamos a estirarnos, uno por uno, como siete estatuas que cobran vida.

			—«Es ya la medianoche» —dijo Richard. Estaba sentado en la silla más grande, como si fuera un trono, con sus largas piernas estiradas y los pies sobre la chimenea. Tres años de interpretar reyes y conquistadores le habían enseñado a sentarse así en cualquier silla, encima del escenario o fuera de él—. Y para mañana a las ocho en punto, tendremos que habernos convertido en inmortales. —Cerró su libro de un golpe.

			Meredith, acurrucada como un gato en un extremo del sillón (mientras que yo estaba despatarrado como un perro en el otro), jugaba con un mechón de su largo cabello cobrizo cuando preguntó:

			—¿A dónde vas?

			Richard: «Agotado de andar, me apresuro a mi lecho…».

			Filippa: Haznos el favor.

			Richard: Tengo que levantarme temprano y esas cosas.

			Alexander: Lo dice como si estuviera preocupado.

			Wren, que estaba sentada sobre un almohadón con las piernas cruzadas frente a la chimenea y sin darse cuenta de que los otros discutían, preguntó:

			—¿Todos habéis elegido vuestras piezas? No logro decidirme.

			Yo: ¿Qué hay de Isabella? Tu Isabella es excelente.

			Meredith: Medida es una comedia, tonto. La audición es para Julio César.

			—No sé para qué es la audición. —Alexander, que estaba echado sobre la mesa, holgazaneando en la oscuridad del fondo de la habitación, levantó la botella de whisky escocés que había al lado de su brazo. Volvió a llenar su vaso, bebió un enorme trago y miró al resto de nosotros con una mueca en la boca—. Yo podría seleccionar el reparto para la maldita cosa ahora mismo.

			—¿Cómo? —pregunté—. Yo nunca sé dónde aterrizaré.

			—Eso es porque siempre te seleccionan al final —respondió Richard—, para el papel que haya quedado.

			—Vaya —comentó Meredith—. ¿Eres Richard hoy o Dick, el Cretino?

			—Ignóralo, Oliver —aconsejó James. Estaba sentado solo en el rincón más lejano, reacio a levantar la vista de su cuaderno. Siempre fue el estudiante más serio de nuestro curso, lo que (probablemente) explicaba por qué también era el mejor actor y (ciertamente) por qué nadie lo odiaba por eso.

			—Veamos. —Alexander había sacado un fajo de billetes de diez dólares de su bolsillo y los contaba en voz alta sobre la mesa—. Tengo cincuenta dólares.

			—¿Para qué? —preguntó Meredith—. ¿Quieres un baile privado?

			—¿Por qué preguntas? ¿Quieres practicar para después de que te gradúes?

			—¡Bésame el culo!

			—Solo si me lo pides bien.

			—¿Para qué son los cincuenta dólares? —pregunté, ansioso por interrumpir. Meredith y Alexander eran, de lejos, los más groseros de nosotros siete y sentían una especie de orgullo perverso cuando se superaban uno al otro al lanzarse groserías. Si los dejábamos, seguían toda la noche.

			Alexander dio unos golpecitos a la pila de billetes de diez con su largo dedo.

			—Apuesto cincuenta dólares a que puedo decir el reparto ahora mismo sin equivocarme.

			Cinco de nosotros intercambiamos miradas curiosas; Wren aún tenía el ceño fruncido y los ojos centrados en el fuego de la chimenea.

			—Muy bien, te escuchamos —anunció Filippa y dejó escapar un suspiro breve y lánguido, como si la curiosidad la hubiese traicionado.

			Alexander se quitó sus rebeldes rizos negros de la cara y dijo:

			—Bueno, obviamente Richard será César.

			—¿Porque en secreto todos queremos matarlo? —preguntó James.

			Richard alzó una sola ceja oscura.

			—¿Et tu, Brute?

			—Sic semper tyrannis —respondió James y arrastró la punta de su lapicero a lo ancho de su garganta, como si fuera una daga. Así siempre a los tiranos.

			Alexander fue señalándolos uno por uno.

			—Exactamente —dijo—. James será Bruto, porque siempre es un buen tipo, y yo seré Casio, porque siempre soy el malo. Richard y Wren no pueden estar casados, porque eso sería desagradable, así que ella será Porcia, Meredith será Calpurnia y Pip, tú terminarás travestida otra vez.

			Filippa, a quien era más difícil darle un papel que a Meredith (la mujer fatal) o Wren (la ingenua), no le quedaba otra que vestirse de hombre cada vez que nos quedábamos sin buenos papeles femeninos (lo que era común en el teatro shakesperiano).

			—Matadme —dijo.

			—Esperad, ¿eso dónde me deja? —intervine yo, probando, en efecto, la hipótesis de Richard de que siempre me tocaban las sobras en el proceso de audiciones.

			Alexander me observó con ojos entrecerrados, barriendo sus dientes con su lengua.

			—Probablemente como Octavio. —Decidió—. No te pondrán como Antonio. No te ofendas, es solo que no eres lo bastante llamativo. Será ese insufrible estudiante de tercero, ¿cómo se llama?

			Filippa: ¿Richard Segundo?

			Richard: Graciosísimo. No, Colin Hyland.

			—Maravilloso. —Bajé la mirada al texto de Pericles que estaba releyendo por lo que parecía la centésima vez. Con tan solo la mitad de talento que el resto, yo parecía destinado a interpretar roles secundarios en las historias de los demás. Me había preguntado demasiadas veces si era el arte el que imitaba a la vida o al revés.

			Alexander: Cincuenta dólares a que ese será el elenco exactamente. ¿Alguien apuesta?

			Meredith: No.

			Alexander: ¿Por qué no?

			Filippa: Porque sucederá precisamente eso.

			Richard lanzó una risotada y se levantó de su silla.

			—Ojalá sea así. —Avanzó hacia las escaleras y, en el camino, se inclinó hacia adelante para pellizcar una de las mejillas de James—. «Buenas noches, dulce príncipe…».

			James apartó la mano de Richard de un golpe con su cuaderno, luego desapareció detrás de este otra vez. Meredith imitó la risa de Richard y añadió:

			—«¡Eres tan pendenciero como nadie en Italia!».

			—«Una maldición sobre ambas casas» —murmuró James.

			Meredith se estiró —con un gemido breve, sugestivo— y se levantó del sillón.

			—¿Vienes a la cama? —preguntó Richard.

			—Sí. Alexander ha hecho que todo este trabajo pareciera en vano. —Dejó sus libros desparramados en la mesa de café frente al fuego, junto a su copa de vino vacía, a cuyo borde se aferraba una medialuna de pintalabios—. Buenas noches —dijo a la habitación en general—. Buena suerte. —Y desaparecieron juntos por el pasillo.

			Me froté los ojos, que comenzaban a arder por el esfuerzo de leer sin parar durante horas. Wren arrojó su libro hacia atrás por encima de su cabeza y me sobresalté cuando aterrizó justo a mi lado en el sillón.

			Wren: A la mierda con esto.

			Alexander: Así me gusta.

			Wren: Interpretaré a Isabella y listo.

			Filippa: Solo vete a dormir.

			Wren se puso de pie lentamente, parpadeando contra la vestigial luz del fuego.

			—Lo más probable es que no pueda dormir y termine recitando líneas toda la noche —reveló.

			—¿Quieres venir a fumar? —Alexander había terminado su whisky (otra vez) y estaba montando un porro sobre la mesa—. Quizás te ayude a relajarte.

			—No, gracias —respondió ella, ya vagando por el pasillo—. Buenas noches.

			—Como quieras. —Alexander empujó su silla hacia atrás, con el canuto en la comisura de la boca—. ¿Oliver?

			—Si te ayudo a fumar eso, me levantaré sin voz mañana.

			—¿Pip?

			Empujó sus gafas hacia arriba, hasta su pelo, y tosió con suavidad para probar su garganta.

			—Dios, eres una pésima influencia —respondió—. Vamos.

			Él asintió, ya estaba a mitad de camino de la puerta, con las manos enterradas en los bolsillos. Los observé irse, con un poco de envidia, luego me desplomé contra el brazo del sillón. Luché para centrarme en mi texto, que estaba tan violentamente comentado con notas que ya casi era ilegible.

			Pericles: ¡Adiós, Antioquía! La sabiduría ve que quienes

			no dudan en cometer actos más oscuros que la noche

			no dudan tampoco en ocultarlos.

			También sé que un pecado llama al siguiente;

			y que el asesinato y la lujuria son parientes.

			Murmuré esas últimas dos líneas para mí. Las sabía de memoria, las había aprendido hacía meses, pero el temor a olvidar una palabra o una frase en mitad de mi audición me carcomía de todas formas. Miré al otro lado de la habitación, a James, y dije:

			—¿Te has preguntado alguna vez si Shakespeare se sabía estos discursos tan bien como nosotros?

			Apartó la mirada del verso que estaba leyendo, levantó la cabeza y dijo:

			—Todo el tiempo.

			Esbocé una sonrisa, al sentirme lo bastante reivindicado.

			—Bueno, me rindo. La verdad es que no estoy consiguiendo nada.

			Él miró su reloj.

			—Creo que yo tampoco.

			Me levanté del sillón y seguí a James por la escalera de caracol hasta la habitación que compartíamos, que estaba directamente encima de la biblioteca y era la más alta de las tres habitaciones que había en una pequeña columna de piedra comúnmente llamada la Torre. Antes la usaban solo como ático, pero a finales de los 70, se deshicieron de las telarañas y el desorden para conseguir más espacio para los estudiantes. Veinte años después, nos albergaba a James y a mí, dos camas con mantas de Dellecher, dos enormes armarios antiguos y un par de estanterías de distinto juego que eran demasiado feas para poner en la biblioteca.

			—¿Crees que todo saldrá como dice Alexander? —pregunté.

			James se quitó la camisa y su pelo quedó desgreñado en el proceso.

			—Para mí, es todo demasiado predecible.

			—Jamás nos sorprenden.

			—Frederick me sorprende todo el tiempo —comentó—. Pero Gwendolyn tendrá la última palabra, como siempre.

			—Si dependiera solo de ella, Richard haría todos los papeles de hombre y la mitad de las mujeres.

			—Lo que dejaría a Meredith con la otra mitad. —Presionó la base de sus manos contra sus ojos—. ¿Cuándo es tu lectura mañana?

			—Justo después de Richard. Y a Filippa le toca después de mí.

			—Y yo voy después de ella. Dios, me siento mal por ella.

			—Sí —respondí—. Es asombroso que no haya dejado el conservatorio.

			James frunció el ceño, pensativo, mientras se contoneaba para quitarse los vaqueros.

			—Bueno, es un poco más fuerte que el resto de nosotros. Quizás sea por eso que Gwendolyn la atormenta.

			—¿Solo porque puede resistirlo? —pregunté, arrojando mi propia ropa en una pila en el suelo—. Eso es cruel.

			James encogió los hombros.

			—Así es Gwendolyn.

			—Si pudiera elegir, yo daría la vuelta a todo —comenté—. Haría que Alexander interpretara a Julio César y Richard a Casio.

			Plegó su manta hacia atrás y preguntó:

			—¿Yo sigo siendo Bruto?

			—No. —Le lancé un calcetín—. Tú eres Marco Antonio. Por una vez, me toca ser el personaje principal.

			—Ya llegará el momento de que seas el héroe trágico. Solo espera a la primavera.

			Levanté la vista del cajón que estaba revolviendo.

			—¿Frederick te ha estado contando secretos otra vez?

			Se acostó y puso las manos detrás de su cabeza.

			—Puede que haya mencionado Troilo y Crésida. Tiene una idea fantástica: hacer la obra como una guerra de sexos. Todos los troyanos son hombres, todos los griegos son mujeres.

			—Es una locura.

			—¿Por qué? La obra trata sobre el sexo tanto como sobre la guerra —sostuvo—. Gwendolyn querrá que Richard sea Héctor, obviamente, pero eso te convierte en Troilo.

			—¿Y por qué demonios no serías tú Troilo?

			Se movió, arqueó la espalda.

			—Quizás haya mencionado que me gustaría tener un poco más de variedad en mi currículum.

			Lo miré con fijeza, sin saber si debía sentirme insultado.

			—No me mires así —soltó, con un dejo de reproche en la voz—. Él estuvo de acuerdo en que todos necesitamos librarnos de nuestros encasillamientos. Estoy harto de interpretar tontos enamorados como Troilo y estoy seguro de que estás harto de ser el segundón.

			Me dejé caer de espaldas sobre la cama.

			—Sí, probablemente tengas razón. —Dejé que mis pensamientos vagaran un momento y luego dejé salir una risotada.

			—¿Qué es tan gracioso? —preguntó James, estirándose para apagar la luz.

			—Tendrás que ser Crésida —le dije—. De nosotros, eres el único lo bastante guapo.

			Nos quedamos acostados ahí, riendo en la oscuridad, hasta que el sueño nos llevó y nos dormimos profundamente, sin forma alguna de saber que estaba a punto de abrirse el telón de un drama de nuestra propia autoría.





II


			El Conservatorio Clásico Dellecher ocupaba unas veinte hectáreas de tierra en el extremo oriental de Broadwater, y los límites de ambos se superponían de tal forma que con frecuencia era difícil saber dónde terminaba el campus y dónde empezaba la ciudad. A los estudiantes de primer año se les asignaba una residencia en un grupo de edificios de ladrillo en la ciudad, mientras que los de segundo y tercero estaban apiñados en la Residencia y el puñado de estudiantes de cuarto año eran ubicados en extraños rincones aislados en el campus o debían arreglárselas por su cuenta. Nosotros, los estudiantes de teatro de cuarto año, vivíamos en el extremo más alejado del lago, en lo que juguetonamente llamábamos el Castillo (que, en realidad, no era un castillo en absoluto, sino un pequeño edificio de piedra que tenía una torrecilla y que, en sus orígenes, solía ser la dependencia del jardinero).

			La Mansión Dellecher, una enorme casa solariega de ladrillos rojos, miraba desde lo alto de una colina empinada hacia el agua oscura y tranquila del lago. Los dormitorios y el salón de baile estaban ubicados en el tercer y cuarto piso; las aulas y las oficinas, en el primero y en el segundo; mientras que la planta baja estaba dividida en el comedor, la sala de conciertos, la biblioteca y el conservatorio. En el extremo occidental del edificio sobresalía una capilla y, en algún momento de los años 60, se erigió allí el Pabellón de Bellas Artes Archibald Dellecher (al que, en general, todos se referían como el PBA, por más de una razón). Entre ambos, había un pequeño patio y un laberinto de senderos. El PBA albergaba el Teatro Archibald Dellecher y la sala de ensayos y, por lo tanto, era donde pasábamos la mayor parte del tiempo. A las ocho de la mañana del primer día de clases, estaba excepcionalmente silencioso.

			Richard y yo caminamos desde el Castillo juntos, aunque faltaba media hora para mi audición.

			—¿Cómo te sientes? —me preguntó, cuando subíamos por la colina empinada hacia el patio.

			—Nervioso, como siempre. —La cantidad de audiciones en mi haber no importaba; la ansiedad jamás me había abandonado en realidad.

			—No deberías estarlo —dijo—. Nunca eres tan malo como crees. Solo no te muevas tanto de un lado para otro. Eres mucho más interesante cuando te quedas quieto.

			Lo miré con el ceño fruncido.

			—¿A qué te refieres?

			—Me refiero a cuando olvidas que estás sobre el escenario y olvidas estar nervioso. Realmente escuchas a los otros actores, realmente escuchas las palabras como si fuera la primera vez que las oyes. Es maravilloso para trabajar y es maravilloso verlo. —Negó con la cabeza ante la consternación en mi cara—. No debería haberte dicho nada. No te cohíbas. —Apoyó una de sus enormes manos en mi hombro y, como estaba tan distraído, salí disparado hacia adelante y mis dedos rozaron la hierba cubierta de rocío. La risa estridente de Richard hizo eco en el aire matinal. Me sujetó del brazo para ayudarme a encontrar el equilibrio—. ¿Ves? —señaló—. Mantén los pies firmes y estarás bien.

			—Eres lo peor —dije, pero con una sonrisa reticente. (Richard tenía ese efecto en la gente).

			En cuanto llegamos al PBA, me dio otra palmada amistosa en la espalda y despareció en la sala de ensayos. Caminé de un lado al otro del cruce, reflexionando sobre lo que me había dicho y repitiendo Pericles en mi cabeza como un rosario de Ave Marías.

			Las audiciones de nuestro primer trimestre determinaban qué papeles interpretaríamos en la producción de otoño. Ese año, Julio César. Las tragedias y las obras históricas estaban reservadas para los de cuarto año, mientras que los de tercero quedaban relegados a los romances y las comedias, y los roles cortos iban para los de segundo. A los de primero les tocaba trabajar detrás de escena, esforzarse para aprobar la formación general y preguntarse en qué demonios se habían metido. (Todos los años, los estudiantes con desempeño insatisfactorio eran expulsados del programa; con frecuencia, la mitad. Sobrevivir hasta cuarto año era una prueba de talento, o bien pura buena suerte. En mi caso, esto último). A lo largo de la pared del cruce estaban colgadas en dos hileras ordenadas las fotografías de las promociones de los últimos cincuenta años. La nuestra era la última y, por cierto, la más sensual; la fotografía publicitaria de la producción del año anterior de Sueño de una noche de verano. Teníamos un aspecto más joven.

			A Frederick se le había ocurrido hacer Noche de verano como una fiesta de pijamas. James y yo (Lisandro y Demetrio, respectivamente) estábamos de pie en ropa interior a rayas y camisetas blancas, mirándonos con furia; Wren (Hermia, con un camisón corto de color rosa) había quedado atrapada entre nosotros. Filippa estaba a mi izquierda, vestida con un camisón azul más largo, aferrando la almohada con la que ella y Wren se habían golpeado en el tercer acto. En el medio de la foto, Alexander y Meredith estaban enroscados entre sí como un par de serpientes: él, un siniestro y seductor Oberón en una ajustada bata de seda; ella, una voluptuosa Titania en un revelador camisón de encaje negro. Pero el más llamativo era Richard, que estaba de pie entre los otros artesanos maleducados, en un excéntrico pijama de franela y con unas enormes orejas de burro que sobresalían de su espesa cabellera negra. Su Fondón fue agresivo, impredecible y completamente trastornado. Espantó a las hadas, atormentó a los otros actores, aterrorizó al público y, como siempre, robó el espectáculo.

			Los siete de nosotros habíamos sobrevivido a las tres «purgas» anuales porque, de alguna manera, éramos indispensables para la compañía teatral. En el transcurso de cuatro años, habíamos pasado de ser una muchedumbre de extras a una tropa de actores dramáticos meticulosamente entrenados. Algunos de nuestros valores teatrales eran obvios: Richard era pura potencia, medía más de un metro noventa y estaba tallado en hormigón; tenía unos intensos ojos negros y una estridente voz de bajo que apagaba cualquier otro sonido que hubiera en una habitación. Interpretaba a líderes guerreros y déspotas y cualquier otro personaje con el que se necesitara impresionar o asustar al público. Meredith estaba excepcionalmente hecha para seducir, un sueño de curvas y piel de seda hecho realidad. Pero había algo despiadado en su atractivo físico: la mirabas moverse quisieras o no, pasara lo que pasara alrededor. (Ella y Richard habían estado «juntos» en todo el sentido típico de la palabra desde la primavera de nuestro segundo año). Wren —prima de Richard, aunque jamás lo hubieses imaginado al verlos— era la ingenua, una muchacha común, una flacucha con pelo como de maíz y ojos redondos de muñeca de porcelana. Alexander era nuestro villano titular, delgado e hirsuto, con largos rizos y colmillos afilados que le daban aspecto de vampiro al sonreír.

			Filippa y yo éramos más difíciles de categorizar. Ella era alta, de piel aceitunada y rasgos ligeramente masculinos. Había algo relajado y camaleónico en ella que la volvía igual de convincente como Horacio o Emilia. Yo, por otro lado, era común y corriente de todas las formas posibles: no era especialmente atractivo, ni especialmente talentoso, ni especialmente bueno en nada, solo lo bastante como para aprovechar lo que los demás dejaban. Estaba convencido de haber sobrevivido a la purga de tercer año solo porque, sin mí, James se hubiera vuelto malhumorado y lúgubre.

			El destino nos había dado una buena mano en primer año, cuando él y yo nos encontramos apretujados en una pequeña habitación en el último piso de los dormitorios. Cuando abrí nuestra puerta por primera vez, él levantó la mirada de la maleta que estaba deshaciendo, me ofreció la mano y dijo: «“¡Aquí viene Sir Oliver! Se encuentra bien”, espero». Era el tipo de actor de quien todos se enamoran en cuanto aparece en el escenario y yo no fui la excepción. Incluso en nuestros primeros días en Dellecher, fui su protector e, incluso, un poco posesivo cuando otras amistades se acercaban demasiado y amenazaban con usurpar mi lugar de «mejor amigo» (un evento tan raro como una lluvia de meteoritos). Algunos me veían como los roles que Gwendolyn siempre me asignaba: tan solo el compañero leal. James era tan perfecto como héroe que esto no me molestaba. Era el más atractivo de nosotros (Meredith una vez lo comparó con un príncipe de Disney), pero más encantador que eso era la profundidad infantil de sus emociones, tanto en el escenario como fuera de él. Durante tres años disfruté el exceso de su popularidad y lo admiré intensamente, sin celos, aunque era el obvio favorito de Frederick casi de la misma forma en que Richard era el de Gwendolyn. Por supuesto, James no tenía el ego de Richard ni su temperamento y les gustaba a todos, mientras que a Richard lo odiaban y lo adoraban con igual ferocidad.

			Teníamos la costumbre de mirar la audición que siguiera tras la propia (interpretar sin ser observado era una compensación por ir primero) y mientras caminaba de un lado al otro del cruce, deseé que James hubiese sido mi espectador. Aunque no tuviera la intención, Richard era un espectador intimidante. Podía escuchar su voz, que venía desde la sala de ensayos, retumbando contra las paredes.

			Richard: «Por eso, ten cuidado al comprometernos, ten cuidado de despertar la espada dormida de la guerra. Te lo pido en nombre de Dios, ten cuidado. Porque jamás dos reinos se han enfrentado sin que se derramara demasiada sangre; cuyas gotas inocentes son todas las veces una aflicción, un reproche doloroso contra aquel cuyas faltas afilan las espadas que generan tal derroche en la breve mortalidad».

			Ya lo había visto interpretar el mismo discurso dos veces antes, pero eso no lo volvía menos impactante.

			A las ocho y media exactas, la puerta de la sala de ensayos crujió al abrirse. La cara familiar de Frederick, arrugada y graciosa, se asomó por el lateral.

			—¿Oliver? Estamos listos para ver tu actuación.

			—Genial. —Mis pulsaciones se aceleraron; un revuelo como de pequeñas alas de ave atrapadas entre mis pulmones.

			Me sentí pequeño mientras avanzaba hacia la sala de ensayos, como siempre me pasaba. Era una habitación cavernosa, con un techo alto y abovedado y ventanas que daban al campus. A cada lado de ellas, colgaban cortinas de terciopelo azul, cuyos extremos polvorientos se amontonaban sobre el suelo de madera. Mi voz hizo eco cuando hablé.

			—Buenos días, Gwendolyn.

			La figura enjuta de la mujer pelirroja detrás de la mesa de audiciones levantó la cabeza hacia mí, su presencia en la habitación era desproporcionadamente enorme. Sus labios pintados de color rosa intenso y la pañoleta estampada que llevaba en la cabeza le daban un aire gitano. Sacudió los dedos para saludarme, lo que hizo que los brazaletes en su muñeca tintinearan. Richard se sentó en la silla a la izquierda de la mesa, con los brazos cruzados, mirándome con una sonrisa cómoda. Yo no tenía pasta de protagonista y, por lo tanto, no cumplía los requisitos para ser competencia. Le sonreí y luego intenté ignorarlo.

			—Oliver —dijo Gwendolyn—. Me alegro de verte. ¿Has perdido peso?

			—De hecho, lo he ganado —respondí y mi cara se acaloró. Antes de que me fuera por vacaciones de verano, me había aconsejado que ganara músculo. Todos los días de junio, julio y agosto, había pasado horas en el gimnasio con la esperanza de impresionarla.

			—Mm —repuso. Sus ojos descendieron lentamente desde la punta de mi cabeza a mis pies, con la mirada escrutadora de un comerciante de esclavos—. Bueno, ¿comenzamos?

			—Sí. —Con el consejo de Richard en mente, planté con firmeza los pies en el suelo y decidí no moverme sin motivo.

			Frederick se acomodó en su asiento, al lado de Gwendolyn, se quitó las gafas y las limpió con el dobladillo de su camisa.

			—¿Qué has preparado para hoy? —preguntó.

			—Pericles —contesté. Había sido una sugerencia suya el año anterior.

			Asintió ligeramente con la cabeza, en un gesto cómplice.

			—Genial. Comienza cuando quieras.





III


			Pasamos el resto del día en el bar, un cuchitril con paredes recubiertas de madera y mala iluminación donde los empleados conocían a los estudiantes de Dellecher por su nombre, aceptaban documentos de identidad falsos y no parecía llamarles la atención que algunos de nosotros tuviésemos veintiún años durante tres años seguidos. Para el mediodía, todos los de cuarto año habíamos hecho nuestras audiciones, pero Frederick y Gwendolyn tenían otros cuarenta y dos estudiantes que evaluar, así que —teniendo en cuenta las pausas para almorzar, cenar y deliberar— las listas con los elencos no se publicarían hasta la medianoche. Seis de nosotros nos sentamos en nuestra mesa habitual en Bore’s Head (la broma más inteligente que podía surgir en Broadwater, un juego de palabras con el nombre del antiguo teatro Boar’s Head y Bore, que en inglés se pronuncia igual y significa «aburrimiento»). Fuimos acumulando vasos vacíos en la mesa. Todos bebíamos cerveza, excepto Meredith, que le daba duro al vodka con cola, y Alexander, que bebía whisky escocés a palo seco.

			Era el turno de Wren de esperar a que apareciera la lista con la asignación de roles en el PBA. Al resto de nosotros ya nos había tocado y si ella reaparecía con las manos vacías, entonces la rotación volvería a empezar. El sol se había puesto horas atrás, pero lejos estábamos de terminar de diseccionar nuestras audiciones.

			—La he cagado por completo —dijo Meredith, probablemente por décima vez—. He dicho «ocular» en lugar de «ocultar», como una perfecta idiota.

			—En el contexto del parlamento, no es importante —la consoló Alexander, con cansancio—. Es probable que Gwendolyn no lo haya notado y a Fredrick no creo que le importe.

			Antes de que Meredith pudiera responder, Wren irrumpió en el bar con una sola hoja de papel en la mano.

			—¡Aquí está! —anunció y todos nos pusimos de pie de un salto. Richard la llevó hasta la mesa, la ayudó a sentarse y le arrebató la lista. Ella ya la había visto y tuvo que soportar que la hiciéramos a un lado mientras el resto de nosotros nos inclinábamos hacia adelante sobre la mesa. Después de unos minutos de silencio y lectura furiosa, Alexander volvió a erguirse.

			—¿Qué os había dicho? —Dio un golpe al papel, señaló a Wren y gritó—: Camarero, ¡déjeme comprarle un trago a esta dama!

			—Siéntate, Alexander, ridículo —espetó Filippa, tirando de su codo para que volviera a sentarse—. ¡No acertaste en todo!

			—Claro que sí.

			—No, Oliver interpretará a Octavio, pero también a Casca.

			—¿En serio? —Había dejado de leer en cuanto había visto la línea que unía mi nombre con Octavio, así que volví a inclinarme para echar otra mirada.

			—Sí, y yo tengo tres: Decio Bruto, Lucilio y Titino. —Me ofreció una sonrisa estoica, su compañero en esto de ser persona non grata.

			—¿Por qué harían eso? —preguntó Meredith, revolviendo lo que quedaba de su vodka para luego sorber las últimas gotas con su pequeña pajita roja—. Tienen estudiantes de segundo de sobra para eso.

			—Pero los de tercero harán La fierecilla —explicó Wren—. Así que van a necesitar todos los cuerpos que puedan.

			—Colin va a estar ocupado —comentó James—. Mirad, lo han puesto a interpretar a Antonio y a Tranio.

			—Me hicieron lo mismo el año pasado —sostuvo Richard, como si no lo supiéramos ya—. Fondón con todos vosotros y el Rey Actor con los de cuarto. Ensayaba ocho horas al día.

			Algunas veces, elegían a algunos de tercero para interpretar roles en el elenco de los de cuarto que no se podían dejar a los de segundo. Significaba tener clases desde las ocho hasta las tres, después ensayo con un elenco hasta las seis y media y ensayo con el otro hasta las once. En secreto, no envidiaba para nada a Richard ni a Colin.

			—Esta vez no será así —dijo Alexander, con una sonrisa pícara—. Solo tienes que ensayar media semana: mueres en el tercer acto.

			—Brindo por eso —soltó Filippa.

			—«¡A cuántos tontos enamorados esclaviza la locura de los celos!» —declaró Richard.

			—Ay, cállate —exclamó Wren—. Tráenos otra ronda y quizás te soportemos un rato más.

			Él se levantó de su asiento y, mientras se abría paso hacia el bar, declaró:

			—«¡Daría toda mi fama por una jarra de cerveza!».

			Filippa negó con la cabeza y dijo:

			—Ojalá.





IV


			Dejamos nuestras cosas en el Castillo y corrimos alocadamente por entre los árboles y bajamos las escaleras de la ladera hasta la orilla del lago. Reímos y gritamos, seguros de que nadie nos escucharía y demasiado alcoholizados para que nos importara si alguien lo hacía. El muelle se extendía sobre el agua desde el cobertizo para botes, donde una colección de herramientas viejas e inútiles se erosionaba y se cubría de óxido. (No había habido ni un solo bote albergado en la margen sur del lago desde que el Castillo se había convertido en residencia de estudiantes). Pasamos muchas noches cálidas y algunas frías fumando y bebiendo en el muelle, con nuestras piernas colgadas sobre el agua.

			Meredith, quien tenía el mejor estado físico de todos y era mucho más rápida que el resto, iba delante, con su cabellera ondeando como una bandera, y llegó primero. Se detuvo y levantó los brazos, dejando al descubierto, por encima de su cintura, una pálida raya de su espalda.

			—«¡Cuán dulce el rayo de luna que duerme sobre la ladera!». —Giró y sujetó mis dos manos, porque era el que estaba más cerca—. «Aquí nos sentaremos y dejaremos que el sonido de la música se cuele en nuestros oídos: la suave quietud y la noche acompañan el dulce compás». —Fingí una protesta cuando me arrastró hasta el final del muelle, los otros bajaban a trompicones las escaleras para unirse a nosotros uno a uno. Alexander iba en la retaguardia, jadeando.

			»¡Nademos desnudos! —propuso Meredith, que ya se quitaba los zapatos de una patada—. No he nadado en todo el verano.

			—«Hasta la más escrupulosa de las vírgenes es demasiado pródiga —advirtió James—, si desvela a la luna su belleza».

			—Por el amor de Dios, James, qué aburrido eres. —Golpeó la parte de atrás de mis muslos con uno de sus zapatos—. Oliver, ¿no vienes conmigo al agua?

			No confiaba para nada en esa sonrisa pícara, así que respondí:

			—La última vez que saltamos al agua desnudos, caí en el muelle con el culo desnudo y pasé el resto de la noche bocabajo en el sillón mientras Alexander me quitaba las astillas del culo.

			Los otros se rieron con ganas a mis expensas y Richard lanzó un largo aullido de lobo.

			Meredith: Vamos, ¡que alguno venga a nadar conmigo!

			Alexander: No puedes dejarte la ropa puesta ni veinticuatro horas, ¿eh?

			Filippa: Si tan solo Rick pudiera dejarla satisfecha, no sería tan zorra alrededor del resto.

			Más risas, más aullidos. Richard le echó una mirada altanera y dijo:

			—«La dama protesta demasiado, me parece».

			Ella alzó la mirada al cielo y se sentó al lado de Alexander, que estaba ocupado desmenuzando marihuana sobre un papelillo.

			Respiré hondo y contuve el aire con dulce aroma a madera en mis pulmones tanto tiempo como pude. El verano abrasador en los suburbios de Ohio me había hecho sentir deseoso de regresar a Dellecher y el lago. De noche, el agua era negra y, de día, verde azulada como el jade. Un denso bosque lo rodeaba por todos lados, salvo uno: la orilla del norte, donde los árboles eran más delgados y un trecho de arena daba forma a una playa que, bajo la luna, brillaba como polvo de diamantes. En la orilla sur estábamos lo bastante lejos de las luces de luciérnaga de la Mansión como para que realmente corriésemos peligro de que nos vieran o, mucho menos, de que nos escucharan. En esa época, nos gustaba nuestro aislamiento.

			Meredith se recostó hacia atrás, con los ojos cerrados, canturreando tranquilamente. James y Wren se sentaron en el lado contrario del muelle, mirando hacia la playa. Alexander terminó de montar su porro, lo encendió y se lo pasó a Filippa.

			—Dale una calada. No tenemos nada que hacer mañana —indicó, aunque eso no era del todo cierto. Teníamos nuestro verdadero primer día de clase y una ceremonia más tarde. De todos modos, aceptó el canuto y dio una larga calada antes de pasármelo. (Todos nos dábamos el gusto en ocasiones especiales, salvo Alexander, que siempre estaba al menos un poco colocado).

			Richard suspiró, un sonido de profunda satisfacción que retumbó en su pecho como el ronroneo de un felino grande.

			—Este será un buen año —dijo—, puedo sentirlo.

			Wren: ¿No será porque te ha tocado el papel que querías?

			James: ¡Y tienes la mitad de líneas que el resto de nosotros!

			Richard: Creo que es justo, después del año pasado.

			Yo: Te odio.

			Richard: El odio es la forma más sincera de adulación.

			Alexander: Esa es la imitación, idiota.

			Unos pocos de nosotros echamos risitas en voz baja, aún placenteramente mareados. Nuestras riñas eran amistosas y normalmente inocuas. Como siete hermanos, habíamos pasado tanto tiempo juntos que habíamos visto lo mejor y lo peor de cada uno y nada nos impresionaba.

			—¿Os podéis creer que es nuestro último año? —preguntó Wren, cuando la calma entre nuestras risas se había extendido demasiado.

			—No —respondí—. Parece que fue ayer caundo mi padre me gritó por desperdiciar mi vida.

			Alexander rio por la nariz.

			—¿Eso te dijo?

			—«¿Vas a desperdiciar una beca en Case Western y pasar los próximos cuatro años maquillado y en leotardos, haciéndole el amor a una muchacha a través de una ventana?».

			La sola frase «academia de bellas artes» era suficiente para provocar a mi rígido y pragmático padre, pero la mayoría de las veces era la peligrosa exclusividad de Dellecher lo que le causaba preocupación. ¿Por qué se arriesgarían estudiantes inteligentes y talentosos a una expulsión obligada de la escuela todos los años para graduarse sin siquiera un título tradicional para exhibir como prueba de su supervivencia? Lo que no comprendía la mayoría de la gente que no vivía en el extraño ámbito de la educación de conservatorio era que un certificado de Dellecher era como uno de los billetes dorados de Willy Wonka: le otorgaba a su dueño la admisión a las élites artísticas y filosóficas que sobrevivían fuera de la academia.

			Mi padre, que se oponía incluso con más firmeza que la mayoría, rehusó aceptar mi decisión de desperdiciar mis años universitarios. Actuar era malo, pero algo tan especializado y pasado de moda como Shakespeare (en Dellecher no interpretábamos otra cosa) era exponencialmente peor. Vulnerable, a los dieciocho años sentí por primera vez el extraordinario horror de querer algo con desesperación y verlo escaparse de mis manos, así que me arriesgué a decirle que o iba a Dellecher o no iba a ningún lado. Mi madre lo convenció de pagar mi matrícula —después de semanas de ultimátums y discusiones circulares— con el argumento de que mi hermana mayor estaba a punto de ser suspendida de Ohio State y solo contaban conmigo para poder jactarse en las cenas con amigos. (Por qué no tenían más esperanza en Leah, la más pequeña y la más prometedora de nosotros, era un misterio).

			—Ojalá mi madre hubiese estado tan furiosa —dijo Alexander—. Aun cree que voy a la escuela en Indiana. —La madre de Alexander lo había dejado en una casa de acogida a temprana edad y solo hacía un mínimo esfuerzo por mantenerse en contacto. (Lo único que se dignó a contarle de su padre fue que el hombre era o bien de Puerto Rico o de Costa Rica, no se acordaba de cuál, y que no tenía idea de que Alexander existía). Su matrícula fue pagada gracias a una extravagante beca y una pequeña suma de dinero que le dejó un abuelo al morir, solo para fastidiar a sus propios hijos derrochadores.

			—Mi padre solo está decepcionado de que no haya salido poeta —añadió James. El profesor Farrow daba clases en Berkeley sobre los poetas románticos, y su esposa, una mujer mucho más joven (escandalosamente, una de sus exestudiantes), fue poetisa hasta que sufrió una crisis nerviosa al estilo de Plath cuando James estaba en primaria. Los había conocido dos veranos atrás cuando había ido a visitarlo a California y había confirmado, de manera inequívoca, mis sospechas de que eran personas interesantes pero padres desinteresados.

			—A mis padres no les importa una mierda —sostuvo Meredith—. Están demasiado ocupados poniéndose bótox y evadiendo impuestos, y mis hermanos se están ocupando bien de la fortuna familiar. —Los Dardenne repartían su tiempo entre Montreal y Manhattan, vendían relojes extraordinariamente caros a políticos y celebridades y trataban a su única hija más como a una mascota de moda que como a un miembro de la familia.

			Filippa, quien nunca hablaba de sus padres, se quedó callada.

			—«Algo más que pariente y algo menos que afecto» —recitó Alexander—. Por Dios, nuestras familias son lamentables.

			—Bueno, no todas —repuso Richard. Sus padres y los de Wren eran tres actores renombrados y un director que vivían en Londres y solían actuar en los teatros del West End. Se encogió de hombros—. Nuestros padres están encantados.

			Alexander sopló un chorro de humo y sacudió la ceniza de su porro.

			—Qué suerte la tuya —declaró y empujó a Richard fuera del muelle.

			Este aterrizó en el agua con un enorme salpicón que lanzó agua sobre todos nosotros. Las chicas chillaron y cubrieron su cabeza con sus brazos, mientras que James y yo lanzamos gritos de sorpresa. Un momento después, estábamos todos mojados, riendo y aplaudiendo a Alexander con tanta fuerza que no escuchamos a Richard maldiciendo cuando su cabeza irrumpió en la superficie otra vez.

			Nos quedamos cerca del agua durante otra hora antes de comenzar, uno por uno, a andar la suave subida hacia el castillo. Fui el último hombre de pie en el muelle. No creía en Dios, pero le pedí a quien fuera que estuviese escuchando que no dejara que la predicción nos trajera mala suerte. Lo único que quería era tener un buen año.





V


			Las ocho de la mañana era realmente demasiado temprano para Gwendolyn.

			Nos sentamos en un círculo irregular, con las piernas cruzadas como los indios de los libros de cuentos, bostezando y aferrados a las tazas de café del comedor. El Estudio 5 —la madriguera de Gwendolyn, adornada con tapices coloridos y atestada de velas aromáticas— estaba en el primer piso de la Mansión. No había muebles propiamente dichos, sino una generosa colección de almohadones en el suelo, que solo aumentaban la tentación de estirarse y echarse a dormir.

			Gwendolyn llegó quince minutos pasada la hora («elegantemente tarde», solía decirnos), envuelta en un chal de lentejuelas y con los dedos llenos de brillantes anillos dorados, tan gruesos como una manopla. Brillaba más que la suave luz del sol de la mañana y mirarla casi provocaba dolor.

			—Buenos días, queridos míos —saludó con entusiasmo. Alexander gruñó un saludo, pero nadie más respondió. Gwendolyn se detuvo, de pie por encima de nosotros, con las manos en sus caderas huesudas—. Bueno, esto es vergonzoso. Es vuestro primer día de clase. Deberíais estar exultantes y llenos de energía. —Nos quedamos mirándola hasta que lanzó las manos al cielo y dijo—: ¡De pie! ¡Vamos!

			La siguiente media hora estuvo dedicada a una serie de dolorosas posiciones de yoga. Para una mujer de sesenta años, Gwendolyn era perturbadoramente flexible. Cuando el minutero se movió hacia el nueve, ella se enderezó desde la postura de paloma real con un suspiro eufórico que debía de haber puesto incómodo a más de uno, además de mí.

			—¿No estamos mucho mejor? —preguntó. Alexander volvió a responder con un gruñido—. Estoy segura de que todos me habéis echado de menos durante el verano —continuó—, pero ya tendremos tiempo de sobra para ponernos al día después de la ceremonia, así que lo que quisiera hacer ahora es que nos pongamos manos a la obra y contaros que este año las cosas van a ser un poco diferentes.

			Por primera vez, la clase (y no solo Alexander) dio señales de vida. Nos movimos nerviosos, nos sentamos más derechos y comenzamos a escuchar en serio.

			—Hasta ahora, habéis estado en la zona de confort —explicó Gwendolyn—. Y siento que debo advertiros de que esos días han terminado.

			Eché una mirada de soslayo a James, quien había fruncido el ceño. Yo no podía descifrar si estaba siendo tan dramática como siempre o si realmente iba a hacer cambios.

			—Ya me conocéis —añadió—. Sabéis cómo trabajo. Frederick os persuade y os halaga, pero yo soy exigente. Os he exigido y exigido, pero —levantó un dedo— nunca más de la cuenta. —Yo no estaba del todo de acuerdo. Los métodos de enseñanza de Gwendolyn eran despiadados y no era inusual que los estudiantes abandonaran su clase llorando. («Los actores son como ostras», explicaba ella cuando alguien pedía explicaciones sobre esa brutalidad emocional. «Tienes que romper su valva y abrirlas con fuerza para encontrar las preciadas perlas que llevan dentro»). Continuó—. Este es vuestro último año y voy a exigiros tanto como deba. Sé de lo que sois capaces y no podré vivir conmigo misma si no logro sacar lo mejor de vosotros para cuando dejéis este lugar.

			Compartí otra mirada nerviosa, esta vez con Filippa.

			Gwendolyn se acomodó el chal, se alisó el cabello y dijo:

			—Bien, ¿quién puede decirme cuál es el mayor impedimento para una buena actuación?

			—El miedo —respondió Wren. Era uno de los muchos mantras de Gwendolyn: «En el escenario, debes ser impávido».

			—Sí. ¿Miedo de qué?

			—De ser vulnerables —especificó Richard.

			—Exacto —señaló Gwendolyn—. Interpretamos personajes solo en un cincuenta por ciento. El resto somos nosotros y nosotros tememos mostrar a la gente quiénes somos realmente. Tenemos miedo de parecer ridículos si revelamos la fuerza completa de nuestras emociones. Pero en el mundo de Shakespeare, la pasión es irresistible, no abochornante. ¡Así que! —Juntó sus manos en un aplauso y el sonido hizo que la mitad de nosotros se sobresaltara—. Vamos a eliminar el miedo y empezaremos ya mismo. No podéis hacer buenos trabajos si os estáis escondiendo, así que sacaremos toda la fealdad a la luz. ¿Quién empieza?

			Nos quedamos sentados en silencio por la sorpresa algunos segundos, hasta que Meredith soltó:

			—Yo empiezo.

			—Perfecto —dijo Gwendolyn—. Ponte de pie.

			Miré a Meredith con nerviosismo mientras ella se levantaba. Se puso de pie en el centro de nuestro pequeño círculo y pasó su peso de un pie al otro hasta que encontró el equilibrio, movió su pelo para despejar su cara y se lo puso detrás de sus orejas; su método habitual para concentrarse. Todos teníamos uno, pero pocos podíamos hacer que pareciera tan fácil.

			—Meredith —dijo Gwendolyn, sonriéndole—. Nuestro conejillo de indias. Respira.

			Meredith se meció en el lugar, como en el vaivén de una brisa, con los ojos cerrados, los labios ligeramente abiertos. Mirarla era extrañamente relajante (y, al mismo tiempo, extrañamente sensual).

			—Muy bien —alentó Gwendolyn—. ¿Estás lista?

			Meredith asintió y abrió los ojos.

			—Genial. Comencemos con algo sencillo. ¿Cuál es tu mayor fortaleza como intérprete?

			Meredith, quien usualmente tenía mucha confianza en sí misma, dudó.

			Gwendolyn: Tu mayor fortaleza.

			Meredith: Supongo que…

			Gwendolyn: Nada de suponer. ¿Cuál es tu mayor fortaleza?

			Meredith: Creo que…

			Gwendolyn: No quiero escuchar lo que crees, quiero escuchar lo que sabes. No me importa si suenas engreída, me importa en qué eres buena y como intérprete debes ser capaz de decírmelo. ¿Cuál es tu mayor fortaleza?

			—¡Soy corporal! —respondió Meredith—. Siento todo con mi cuerpo entero y no tengo miedo de usarlo.

			—No tienes miedo de usarlo, pero ¡tienes miedo de expresar lo que realmente quieres decir! —Gwendolyn hablaba casi a gritos. Miré de una a la otra, alarmado por la rapidez con la que todo se había vuelto tan intenso—. Vas con cautela porque estamos todos sentados aquí mirándote —sostuvo Gwendolyn—. Ahora, dilo. Dilo.

			La cómoda elegancia de Meredith se desvaneció y, en lugar de eso, estaba de pie con las piernas trabadas y los brazos rígidos a los costados.

			—Tengo un cuerpo increíble —confesó—, porque trabajo muy duro para ello. Me encanta verme así y me encanta que la gente me mire. Y eso me vuelve magnética.

			—Tienes toda la maldita razón, es así. —Gwendolyn la miraba con lascivia, como el gato de Cheshire—. Eres una chica preciosa. Suena arrogante, pero ¿sabes qué? Es verdad. Y es honesto, lo que es más importante. —La picó con un dedo—. Eso ha sido honesto. Bien.

			Filippa y Alexander se movían inquietos, ambos evitaban la mirada de Meredith. Richard la observaba como si quisiera arrancarle toda la ropa ahí mismo y yo no sabía dónde mirar. Ella asintió y comenzó a volver a su lugar, pero Gwendolyn la frenó.

			—Aún no has terminado. —Meredith se quedó helada—. Hemos establecido tus fortalezas. Ahora quiero saber tus debilidades. ¿Cuál es tu mayor miedo?

			Meredith miró con furia a Gwendolyn, quien, para mi sorpresa, no interrumpió el silencio. El resto de nosotros nos pusimos tensos en el suelo, nuestros ojos se dispararon hacia Meredith con una mezcla de conmiseración, admiración y vergüenza.

			—Todos tenemos una debilidad, Meredith —afirmó Gwendolyn—. Tú incluida. Lo más poderoso que puedes hacer es admitirlo. Estamos esperando.

			Durante la dolorosa pausa que vino a continuación, Meredith se quedó de pie imposiblemente quieta y sus ojos ardían como el ácido. Estaba tan expuesta que mirarla parecía algo invasivo, voyerista, y tuve que luchar contra el impulso de gritarle que simplemente dijera alguna condenada cosa.

			—Tengo miedo —dijo muy despacio, después de lo que pareció ser un año— de ser más atractiva que talentosa o inteligente y que, por eso, nadie me tome en serio jamás. Como actriz o como persona.

			Un silencio mortal otra vez. Me obligué a bajar los ojos, eché miradas a los otros. Wren estaba sentada con una mano en la boca. La expresión de Richard era la más tierna que le había visto jamás. Filippa parecía ligeramente asqueada; Alexander luchaba por reprimir una sonrisa nerviosa. A mi derecha, James la observaba con gran interés, un interés analítico, como si ella fuera una estatua, una escultura tallada mil años atrás para dar forma a una deidad pagana. Su desenmascaramiento fue duro, hipnótico y, en cierta manera, digno.

			Comprendí, de una forma extraña, desconcertante, que eso era exactamente lo que Gwendolyn quería.

			Le sostuvo la mirada a Meredith durante un rato tan largo que pareció que el tiempo se había detenido. Luego lanzó una larga exhalación y dijo:

			—Bien. Siéntate. Allí.

			Las rodillas de Meredith se doblaron de forma mecánica y quedó sentada en el centro del círculo, con la columna derecha y rígida como un poste de luz.

			—Muy bien —anunció—. Hablemos.





VI


			Después de una hora de interrogar a Meredith sobre sus inseguridades (tenía más de las que yo jamás habría pensado), Gwendolyn nos dejó ir con la promesa de que todos los demás seríamos sometidos al mismo interrogatorio exhaustivo en el transcurso de las dos semanas siguientes.

			De camino al segundo piso por las escaleras, rodeados por los estudiantes de arte de segundo año que bajaban a toda prisa hacia el conservatorio, James vino a mi lado.

			—Eso ha sido despiadado —comenté, sotto voce. Meredith caminaba algunos pasos delante de nosotros, Richard iba al lado, con un brazo sobre sus hombros, aunque ella no parecía haberlo notado. Avanzaba de forma decidida, evitando mirar directamente a nadie.

			—Una vez más —susurró James—, así es Gwendolyn.

			—Nunca pensé que diría esto, pero espero con ansias las dos horas de encierro en la galería.

			Mientras Gwendolyn nos enseñaba los elementos más viscerales de la actuación —la voz y el cuerpo, el corazón por encima de la mente—, Frederick nos instruía sobre los detalles más íntimos de los textos de Shakespeare, desde la métrica hasta la historia de los inicios de la edad moderna. Como yo era estudioso y reservado, prefería mucho más las clases de Frederick que las de Gwendolyn, pero era alérgico a la tiza que él usaba en el pizarrón y la mayor parte del tiempo que estaba en la galería, me la pasaba estornudando.

			—Vamos —dijo James en voz baja—, antes de que Meredick robe nuestra mesa. —(Filippa había acuñado ese particular término al final de nuestro segundo año, cuando ambos acababan de enamorarse y estaban en el momento más desagradable para el resto de nosotros). La expresión de Meredith aún parecía distante cuando pasamos a su lado en las escaleras. Fuera lo que fuera que Richard le había dicho para reconfortarla, no estaba funcionando.

			Frederick prefería dar las clases de cuarto año en la galería, más que en el aula que estaba obligado a usar para los numerosos estudiantes de segundo y tercero. Era una habitación estrecha y de techos altos que alguna vez se había extendido por toda la longitud del segundo piso, pero que había sido toscamente dividida en estudios y habitaciones más pequeñas cuando se fundó la academia. La Gran Galería se transformó en la Pequeña Galería, de apenas unos seis metros de un lado al otro; dos de sus paredes estaban cubiertas de bibliotecas y salpicadas de retratos de primos e hijos Dellecher muertos mucho tiempo atrás. Un sillón de dos plazas y un sofá bajo se enfrentaban bajo el techo elaboradamente estucado, mientras que una pequeña mesa redonda y dos sillas disfrutaban de la luz que entraba a través de la ventana estilo Tudor en el extremo sur de la habitación. Siempre que tomábamos el té con Frederick (algo que hacíamos dos veces al mes en tercer año y que haríamos a diario en cuarto), James y yo íbamos directo a la mesa. Era el lugar más alejado del nefario polvo de tiza y ofrecía una increíble vista al lago y a los bosques de alrededor, el techo cónico de la Torre se alzaba por encima de los árboles como un gorrito de fiesta.

			Frederick ya estaba allí cuando llegamos, arrastrando el pizarrón con rueditas afuera de un pequeño armario colocado entre dos bibliotecas y el busto sin nariz de Homero al fondo de la habitación. Estornudé cuando James saludaba:

			—Buenos días, Frederick.

			Este alzó la mirada desde el pizarrón.

			—James —respondió—. Oliver. Qué bien teneros de regreso. ¿Contentos con el reparto?

			—Absolutamente —dijo James, con un tono melancólico que me sorprendió. ¿Quién podría decepcionarse por interpretar a Bruto? Entonces recordé el comentario que me había hecho dos noches atrás acerca de querer un poco más de variedad en su currículum.

			»¿Cuándo es nuestro primer ensayo? —preguntó.

			—El domingo. —Frederick guiñó un ojo—. Pensamos que sería bueno daros una semana para que volváis a aclimataros.

			Dado que residían sin supervisión en el Castillo y su infame afición por los excesos, se esperaba que los estudiantes de teatro de cuarto año hicieran una fiesta de inicio de clases al comienzo del año. La habíamos planeado para el viernes. Frederick y Gwendolyn, y probablemente también el decano Holinshed, estaban al tanto, pero fingían, indulgentemente, lo contrario.

			Richard y Meredith finalmente entraron desde el pasillo y James y yo nos dimos prisa para dejar nuestras cosas en la mesa. Volví a estornudar, me limpié la nariz con una servilleta de tela y eché una mirada a través de la ventana. El campus estaba empapado en la luz del sol, la brisa generaba suaves ondas en el lago. Richard y Meredith se sentaron en el sofá más pequeño, dejando el otro para que Alexander y Filippa lo compartieran. Ya no se molestaban en dejarle lugar a Wren, quien (de forma encantadora, como una niña entusiasmada por la hora del cuento) prefería sentarse en el suelo.

			Frederick sirvió el té sobre el aparador, así que la habitación olía, como siempre, a tiza, limón y té de Ceilán. Cuando terminó de llenar las ocho tazas —beber té era obligatorio en su clase; se estimulaba el uso de la miel, pero la leche y el azúcar eran de contrabando—, dio media vuelta y declaró:

			—Bienvenidos otra vez. —Brillaba al hablar con nosotros como un pequeño Papá Noel intelectual—. Disfruté vuestras audiciones de ayer y estoy entusiasmado de volver a trabajar con vosotros este semestre.

			Pasó la primera taza a Meredith, quien se la pasó a Richard, quien se la pasó a James y así sucesivamente hasta que terminó en las manos de Wren.

			—Cuarto año. El año de la tragedia —continuó Frederick, con tono pomposo, una vez que la bandeja de té estuvo vacía y todos tenían una taza con su platillo. (Tomar el té en un tazón, solía recordarnos, era como beber un buen vino en un vaso de plástico)—. Me abstendré de deciros que os toméis las tragedias con más seriedad que las comedias. De hecho, uno podría argumentar que, para los personajes, la comedia es extremadamente seria o no será graciosa para el público. Pero esa es una conversación para otro momento. —Levantó su propia taza de té de la bandeja, bebió con delicadeza y la volvió a apoyar. Frederick jamás había tenido un escritorio o un atril y, en lugar de eso, mientras enseñaba, caminaba lentamente de un lado al otro de la habitación frente al pizarrón—. Este año, nos dedicaremos a las obras trágicas de Shakespeare. ¿Qué creéis que abarca ese programa de estudios?

			Estornudé como en respuesta a su pregunta y hubo una breve pausa antes de que comenzáramos a sugerir temas.

			Alexander: Material de referencia.

			Filippa: Estructura.

			Wren: Imaginería.

			Meredith: Conflicto, tanto interno como externo.

			Yo: Destino contra voluntad.

			James: El héroe trágico.

			Richard: El villano trágico.

			Frederick levantó una mano para detenernos.

			—Sí, muy bien —exclamó—. Todas esas cosas. Por supuesto, tocaremos cada una de estas obras; incluidas Troilo y Crésida y otras obras de tinte social. Pero, como es natural, comenzaremos con César. Una pregunta: ¿por qué no es César una obra histórica?

			James fue el primero en contestar, con su característico entusiasmo académico.

			—Las obras históricas están limitadas a la historia inglesa.

			—Así es —repuso Frederick y retomó su caminata. Yo sorbí por la nariz, revolví mi té y me recliné hacia atrás en mi silla para escuchar—: La mayoría de las tragedias incluyen algún elemento histórico, pero lo que elegimos llamar obras «históricas», como bien dice James, son en realidad obras sobre historia inglesa y todas llevan por título el nombre de monarcas ingleses. ¿Por qué otra razón? ¿Qué es lo que hace que César sea primordialmente una tragedia?

			Mis compañeros intercambiaron miradas curiosas, reacios a ofrecer la primera hipótesis y arriesgarse a estar equivocados.

			—Bueno —aventuré, cuando nadie más habló, con la voz espesa por la congestión—, para el final de la obra, la mayoría de los personajes principales están muertos, pero Roma sigue de pie. —Me detuve para intentar expresar bien la idea—. Creo que trata más sobre las personas y menos sobre la política. Definitivamente es política, pero si la comparas con, no sé, el ciclo de Enrique VI, donde todos pelean por el trono, César es más personal. Es sobre los personajes y quiénes son, no sobre quién está en el poder. —Encogí los hombros, sin estar demasiado seguro de haber podido dejar en claro ninguna parte de mi argumento.

			—Sí, Oliver tiene razón en eso —concedió Frederick—. Permitidme plantear otra pregunta. ¿Qué es más importante? ¿Que a César lo asesinen o que lo asesinen sus amigos íntimos?

			No era la clase de pregunta que necesitaba respuesta, así que nadie contestó. Noté que Frederick me estaba observando con el orgullo y el afecto paternal que solía reservar para James (quien me ofreció una sonrisa leve pero alentadora cuando le eché un vistazo al otro lado de la mesa).

			—Es ahí —concluyó Frederick— donde yace la tragedia. —Nos miró a todos, con las manos en la espalda y los rayos del sol del mediodía destellando contra sus gafas—. Entonces, ¿comenzamos? —Se giró hacia el pizarrón, tomó una tiza de la bandeja y comenzó a escribir—. Acto I, Escena 1. Una calle. Abrimos con los tribunos y los plebeyos. ¿Qué creéis que es importante de eso? El zapatero tiene una batalla de ingenio con Flavio y Marulo y, tras una serie de preguntas, nos presenta a nuestro héroe-tirano epónimo…

			Revolvimos el interior de nuestras mochilas para encontrar nuestros cuadernos y bolígrafos y, mientras Frederick continuaba con la lección, escribimos casi todas las palabras que dijo. El sol calentaba mi espalda y el aroma agridulce del té negro flotó hacia mi rostro. Robé algunas miradas furtivas a mis compañeros, que tomaban apuntes, escuchaban y, de vez en cuando, hacían preguntas, conmovido al darme cuenta de la suerte que tenía de estar entre ellos.





VII


			La ceremonia de inicio tradicionalmente tenía lugar en la sala de conciertos dorada el 9 de septiembre, día del nacimiento de Leopold Dellecher. (Se mudó aquí desde Chicago y mandó construir la Mansión en algún punto de los años 1850. No se transformó en un conservatorio hasta la mitad del siglo siguiente, cuando mantenerla se volvió difícil para la familia Dellecher, que se reducía rápidamente). Si el viejo Leopold hubiese logrado eludir la muerte de algún modo, habría cumplido ciento ochenta y siete años. Un enorme pastel con ese número exacto de velas esperaba, escaleras arriba, en el salón de baile, donde estudiantes y docentes recibirían una porción después del discurso de bienvenida del decano Holinshed.

			Nos sentamos a la izquierda del pasillo, en medio de una larga fila llena de estudiantes de segundo y tercer año. Los estudiantes de teatro, que siempre eran los más ruidosos y los más propensos a las risas, se sentaron detrás de los estudiantes de música instrumental y coral (quienes eran más bien retraídos y, por lo que parecía, estaban decididos a perpetuar el estereotipo de que eran los estudiantes más autocomplacientes y menos accesibles de las siete disciplinas que había en Dellecher). Los bailarines (una colección de criaturas subalimentadas y con apariencia de cisne) se acomodaron detrás de nosotros. En el lado opuesto del pasillo, se sentaron los estudiantes de artes plásticas (identificados con facilidad por sus peinados poco convencionales y su ropa, que siempre estaba manchada con pintura y yeso), los de idiomas (quienes hablaban casi exclusivamente en griego y latín entre sí y, a veces, también con otros) y los de filosofía (que eran, de lejos, los más extraños, pero también los más divertidos y propensos a tratar toda conversación como un experimento social y a lanzar palabras como «hilozoísmo» y «componibilidad» como si fueran tan comprensibles como un «buenos días»). El cuerpo docente estaba sentado en una hilera de sillas sobre el escenario. Frederick y Gwendolyn estaban lado a lado, como una pareja casada desde hace mucho, y conversaban en voz baja con sus vecinos. La ceremonia de inicio era una de esas raras ocasiones en las que todos nos mezclábamos, un mar de gente vestida de «azul Dellecher», como todos lo llamábamos, porque nadie quería decir «azul pavo real». Usar los colores del conservatorio no era obligatorio, pero casi todos llevaban puesto el mismo suéter azul, con el escudo bordado sobre el pecho izquierdo. Había una versión más grande del blasón de la familia colgada en un estandarte detrás del podio: una cruz de San Andrés blanca contra un fondo azul; en primer plano, una llave dorada y una afilada pluma negra cruzadas como si fuesen espadas. Debajo estaba el lema: per aspera ad astra. Había escuchado varias traducciones, pero la que más me gustaba era «A través de las espinas, a las estrellas».

			Como siempre, era una de las primeras cosas que decía Holinshed en la ceremonia.

			—Buenas tardes a todos. Per aspera ad astra. —Había aparecido en el escenario desde las sombras de los bastidores, el foco que le apuntaba al rostro nos había dejado a todos en silencio—. Otro año comienza. A los de primer año que están entre vosotros, simplemente debo daros la bienvenida y deciros que estamos encantados de teneros. A los de segundo, tercero y cuarto, bienvenidos de nuevo y felicidades. —Holinshed era un hombre raro, alto pero encorvado, tranquilo pero contundente. Tenía una prominente nariz aguileña, pelo escaso de color cobrizo y unas pequeñas gafas cuadradas tan gruesas que triplicaban el tamaño natural de sus ojos—. Si estáis sentados en esta habitación esta noche —continuó—, significa que habéis sido aceptados en la estimada familia Dellecher. Aquí haréis muchos amigos y, quizá, unos pocos enemigos. No dejéis que esto último os atemorice; si no habéis hecho ningún enemigo en la vida, entonces habéis estado viviendo sin riesgos. Y eso es lo que deseo desalentar. —Hizo una pausa, consideró sus palabras un momento.

			—Se ha puesto un poco extravagante —murmuró Alexander.

			—Bueno, tiene que reciclar sus discursos, por lo menos, cada cuatro años —susurré—. No puedes culparlo.

			—En Dellecher, os aliento a vivir con audacia —continuó Holinshed—. Haced arte, cometed errores y no tengáis arrepentimientos. Habéis venido a Dellecher porque valoráis algo más que el dinero, algo más allá de las convenciones, más allá del tipo de educación que se puede evaluar en números. No dudo en deciros que sois extraordinarios. Sin embargo —su expresión se oscureció—, nuestras expectativas están a la misma altura de vuestro enorme potencial. Esperamos que seáis dedicados. Esperamos que seáis decididos. Esperamos que nos deslumbréis. Y no nos gusta que nos decepcionen. —Sus palabras resonaron a través del salón y quedaron flotando en el aire como un vapor maloliente, invisible pero imposible de ignorar. Dejó que el silencio antinatural se posara sobre todos nosotros demasiado tiempo, luego, abruptamente, se inclinó hacia atrás en el podio y dijo—: Algunos de vosotros os habéis unido a nosotros en el final de una era y cuando os vayáis, emergeréis no solo a una nueva década y a un nuevo siglo, sino también a un nuevo milenio. Planeamos prepararos para él de la mejor manera posible. El futuro es enorme y azaroso y lleno de promesas, pero también es inestable. Aprovechad cada oportunidad que se os presente y aferraos a ella para que la marea no se la lleve.

			Su mirada se posó innegablemente sobre nosotros, los siete actores dramáticos de cuarto año.

			—«Hay una marea en los asuntos humanos que, navegada a favor, trae fortuna» —recitó—. «En tal creciente del mar flotamos ahora y debemos aprovechar la corriente cuando impulsa, o demos por perdida nuestra aventura». Damas y caballeros, no desperdiciéis ni un solo momento. —Holinshed sonrió como compenetrado en una ensoñación, luego miró su reloj—. Y hablando de no echar nada a perder, hay un enorme pastel esperando a ser devorado en el piso de arriba. Buenas noches.

			Y desapareció del escenario antes de que el público pudiera comenzar a aplaudir.





VIII


			Pasó una semana sin que nada interesante ocurriera. Después de la clase de Frederick (donde una discusión sobre la delgada línea entre lo homosocial y lo homoerótico en la infame «escena de la tienda» nos dejó a todos tambaleándonos entre la diversión y la vergüenza), descendimos juntos las escaleras, quejándonos de tener hambre. El comedor —en otra época, el salón comedor de la familia Dellecher— estaba atestado al mediodía, pero nuestra mesa habitual estaba vacía, como esperándonos.

			—Me muero de hambre —declaró Alexander, que atacó el plato antes de que el resto de nosotros pudiera sentarse—. Beber todo ese maldito té me sienta fatal.

			—Si desayunaras, tal vez eso no te pasaría —sugirió Filippa, que observaba con asco cómo él se llenaba la boca de puré de patatas.

			Richard llegó tarde, con un sobre ya abierto en su mano.

			—Hay correspondencia —anunció y se sentó al final de la mesa entre Meredith y Wren.

			—¿Para todos? —pregunté.

			—Eso creo —respondió sin levantar la mirada.

			—Iré a buscarla —me ofrecí, y unos pocos de ellos murmuraron su agradecimiento cuando me puse de pie. Nuestros buzones estaban al final del comedor y encontré que mi nombre era el primero en la pared de pequeños casilleros de madera. El de Filippa era el que más cerca estaba del mío, luego el de James, y el resto se iba extendiendo hacia el final del alfabeto. El mismo sobre cuadrado esperaba en cada uno de nuestros buzones, con nuestros nombres escritos en la parte de delante con la letra pequeña y elegante de Frederick. Los llevé a la mesa y los repartí.

			—¿Qué son? —preguntó Wren.

			—No lo sé —respondí—. No creo que sean los monólogos para los exámenes de mitad de semestre, ¿no?

			—No —repuso Meredith, que ya estaba abriendo el suyo—. Es Macbeth.

			El resto de nosotros dejamos de hablar inmediatamente y abrimos nuestros propios sobres.

			Todos los años tenían lugar, en Dellecher, unas pocas funciones tradicionales. Cuando el tiempo aún era cálido, los estudiantes de arte recreaban Noche estrellada de Van Gogh con tiza. En diciembre, los estudiantes de idiomas hacían una lectura de «Una visita de San Nicolás» en latín. Los estudiantes de filosofía reconstruían su Paradoja de Teseo todos los eneros y celebraban un simposio en marzo, mientras que los estudiantes de instrumentos y música coral hacían Don Giovanni el Día de San Valentín y los bailarines interpretaban La consagración de la primavera de Stravinski en abril. Los estudiantes de teatro hacían escenas de Macbeth para Noche de Brujas y escenas de Romeo y Julieta en el baile de máscaras de Navidad. Como los estudiantes de primero, segundo y tercero apenas estaban involucrados, no tenía ni idea de cómo sería el elenco.

			Rompí el sello que cerraba mi sobre y saqué una tarjeta que tenía otras pocas líneas escritas en la diminuta letra de Frederick:

			Por favor, preséntese en el comienzo del sendero

			quince minutos antes de la medianoche en la Noche de Brujas.

			Prepare el Acto I – Escena 3 y Acto IV – Escena 1.

			Interpretará a Banquo.

			Acuda al taller de vestuario a las 12:30 p. m.

			del 18 de octubre para una prueba de vestuario.

			No hable de esto con sus compañeros.

			Me quedé mirándola, pensativo, preguntándome si sería algún tipo de error administrativo. Examiné el sobre otra vez, pero sin lugar a dudas decía «Oliver». Levanté la mirada hacia James, para ver si había notado algo inusual, pero su cara no mostraba nada. Yo había creído que él interpretaría a Banquo para acompañar al Macbeth de Richard.

			—Bueno —dijo Alexander, que parecía ligeramente entretenido—. Supongo que no podemos hablar de esto.

			—No —respondió Richard—. Esa es la tradición. Para el baile de máscaras de Navidad es igual, no debemos saber quién interpreta a quién antes de la función. —Por un momento, olvidé que él había interpretado a Teobaldo el año anterior.

			Hice un esfuerzo por leer la expresión en el rostro de las chicas. Filippa parecía no estar sorprendida. Wren parecía entusiasmada. Meredith, levemente recelosa.

			—¿No ensayaremos en absoluto? —preguntó Alexander.

			—No —repitió Richard—. Mañana tendrás en tu buzón el guion con las acotaciones. Luego tan solo te aprendes tus líneas y te presentas. Disculpad. —Empujó la silla hacia atrás y dejó la mesa sin decir otra palabra.

			Meredith: ¿Qué le pasa?

			Wren: Estaba bien hace media hora.

			Meredith: ¿Vas tú o quieres que vaya yo?

			Wren: Adelante, ve.

			Meredith abandonó la mesa con un suspiro, dejando su pastel de carne estilo inglés a medio comer. Alexander, que había terminado el suyo, tuvo la gracia de esperar tres segundos completos antes de consultar:

			—¿Creéis que volverá a terminarse eso?

			James empujó el plato hacia él.

			—Cómetelo, troglodita.

			Eché una mirada por encima de mi hombro. Meredith había encontrado a Richard en el rincón donde estaban las cafeteras y tenía el ceño muy fruncido mientras lo escuchaba hablar. Le tocó el brazo, dijo algo, pero él se encogió de hombros y se fue del comedor, con una sombra de confusión en los ojos. Ella lo observó irse, luego regresó a la mesa a contarnos que tenía migraña y que se iba al Castillo. Al parecer, ajena al hecho de que su plato había desaparecido, volvió a sentarse.

			Mientras la comida se alargaba, comí y escuché a los demás lamentarse por la cantidad de líneas que debían aprender de César antes del ensayo sin guion, para el que faltaba una semana. Sentía el sobre pesado en mi regazo. Eché una mirada a James, que estaba sentado al otro extremo de la mesa. También estaba en silencio, sin prestarle verdadera atención a la conversación. Mis ojos pasaron de él a Meredith y luego a la silla vacía de Richard y no pude evitar sentir que el equilibrio de fuerzas de alguna manera había cambiado.





IX


			La clase de combate escénico tuvo lugar después de la comida en la sala de ensayos. Arrastramos las colchonetas azules desde el armario donde estaban guardadas, las acomodamos en el suelo y comenzamos a estirar sin demasiadas ganas, mientras esperábamos a Camilo. Camilo —un joven chileno cuya barba oscura y arete dorado hacían que tuviera un aire a pirata— era nuestro coreógrafo para escenas de lucha, nuestro entrenador personal y profesor de movimiento. Las clases de movimiento de segundo y tercer año estaban dedicadas a la danza, el arte histriónico de los payasos y todas las acrobacias que un actor podría necesitar. En el primer semestre de cuarto año, aprendíamos combate mano a mano y en el segundo, esgrima.

			Camilo llegó a la una en punto y, como era lunes, nos hizo hacer una fila para pesarnos.

			—Has ganado dos kilos y medio desde el comienzo del semestre —dijo, cuando pisé la balanza. Él estaba contento con el progreso que yo había hecho durante el verano, pese a que Gwendolyn no—. ¿Estás siguiendo al plan que te di?

			—Sí —aseguré y, en su mayoría, era verdad. Se suponía que debía ir a correr, hacer pesas, comer bien y no beber demasiado alcohol. Todos ignorábamos de forma unánime la política de consumo responsable de alcohol.

			—Bien. Insiste con las pesas, pero no te mates. —Se acercó más, como si fuera a decirme un secreto—. Está muy bien que Richard parezca Hulk, pero seamos francos, tú no tienes ese metabolismo. Si sigues comiendo bastantes proteínas, estarás esbelto y en buena forma.

			—Genial. —Bajé de la balanza y dejé que Alexander (quien era más alto que yo, pero siempre estaba demasiado delgado porque no podía dejar de fumar ni despertarse para desayunar) ocupó mi lugar. Le eché una mirada a mi reflejo en los largos espejos que cubrían la pared opuesta a las ventanas. Estaba en bastante buena forma, pero quería ganar un poco más de peso, tener un poco más de músculos. Me estiré y miré a James, que era el más menudo de los chicos (medía apenas 1,78 metros, delgado pero no escuálido). Había algo casi felino en él, una especie de agilidad primigenia. Para la clase de movimiento animal, Camilo le había asignado el rol de leopardo. Se pasó un mes aullando en la oscuridad por toda nuestra habitación hasta que se sintió lo bastante metido en el papel para atacarme mientras yo dormía. Después de eso, pasé la siguiente media hora esperando que mi corazón dejara de golpear contra mi pecho, mientras le aseguraba que sí, mi grito de horror había sido completamente genuino.

			—¿No viene Richard hoy? —preguntó Camilo cuando Alexander bajó de la balanza.

			—No se sentía bien —explicó Meredith—. Estaba con migraña.

			—Qué pena —dijo Camilo—. Bueno, debemos proseguir sin él. —Se quedó parado mirándonos hacia abajo, ya que nosotros seis estábamos sentados como patos en una pequeña fila al borde de la colchoneta—. ¿Dónde lo dejamos la semana pasada?

			Filippa: Bofetadas.

			Camilo: Cierto. Recordadme las reglas.

			Wren: Asegurarnos de que no estemos demasiado cerca. Hacer contacto visual con nuestro compañero. Girar el cuerpo para esconder la palmada.

			Camilo: ¿Y?

			James: Siempre usar la mano abierta y plana.

			Camilo: ¿Y?

			Meredith: Tienes que venderla.

			Camilo: ¿Cómo?

			Yo: Los efectos de sonido son lo más convincente.

			—Perfecto —señaló Camilo—. Creo que estamos listos para intentar algo con un poquito más de fuerza. ¿Por qué no aprendemos el revés? —Se aclaró la garganta, hizo sonar sus nudillos—. El golpe de revés, que se puede hacer con la mano en puño o plana, según lo que queráis expresar, es distinto de la bofetada directa porque jamás debéis cruzar el cuerpo.

			—¿Qué quieres decir? —preguntó Meredith.

			—James, ¿puedo usarte un momento? —pidió Camilo.

			—Por supuesto. —James se puso de pie y dejó que Camilo lo ubicara de forma que quedaron de pie el uno frente al otro. Camilo extendió un brazo y la yema de su dedo corazón quedó a un hilo de distancia de la punta de la nariz de James.

			—Cuando abofeteas a alguien, debes mover la mano a través de la mitad de la persona. —Movió su propia mano a través de la cara de James como en cámara lenta, sin tocarlo. James giró su cabeza en la misma dirección—. Pero con un golpe de revés, no quieres hacer eso. En su lugar, mi manó irá derecha hacia arriba a lo largo de su costado. —El puño derecho de Camilo se movió de forma vertical desde su cadera izquierda hasta la coronilla de la cabeza de James—. ¿Veis? Una larga línea recta. Jamás debéis cruzar la cara al hacer esto porque podríais quitarle la cara a alguien. Pero no es más que esto que acabo de mostraros. ¿Lo intentamos a toda velocidad? James, tú harás la cabezada.

			—Muy bien.

			Cruzaron miradas y James asintió levemente. El brazo de Camilo voló por el espacio entre ambos y se escuchó un fuerte chasquido cuando James abofeteó su propio muslo, al mismo tiempo que se tambaleaba hacia atrás. Ocurrió con tanta rapidez que fue imposible darse cuenta de que jamás se habían tocado.

			—Excelente —dijo Camilo—. Hablemos de cuándo o por qué querríais usar este movimiento. ¿Alguien?

			Filippa fue la primera en responder. (En las clases de Camilo, solía ser así).

			—Como no cruzas el cuerpo, puedes pararte más cerca del otro. —Ladeó la cabeza y miró de Camilo a James como si estuviera rebobinando y reproduciendo el golpe en su mente—. Lo que lo hace más íntimo y muy estremecedor, justamente porque es así de íntimo.

			Camilo asintió.

			—Es extraordinario cómo el teatro (y, en particular, Shakespeare) puede insensibilizarnos frente al espectáculo de la violencia. Pero no es solo un truco escénico. Cuando a Macbeth le cortan la cabeza o le cortan la lengua a Lavinia o los conspiradores bañan sus manos en la sangre de César, debería afectaros, seáis la víctima, el agresor o solo un testigo. ¿Habéis visto alguna vez una pelea de verdad? Es horrible. Es visceral. Y lo más importante, es emocional. En el escenario, tenemos que mantener control para no hacer daño a otros actores, pero la violencia debe venir de un sentimiento violento o el público no lo creerá. —Fue mirando a cada uno de nosotros hasta que sus ojos aterrizaron en mí. Una sonrisa destelló debajo de su bigote—. Oliver, ¿te unes a nosotros?

			—Sí. —Me empujé contra el suelo para ponerme de pie y tomé el lugar de Camilo frente a James.

			—Bien —indicó Camilo, que puso una mano en un hombro de cada uno—, es bien sabido que vosotros dos sois buenos amigos, ¿verdad?

			Nos sonreímos el uno al otro.

			—James, tú intentarás golpear de revés a Oliver. No lo digas en voz alta, pero quiero que pienses en qué te haría querer golpearlo. Y no muevas un solo músculo hasta que sientas ese impulso.

			La sonrisa de James se desvaneció y me observó con una mirada confusa, íntima, con las cejas arrugadas con tensión sobre el caballete de la nariz.

			—Oliver, quiero que hagas lo opuesto —señaló Camilo—. Imagina que has provocado este ataque y, cuando ocurra, deja que el sentimiento te golpee, aunque no lo haga el puño.

			Parpadeé, ya estaba perdido.

			—Cuando estéis listos —dijo y se alejó—. Tomaos el tiempo que necesitéis.

			Nos quedamos parados allí, inmóviles, mirándonos. Los ojos de James eran de un color gris intenso y brillante, pero estando tan cerca pude ver un anillo dorado alrededor de cada pupila. Algo se estaba moviendo, fermentando en su mente; acompañado por una tensión en las esquinas de su mandíbula y un fruncimiento nervioso de su labio inferior. James jamás había estado realmente enfadado conmigo, que yo supiera. Absorto en la rareza de esto, olvidé por completo mi propia parte del ejercicio y simplemente observé cómo aumentaba la tensión, cómo sus hombros se levantaban, sus puños se cerraban con fuerza a sus lados. Me hizo un gesto breve, brusco con la cabeza. Sabía lo que venía a continuación, pero algún reflejo incoherente me hizo inclinarme hacia adelante, hacia él. Su mano se alzó a toda velocidad hacia mi cabeza, pero no reaccioné, no hice la palmada ni el giro, solo me encogí cuando algo afilado rebanó mi mejilla.

			Me quedé extrañamente quieto y callado en la habitación. James me miró con el ceño fruncido, el hechizo de hostilidad roto.

			—¿Oliver? No has hecho… ¡Uh! —Sujetó mi mentón con una mano y giró mi cabeza, rozó el costado de mi cara. Sangre—. Dios, lo siento.

			Me apoyé en su hombro para estabilizarme.

			—No, no pasa nada. ¿Está muy mal?

			Camilo quitó a James de en medio.

			—Veamos —dijo—. No, es solo un rasguño, te ha dado con la punta de su reloj. ¿Estás bien?

			—Sí —respondí—. No sé qué ha pasado, me he desconectado del momento y me he inclinado hacia el movimiento. —Encogí los hombros con incomodidad, al darme cuenta, de repente, de que él y mis cuatro compañeros de clase, de quienes me había olvidado, estaban observándome—. Es mi culpa. No estaba listo. —James, a quien no había olvidado (¿cómo podría?), estaba parado mirándome con tanta preocupación que casi me echo a reír—. De verdad —insistí—, estoy bien.

			Pero cuando regresé a mi lugar, casi me tropecé, mareado como si realmente me hubiese golpeado.





X


			Nuestro primer ensayo sin guion no salió bien.

			También fue nuestro primer ensayo en el lugar. El Teatro Archibald Dellecher podía albergar a quinientas personas y estaba decorado con toda la modestia de un teatro de ópera barroco. Los asientos estaban tapizados con el mismo terciopelo azul que el gran telón y la araña era tan impresionante que, a veces, las personas que se sentaban en el palco pasaban más tiempo observándola que mirando la obra que habían venido a ver. Como quedaban seis semanas de ensayo, aún no se había construido ninguna plataforma ni pieza de escenografía, pero estaban marcadas con cinta adhesiva en el escenario. Daba la sensación de que estábamos de pie en un rompecabezas gigante.

			Me sabía las líneas de mi Casca, pero no había pasado tanto tiempo con las de Octavio, que no entraba hasta el Acto IV. Me quedé agazapado en un asiento de la tercera fila, leyendo furiosamente mis inminentes intervenciones mientras Alexander y James flaqueaban en lo que habíamos comenzado a llamar «la escena de la tienda», que para ese momento era, en parte, una disputa de estrategia militar y, en parte, una pelea de enamorados.

			James: «¿Habría yo respondido así a Cayo Casio? Cuando Marco Bruto se vuelva tan codicioso para negar unas míseras monedas a sus amigos, ¡preparad, dioses, todos vuestros rayos y hacedlo trizas!».

			Alexander: «No te las negué».

			James: «¡Lo hiciste!».

			Alexander: «No lo hice: era un tonto quien te trajo mi respuesta. Bruto ha destruido mi corazón. Un amigo debería soportar las flaquezas de otro amigo, pero Bruto exagera las mías».

			Se miraron con furia por un tiempo tan prolongado que eché un vistazo a la mesa del apuntador antes de que James parpadeara y pidiera línea.

			Sentí una punzada de vergüenza empática. Richard, que esperaba entre bastidores para entrar como el fantasma de César, pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro, sus brazos cruzados de forma tensa.

			—«No lo hago, hasta que las ejerces sobre mí» —indicó Gwendolyn desde el fondo del teatro. Me di cuenta, por el énfasis exagerado que había puesto en la métrica, de que estaba cansada de los retrasos.

			James: «No lo hago, hasta que las ejerces sobre mí».

			Alexander: «No me quieres».

			James: «No aprecio tus faltas».

			Alexander: «Los ojos de un amigo jamás verían tales faltas».

			James: «Un adulador no, ¡aunque parezcan tan enormes como el alto Olimpo!».

			Alexander: «¡Ven, Antonio, y ven, joven Octavio! Cobrad vuestra venganza solo en Casio; porque Casio está harto del mundo…». ¿Línea?

			Gwendolyn: «Odiado por uno a quien ama…».

			Alexander: «Odiado por uno a quien ama; desafiado por su hermano; regañado como un sirviente; todas sus faltas bajo observación, anotadas en un cuaderno…». Maldita sea. ¿Línea?

			Gwendolyn: «… estudiadas y aprendidas de memoria…».

			Alexander: Cierto, perdón. «Estudiadas y aprendidas de memoria, para echárselas en cara. ¡Oh! ¡Podría derramar mi alma por las lágrimas de mis ojos!».

			Alexander sacó una espada imaginaria (aún no teníamos atrezo) y abrió el cuello de su camisa con brusquedad.

			—«¡Aquí está mi daga!» —exclamó—. «Aquí, mi pecho desnudo, y dentro, un corazón más valioso que el de Plutón». No, perdón: «que las minas de Plutón». ¿Es así? Su puta madre. Línea. —Miró hacia la mesa del apuntador, pero antes de que Gwendolyn pudiera señalarle el texto, Richard emergió bajo los reflectores del escenario desde los bastidores del lado izquierdo.

			—Perdón —dijo, su voz profunda reverberó en el auditorio casi vacío—. ¿Vamos a dedicar toda la noche a esta escena? Está claro que no se saben las líneas.

			En el silencio que vino como respuesta, observé a James, boquiabierto y temeroso de darme la vuelta. Tanto él como Alexander miraban a Richard con furia, como si hubiese dicho una obscenidad; Meredith, por su parte, se había quedado helada, sentada en el suelo del pasillo, con una pierna extendida para calmar un tirón en sus isquiotibiales. Wren y Filippa estiraron el cuello para intentar ver por encima de mi hombro en la oscuridad. Me arriesgué a echar una mirada atrás. Gwendolyn estaba de pie; Frederick estaba sentado al lado de ella con las manos cruzadas y mirando hacia abajo con el ceño fruncido.

			—Richard, ya basta —advirtió Gwendolyn, con dureza—. Tómate cinco minutos y no regreses hasta que te hayas calmado.

			Richard, al principio, no reaccionó, como si no hubiera entendido; luego, abruptamente, dio media vuelta y se fue por los bastidores sin decir una sola palabra.

			Gwendolyn también miró con enfado a James y Alexander.

			—Vosotros dos, tomaos cinco minutos también, repasad vuestras líneas y volved listos para trabajar. De hecho, tomaos cinco minutos todos. Idos. —Cuando nadie se movió, agitó las manos como para ahuyentarnos del auditorio, como si fuésemos una bandada de palomas indeseables. Me quedé haciendo tiempo hasta que James pasó a mi lado, entonces lo seguí hasta el muelle de carga. Alexander ya estaba allí, encendiendo un porro.

			—Ese hijo de puta —exclamó—. Tiene la mitad de líneas que nosotros y ¡tiene el descaro de interrumpir nuestro primer ensayo sin guion! Se puede ir a la mierda. —Se sentó, aspiró con fuerza el porro y se lo pasó a James, que dio una calada corta y se lo devolvió.

			—Tienes razón —concedió, mientras exhalaba y una nube de humo blanco surgía de entre sus labios—. Pero también la tiene él.

			Alexander parecía estar en rebeldía.

			—Bueno, vete a la mierda tú también.

			—No te enfades. Deberíamos saber mejor nuestros diálogos. Richard simplemente nos ha puesto en evidencia, eso es todo.

			—Sí —comenté—, pero la forma en que lo ha hecho ha sido una mierda.

			La comisura de la boca de James se contrajo hacia una sonrisa.

			—Es cierto.

			Se abrió la puerta y apareció Filippa, con los brazos cruzados para combatir el frío nocturno.

			—Ey, chicos, ¿estáis bien?

			Alexander dio otra larga calada al porro y dejó la boca abierta para que el humo saliera en una ola larga y lenta.

			—Ha sido una noche larga —respondió James, de forma inexpresiva.

			—Si os hace sentir mejor, Meredith acaba de echarle una bronca tremenda a Richard.

			—¿Por qué? —pregunté.

			—Por portarse como un idiota —replicó, como si fuese obvio—. Que duerma con él no quiere decir que no note cuando él se comporta como un cretino.

			James: Estoy confundido. ¿Es un idiota o un cretino?

			Filippa: Para ser sincera, creo que Richard podría ser ambas cosas.

			Yo: Al menos no tendrá sexo durante un tiempo.

			Alexander: Sí. Genial. Seguro que eso mejorará su compañerismo.

			—De hecho, se ha disculpado —reveló Filippa—. Al menos con Meredith. Ha dicho que había sido infantil y que lo lamentaba.

			—¿En serio? —preguntó Alexander; el humo rodeaba su cabeza, que por eso parecía a punto de estallar—. Entonces no solo es un cretino idiota hijo de puta que se comporta como la mierda, sino que encima ya se ha disculpado. —Lanzó el porro al suelo de cemento y lo aplastó con el talón—. Perfecto, ahora ni siquiera podemos seguir enfadados con él. De verdad, que se vaya a la mierda. —Terminó de pulverizar el porro y alzó la vista para mirarnos. Estábamos de pie casi en círculo alrededor de él, con los labios cerrados con fuerza, luchando por mantener la seriedad en nuestros rostros—. ¿Qué?

			Filippa encontró mi mirada y ambos estallamos en carcajadas.





XI


			«El tiempo viaja a distinto paso con diferentes personas». Con nosotros, paseó, trotó y galopó durante todo octubre. (Jamás se detuvo, hasta la mañana del 22 de noviembre y, al menos para mí, parecía no haberse movido desde entonces).

			Habíamos terminado de catalogar nuestras fortalezas y debilidades hacía rato. Alexander fue después de Meredith y habló de su habilidad para asustar con bastante orgullo, pero confesó que le preocupaba ser el villano en su propia vida. Wren presentó una espada de doble filo: estaba íntimamente conectada con sus emociones, pero, como consecuencia, era demasiado sensible para el competitivo ambiente artístico. Richard nos contó lo que todos ya sabíamos: que tenía una confianza inquebrantable en sí mismo, pero su ego hacía que fuese difícil trabajar con él. Filippa hizo su declaración sin un ápice de vergüenza. Era versátil, pero como no tenía ningún «tipo», siempre terminaría interpretando personajes secundarios. James —hablando pausado, tan inmerso en sus reflexiones que no parecía ver al resto de nosotros— explicó que se compenetraba tanto con los personajes que interpretaba que a veces no podía abandonarlos del todo y volver a ser él mismo otra vez. Para cuando llegó mi turno, nos habíamos vuelto tan insensibles a las inseguridades de los demás que a nadie pareció sorprenderle que yo dijera que era la persona menos talentosa de nuestro año. No podía pensar en ninguna verdadera fortaleza mía y lo confesé, pero James me interrumpió para decir: «Oliver, cuando estás en una escena haces que los demás sobresalgan. Eres el mejor tipo de todos y el actor más generoso de entre nosotros, lo que probablemente sea más importante que el talento». Cerré la boca de inmediato, seguro de que era el único allí que pensaba eso. Extrañamente, nadie se lo discutió.

			El 16 de octubre, nos sentamos en nuestros lugares habituales en la galería. En el exterior, la luz de un día de otoño perfecto hacía que los árboles que rodeaban el lago parecieran envueltos en llamas. La llamarada de color —naranja oscuro, amarillo sulfúreo, rojo intenso— resplandecía del revés sobre la superficie del agua. James echó una mirada a través de la ventana por sobre mi hombro y comentó:

			—Al parecer, Gwendolyn pidió a las clases de arte que prepararan sangre falsa para esparcirla por la playa.

			—Eso sí que será divertido.

			Negó con la cabeza, con una sonrisa torcida en la boca, y se deslizó en la silla frente a la mía. Empujé una taza con su plato hacia él y observé cómo la llevaba a sus labios, que aún sonreían. Los otros entraron bulliciosamente desde el pasillo y el hechizo de perezosa tranquilidad se esfumó en el aire como el vapor.

			Oficialmente, habíamos dejado atrás nuestras lecciones sobre César y habíamos pasado a Macbeth, pero las familiares líneas de César no dejaban de surgir en nuestras lenguas y, con ellas, venía una especie de tensa crispación. Semanas de ensayos difíciles y de manipulación emocional por parte de Gwendolyn habían hecho que la neutralidad fuese imposible. Ese día, lo que comenzó como un simple debate sobre la estructura de la tragedia rápidamente se transformó en una discusión.

			—No, eso no es lo que estoy diciendo —espetó Alexander, transcurrida la mitad de la clase, y se quitó el pelo de la cara con impaciencia—. Lo que digo es que en Macbeth la estructura trágica es muy evidente; hace que César parezca una telenovela.

			Meredith: ¿Eso qué carajos quiere decir?

			Frederick: Cuida el lenguaje, Meredith.

			Wren se sentó más derecha en el suelo y apoyó su taza en el platillo entre sus piernas.

			—No —dijo—. Yo lo entiendo.

			Richard: Entonces, explícanoslo al resto de nosotros, ¿quieres?

			Wren: Macbeth es un héroe trágico de manual.

			Filippa: Con un defecto trágico, la ambición.

			Yo: (Estornudo).

			—Y Lady Macbeth es una villana trágica de manual —añadió James, que miró de Wren a Filippa, como pidiendo su apoyo—. A diferencia de Macbeth, ella no tiene ningún escrúpulo para asesinar a Duncan, lo que allana el camino para el resto de los asesinatos que cometen.

			—Entonces, ¿cuál es la diferencia? —cuestionó Meredith—. Es igual en César. Bruto y Casio asesinan a César y se exponen al desastre.

			—Pero no son villanos, ¿cierto? —argumentó Wren—. Quizás lo sea Casio, pero Bruto hace lo que hace por el bien de Roma.

			—«No es que amara menos a César, sino que amaba más a Roma» —recitó James.

			Richard hizo un ruido con la nariz, de la clase que mostraba impaciencia, y preguntó:

			—¿Cuál es tu argumento, Wren?

			—Su argumento es el mismo que el mío —señaló Alexander, que se movió hacia adelante para quedar sentado en el mismísimo borde del sillón; sus largas piernas, dobladas de forma que sus rodillas estaban casi a la misma altura de su pecho—. César no está en la misma categoría de Macbeth.

			Meredith: Entonces, ¿en qué categoría está?

			Alexander: Qué demonios sé yo.

			Frederick: ¡Alexander!

			Alexander: Perdón.

			—Creo que lo estáis complicando demasiado —dijo Richard—. César y Macbeth tienen la misma composición. Héroe trágico: César. Villano trágico: Casio. Un tercero insípido: Bruto. Supongo que podrías equipararlo con Banquo.

			—Espera —solté—. ¿Qué hace a Banquo…?

			Pero James me interrumpió.

			—¿Consideras que César es el héroe trágico?

			Richard encogió los hombres.

			—¿Y quién, si no?

			Filippa señaló a James.

			—Em, ¡sí!

			—Tiene que ser Bruto —explicó Alexander—. Antonio lo deja claro en 5-5. Es tu pie, Oliver, ¿qué dice?

			Yo: «¡Este fue el más noble de todos los romanos! ¡Todos los conspiradores (estornudo), menos él, hicieron lo que hicieron por envidia al gran César! Solo él tuvo una razón sincera y un interés por el bien común al unirse a ellos».

			—No —insistió Richard—. Bruto no puede ser el héroe trágico.

			James se sintió ofendido.

			—¿Por qué no?

			Richard casi se echó a reír al ver la expresión en su rostro.

			—¡Porque tiene como catorce defectos trágicos! —argumentó—. Se supone que un héroe tiene solo uno.

			—El de César es la ambición, igual que Macbeth —agregó Meredith—. Simple. El único defecto trágico de Bruto es ser tan estúpido como para escuchar a Casio.

			—¿Cómo puede ser César el héroe? —cuestionó Wren, cuya mirada iba de uno a otro—. Muere en el tercer acto.

			—Sí, pero la obra lleva su nombre, ¿no? —esgrimió Richard, sus palabras y su aliento se unieron en una ráfaga de exasperación—. Eso es lo que pasa en todas las otras tragedias.

			—¿En serio? —dijo Filippa, con voz monótona—. ¿Basas tu argumento en el título de la obra?

			—Yo aún estoy esperando que me cuente cuáles son estos catorce defectos —comentó Alexander.

			—No he querido decir que haya exactamente catorce —respondió Richard, seco—. Me refería a que sería imposible identificar ese único error que lo lleva a condenarse a sí mismo.

			—¿No se podría decir que el defecto trágico de Bruto es su excesivo amor por Roma? —pregunté, mirando al otro lado de la mesa a James, quien observaba a Richard con ojos entornados. Frederick estaba de pie frente al pizarrón con los labios fruncidos, escuchando con atención.

			—No —respondió Richard—. Porque además de eso, tienes su orgullo, su arrogancia, su vanidad…

			—Todo eso es exactamente lo mismo, tú deberías saberlo mejor que nadie. —La voz de James cortó la de Richard y el resto de nosotros nos quedamos en silencio, asombrados.

			—¿Qué has dicho? —preguntó Richard. James apretó la mandíbula. Yo sabía que no había tenido intención de decir eso en voz alta.

			—Ya me has oído.

			—Sí, así ha sido, joder —repuso Richard y la frialdad en su voz hizo que se erizaran todos los pelos de mi nuca—. Te estoy dando la oportunidad de arrepentirte de lo que has dicho.

			—Caballeros. —Casi había olvidado que Frederick estaba allí. Habló con suavidad, casi sin voz, y por un momento me pregunté si el susto no lo había hecho desvanecerse—. ¡Ya basta!

			Richard, que estaba inclinado hacia adelante como si estuviera a punto de lanzarse desde el sillón hacia el cuello de James, se reclinó hacia atrás contra los almohadones otra vez. Una de las manos de Meredith se posó sobre sus rodillas.

			James apartó la mirada.

			—Richard, discúlpame, no debería haber dicho eso.

			La cara de Richard era ilegible al principio, pero entonces la rabia lo abandonó y pareció dejarlo abatido.

			—Supongo que lo merezco —concedió—. Nunca me disculpé por mi pequeño exabrupto en el ensayo sin guion. ¿Tregua, James?

			—Sí, por supuesto. —James volvió a levantar la mirada, sus hombros se relajaron un poco con alivio—. Tregua.

			Tras una pausa ligeramente incómoda, en la que intercambié rápidas miradas de desconcierto con Filippa y Alexander, Meredith dijo:

			—¿Qué acaba de pasar? Por Dios, es solo una obra.

			—Bueno —respondió Frederick con un suspiro. Se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con el borde de su camisa—. Ha habido retos a duelo por mucho menos.

			Richard alzó una ceja y miró a James.

			—Espadas, ¿detrás del comedor al amanecer?

			James: Solo si Oliver acepta ser mi segundo.

			Yo: «Espero vivir, pero estoy preparado para morir».

			Ri